El Estado no migrará completo a la IA.
La entrada de la inteligencia artificial al Estado suele presentarse como una promesa de modernización: trámites más rápidos, servicios personalizados, detección de fraude, mejores decisiones y funcionarios asistidos por sistemas capaces de organizar información.
Esa promesa existe. La OCDE ha señalado que la inteligencia artificial puede ayudar a los gobiernos a automatizar servicios, mejorar decisiones, detectar fraude y ampliar la productividad del sector público. Pero también advierte riesgos concretos: datos sesgados, falta de transparencia, exceso de confianza en sistemas automatizados, ampliación de brechas digitales y pérdida de confianza ciudadana.
Por eso, el problema más probable no será la presencia o ausencia de IA en el gobierno. El problema será la forma desigual en que cada parte del Estado la incorpore: con capacidades dispares, datos incompletos, proveedores distintos y sin un régimen común de responsabilidad.
El Estado no migrará completo, al mismo tiempo ni con la misma capacidad. Migrarán oficinas, programas, secretarías, municipios, fiscalías, juzgados, hospitales, escuelas y proveedores. Cada uno lo hará con datos distintos, presupuestos distintos, personal distinto y niveles distintos de comprensión técnica.
Primero aparecerán chatbots, asistentes internos, pilotos de automatización, contratos aislados, sistemas de clasificación, herramientas para redactar documentos, módulos de atención ciudadana y plataformas incompatibles entre sí. Después se intentará ordenar lo que ya fue implementado.
La experiencia puede parecerse a la migración del Estado a internet, pero con un riesgo mayor. En aquella etapa se digitalizaron portales, trámites, formularios y expedientes. Con IA, el Estado no solo cambia el soporte del trámite: puede empezar a clasificar, priorizar, recomendar, vigilar, responder, redactar o decidir con ayuda de sistemas que la ciudadanía no siempre podrá ver ni impugnar.