La IA no apareció: se condensó.
La inteligencia artificial no apareció como una herramienta aislada. Apareció como una condensación.
Durante décadas, los medios produjeron texto, imagen, voz, video, código, bases de datos, estilos visuales, géneros narrativos, conversaciones, archivos, fotografías, películas, programas, periódicos, transmisiones, interfaces, rutinas laborales y hábitos de búsqueda. Cada industria dejó restos. Cada plataforma acumuló materia. Cada usuario produjo señales. Cada oficio dejó huellas.
La IA llegó después, no antes.
Por eso puede entenderse como una especie de petróleo mediático: una masa concentrada de materiales culturales, técnicos y simbólicos producidos por industrias anteriores. Así como el petróleo se formó a partir de restos orgánicos acumulados durante millones de años, la IA se alimenta de capas históricas de producción humana: prensa, radio, televisión, cine, fotografía, software, web, redes sociales, libros, repositorios de código y archivos digitales.
La metáfora no es perfecta, pero sirve para mirar el fenómeno desde otro lugar. El petróleo no fue valioso únicamente porque existiera bajo la tierra. Se volvió recurso cuando alguien pudo extraerlo, transportarlo, refinarlo, distribuirlo y convertirlo en gasolina, plástico, fertilizantes, textiles, asfaltos, solventes, cosméticos y miles de derivados.
Con la IA puede ocurrir algo parecido.