El primer cómputo no eliminó el papel
Hubo negocios que murieron cuando el acceso a internet dejó de ser escaso. Los café internet fueron uno de ellos. Su modelo dependía de vender entrada al mundo digital: renta de computadoras, conexión, impresión básica, tareas escolares, correo electrónico, chats, trámites, juegos, descargas, acceso.
Pero cuando ese mundo llegó al teléfono, a la casa, al bolsillo y a las oficinas, su función perdió centralidad.
Las imprentas de barrio enfrentaron la misma transformación desde el otro lado. También convivían con computadoras, archivos, diseño, digitalización, papelería administrativa y negocios que cambiaban sus formas de operar. Pero no sobrevivieron porque ofrecieran acceso a lo digital. Sobrevivieron porque ofrecían lo que lo digital todavía no podía hacer por sí solo: volver al mundo físico.
Antes de que lo digital desplazara al papel, lo digital lo alimentó.
El cómputo de oficina fortaleció por un tiempo a la imprenta comercial: formatos, membretes, facturas, nóminas, recibos y formas continuas.
En los años noventa, la llegada de computadoras a empresas, despachos, bancos, oficinas, escuelas y negocios no eliminó de inmediato la impresión. Al contrario: durante un tiempo la fortaleció.
Los sistemas administrativos seguían necesitando facturas, recibos, nóminas, órdenes, reportes, pólizas, formatos, notas de venta, membretes y papelería comercial. Las computadoras producían información, pero esa información todavía tenía que salir en papel.
Ahí entraron las formas continuas: hojas unidas, perforadas a los lados, diseñadas para pasar por impresoras de matriz de puntos. Esas impresoras trabajaban con una cabeza de agujas que golpeaba una cinta entintada contra el papel, por eso las letras se veían hechas de pequeños puntos.
El cómputo no mató al papel en esa primera fase. Lo volvió programable.