Ensayo | Sujeto, poder y reconocimiento en el ecosistema cultural de la inteligencia artificial generativa

Ensayo | Sujeto, poder y reconocimiento en el ecosistema cultural de la inteligencia artificial generativa

Resumen:

El sujeto que interesa aquí no es un individuo aislado ni un usuario neutral de tecnología, sino una subjetividad producida dentro de un campo de fuerzas que la excede. En el ecosistema cultural de la inteligencia artificial, este sujeto no controla las condiciones fundamentales que organizan su relación con la herramienta: no define su arquitectura, sus límites, sus criterios de legitimidad ni las formas institucionales de su validación. En ese sentido, se trata de un sujeto estructuralmente subordinado. Sin embargo, esa subordinación no implica inmovilidad absoluta. El sujeto conserva un margen de acción que no se expresa en el control de la estructura, sino en la disputa simbólica con otros sujetos situados en posiciones comparables. Así, aun careciendo de soberanía sobre el campo, participa en él mediante prácticas de juicio, vigilancia, reconocimiento e invalidación. Su rasgo central no es la ausencia de poder, sino la tensión entre una dependencia vertical respecto de la estructura y un ejercicio horizontal de poder simbólico dentro de ella.

1. El sujeto: subordinación estructural y poder simbólico

El sujeto que interesa aquí no puede entenderse como un individuo aislado que entra en relación libre con una herramienta técnica, ni como un agente soberano que decide desde fuera el sentido de sus prácticas. Se trata, más bien, de un sujeto constituido dentro de un campo de fuerzas que lo precede y lo delimita. Su relación con la inteligencia artificial no comienza en un punto de autonomía plena, sino en un espacio ya organizado por instancias técnicas, económicas, institucionales y discursivas que fijan de antemano las condiciones de acceso, uso, legitimidad y reconocimiento. En este sentido, se trata de un sujeto estructuralmente subordinado.

Hablar de subordinación estructural no implica afirmar que el sujeto carece por completo de capacidad de acción. Implica, más bien, que su agencia no se ejerce sobre el nivel en que se deciden las condiciones fundamentales del campo. El sujeto no diseña la arquitectura de la herramienta, no establece sus límites, no determina sus criterios de validación y tampoco controla los marcos normativos que organizan su aceptación o su rechazo. Actúa dentro de una estructura que no ha producido y cuyas reglas decisivas no le pertenecen. Su acción, por tanto, no desaparece, pero se encuentra delimitada desde el inicio por relaciones de poder que lo exceden.

Desde la perspectiva de Michel Foucault. El sujeto no debe pensarse como exterior al poder, sino como efecto de relaciones de poder que lo atraviesan y lo constituyen (Foucault, 1982). Esto significa que no se encuentra simplemente sometido desde afuera a una serie de restricciones, sino que aprende a percibirse, a conducirse y a evaluarse a sí mismo dentro de marcos normativos que ya organizan lo que puede contar como conducta legítima, razonable o valiosa. El poder no aparece únicamente como prohibición o coacción visible, sino como una red productiva que configura formas de subjetividad. El sujeto, en este sentido, no preexiste intacto a las relaciones que lo moldean, sino que emerge dentro de ellas (Foucault, 1988).

Sin embargo, esta constitución del sujeto por el poder no lo reduce a una posición de pura pasividad. El hecho de que el sujeto no controle la estructura no significa que no actúe dentro de ella. Aquí la teoría del campo en Pierre Bourdieu permite precisar mejor el problema. El sujeto no solo está atravesado por relaciones de poder verticales que lo subordinan a instancias mayores; también participa en un espacio de luchas donde se disputan reconocimiento, legitimidad y autoridad. Aunque no controle las condiciones estructurales del campo, sí puede ocupar posiciones diferenciadas dentro de él y ejercer poder simbólico sobre otros sujetos situados en condiciones comparables.

La perspectiva de Foucault y la de Bourdieu no se utilizan aquí como teorías equivalentes ni como descripciones intercambiables del mismo nivel de realidad. La primera permite pensar la constitución del sujeto dentro de relaciones de poder que lo atraviesan y delimitan de antemano sus condiciones de inteligibilidad. La segunda permite analizar cómo, una vez situado en ese espacio no soberano, el sujeto ocupa posiciones diferenciadas dentro de un campo donde se distribuyen de manera desigual reconocimiento, autoridad y capital simbólico. Más que superponer ambos marcos sin distinción, el argumento los articula como escalas analíticas distintas: Foucault para pensar la producción del sujeto; Bourdieu para pensar la lógica relacional de sus posiciones y luchas dentro del campo.

La especificidad de este sujeto radica precisamente en esa doble condición. Por un lado, se encuentra subordinado a una estructura que organiza de antemano las reglas del juego. Por otro, conserva un margen de acción que se desplaza hacia el plano horizontal de la interacción simbólica. Es en ese nivel donde juzga, valida, desacredita, reconoce o vigila prácticas ajenas. Dicho de otro modo, el sujeto no está privado de poder, pero el poder que ejerce no coincide con el poder que organiza su propia subordinación. Su capacidad de intervención se vuelve más intensa en el plano del juicio que en el de la decisión estructural.

Esta dislocación es importante porque impide pensar al sujeto en términos demasiado simples. No es un sujeto soberano, porque no controla las condiciones fundamentales del campo. Pero tampoco es un sujeto inerme, porque interviene activamente en la reproducción simbólica de ese mismo campo. La clave no está en elegir entre autonomía total o impotencia absoluta, sino en reconocer una forma de agencia desplazada. El sujeto aparece así como alguien cuya capacidad de acción se encuentra restringida verticalmente frente a la estructura, pero activada horizontalmente en la disputa por el reconocimiento.

Definido de este modo, el sujeto no es solo alguien que usa o rechaza una herramienta. Es una subjetividad producida en el interior de relaciones de poder que limitan su agencia estructural y, al mismo tiempo, le permiten ejercer formas de poder simbólico sobre otros. Su problema central no consiste únicamente en la presencia de una tecnología nueva, sino en la posición desde la cual se relaciona con ella: una posición marcada por la falta de control sobre las condiciones del campo y por la participación activa en las luchas simbólicas que ese mismo campo hace posibles.

2. El dispositivo: la organización de una subordinación activa

Si el sujeto no aparece como agente soberano frente al campo en el que actúa, entonces el siguiente paso consiste en describir la forma en que esa limitación se organiza. No basta con afirmar que existen poderes superiores o instancias que exceden al sujeto. Hace falta precisar cómo opera esa estructura y por qué su eficacia no depende de una intervención visible en cada práctica concreta. Es en este punto donde la noción de dispositivo, en Michel Foucault, resulta especialmente útil (Foucault, 1980).

El dispositivo no debe entenderse como una institución aislada ni como una voluntad centralizada que ordena de manera directa cada conducta. Se trata, más bien, de una red de relaciones entre discursos, normas, saberes, tecnologías, prácticas e instituciones que orientan el campo de lo posible. Su fuerza no reside únicamente en prohibir, sino en organizar anticipadamente aquello que puede ser pensado, aceptado, valorado o rechazado (Foucault, 1980). En ese sentido, el dispositivo no actúa solo sobre las acciones del sujeto, sino sobre las condiciones mismas desde las cuales esas acciones se vuelven inteligibles.

Aplicado al problema que aquí interesa, esto significa que el sujeto no se relaciona con la inteligencia artificial desde un terreno neutro. Su relación con ella ya viene mediada por definiciones previas de legitimidad, por regímenes de validación, por jerarquías de saber, por plataformas técnicas y por discursos que delimitan lo que cuenta como uso aceptable, pensamiento propio, ayuda legítima o dependencia inadmisible. El sujeto no inventa desde cero los criterios con los que juzga la herramienta ni los criterios con los que se juzga a sí mismo al usarla. Entra en un campo donde esas categorías ya circulan como formas disponibles de percepción y evaluación.

La eficacia del dispositivo radica precisamente en que no necesita imponerse como pura coacción externa. Su operación más estable consiste en producir un entorno normativo dentro del cual el sujeto aprende a orientarse, a conducirse y a reconocer como razonables ciertos juicios antes incluso de formularlos explícitamente. El poder no aparece solo cuando sanciona, sino cuando ha logrado instalar un marco de inteligibilidad que vuelve previsibles ciertas respuestas y difíciles otras. De esta manera, el sujeto puede experimentar sus juicios como enteramente propios aun cuando estos hayan sido configurados dentro de una estructura previa de saber y poder.

Esto permite comprender por qué la subordinación estructural definida en el apartado anterior no equivale a inmovilidad. El dispositivo no anula la acción del sujeto; la organiza. No elimina su capacidad de intervenir, sino que la distribuye dentro de un repertorio de posiciones y prácticas ya delimitado. El sujeto actúa, pero lo hace dentro de márgenes que no fija por sí mismo. Su agencia sigue existiendo, aunque aparezca orientada por criterios que no controla plenamente. La subordinación no consiste en la ausencia de movimiento, sino en la imposibilidad de decidir sobre las condiciones estructurales que hacen posible ese movimiento.

Por eso conviene entender el dispositivo no solo como una estructura que limita, sino también como una estructura que produce. Produce posiciones, produce lenguajes legítimos, produce formas de reconocimiento y también produce modos de percepción de uno mismo y de los otros. El sujeto no se limita a obedecer o resistir una norma; se constituye dentro de un espacio en el que ciertas formas de juicio, validación y deslegitimación ya están disponibles. Allí encuentra el terreno desde el cual puede ejercer poder simbólico horizontal, pero también el límite que le impide acceder al nivel donde se deciden las condiciones fundamentales del campo.

En este sentido, la subordinación estructural del sujeto no debe pensarse como una relación estática entre dominadores y dominados claramente separados, sino como una forma de inserción en un entramado de poder que distribuye de manera desigual las capacidades de decisión. El sujeto participa activamente en el campo, pero su participación se encuentra estructurada por un orden que lo precede. Puede juzgar, reconocer o invalidar prácticas ajenas; lo que no puede hacer con la misma facilidad es intervenir sobre la arquitectura profunda que organiza esas prácticas como legítimas o ilegítimas desde el inicio.

Definir el dispositivo de esta manera permite avanzar un paso más en la argumentación. Si el sujeto es estructuralmente subordinado y si esa subordinación se organiza a través de un dispositivo que produce posiciones y criterios de inteligibilidad, entonces ya no basta con describir al sujeto en abstracto. El análisis debe examinar la forma concreta en que ese sujeto aparece dentro del campo. Es decir, las posiciones simbólicas que puede ocupar, los márgenes de autoridad que puede disputar y las formas de reconocimiento diferencial que el propio campo distribuye entre sujetos igualmente insertos en la misma estructura.

3. Las posiciones simbólicas dentro del campo

Si el sujeto se encuentra estructuralmente subordinado y si esa subordinación se organiza a través de un dispositivo que delimita sus márgenes de acción, entonces el análisis debe avanzar hacia la forma concreta en que ese sujeto aparece dentro del campo. La subordinación no borra las diferencias entre sujetos ni los vuelve indistinguibles. Por el contrario, el campo distribuye posiciones, reconoce jerarquías relativas y habilita formas diferenciadas de autoridad, sospecha, validación o descrédito. Es en ese nivel donde el sujeto deja de aparecer solo como categoría teórica general y comienza a perfilarse en modalidades concretas de presencia simbólica.

Aquí resulta nuevamente útil la perspectiva de Bourdieu. El campo no es un espacio homogéneo, sino un terreno de luchas por el reconocimiento, la legitimidad y la capacidad de imponer criterios de valoración (Bourdieu, 1990). Aunque los sujetos no controlen las condiciones estructurales del campo, sí participan en él disputando posiciones. Esto significa que la subordinación estructural no impide la existencia de diferencias simbólicas, sino que las organiza. Algunos sujetos logran ocupar posiciones relativamente altas en términos de autoridad moral o interpretativa; otros quedan más expuestos a la sospecha, a la necesidad de justificarse o a la fragilidad del reconocimiento. La desigualdad no desaparece por el hecho de que todos estén insertos en la misma estructura; se redistribuye dentro de ella.

Desde esta perspectiva, figuras como quien juzga y quien se siente invalidado no deben entenderse todavía como identidades fijas, sino como posiciones simbólicas posibles dentro del campo. Quien juzga no lo hace necesariamente porque posea control estructural sobre la herramienta o sobre el régimen que la organiza, sino porque logra ocupar, al menos temporalmente, una posición desde la cual ciertos criterios de legitimidad pueden presentarse como válidos. Su poder es simbólico antes que estructural (Bourdieu, 1991). Puede intervenir en la distribución del reconocimiento, reforzar fronteras, sancionar prácticas y producir efectos reales sobre otros sujetos, aunque no determine por ello las condiciones profundas del campo.

Del otro lado, quien aparece como inseguro, sospechoso o necesitado de validación no debe entenderse simplemente como sujeto pasivo. Su posición es más vulnerable en términos de reconocimiento, pero sigue siendo una posición dentro del campo. También participa en él, responde, negocia, se justifica, busca legitimarse o trata de reconfigurar la evaluación que recibe. La diferencia entre ambas figuras no reside en que una actúe y la otra no, sino en que sus márgenes de legitimidad no son equivalentes. Lo que el campo distribuye desigualmente no es solo autoridad, sino el derecho mismo a ser reconocido como portador legítimo de juicio (Bourdieu, 1984).

Esta diferencia es clave porque permite precisar el tipo de poder que aquí está en juego. No se trata del poder de decidir sobre la estructura, sino del poder de producir efectos simbólicos dentro de ella. El sujeto puede carecer de soberanía sobre las condiciones fundamentales del campo y, sin embargo, intervenir activamente en la clasificación de otros sujetos y de sus prácticas. Puede juzgar, validar, desacreditar, reconocer o vigilar. Puede incluso presentarse como defensor del mérito, de la autenticidad o del uso legítimo de una herramienta. Pero ese ejercicio de poder horizontal no debe confundirse con el poder vertical que organiza la arquitectura del campo. La autoridad simbólica que un sujeto logra sobre otros no equivale al control del dispositivo que define las reglas más profundas de la interacción.

Por eso conviene entender estas posiciones como formas de distribución diferencial de una agencia ya limitada. El campo no ofrece al sujeto una agencia plena, pero sí le asigna lugares desde los cuales puede actuar sobre otros con mayor o menor eficacia. La autoridad moral, la sospecha, la necesidad de validación, la legitimidad precaria o la capacidad de imponer una lectura sobre ciertas prácticas son expresiones de esa distribución. Se trata de diferencias reales, con efectos concretos sobre el reconocimiento, pero inscritas dentro de una subordinación compartida que ninguna de esas posiciones logra trascender por sí sola.

Así, el sujeto estructuralmente subordinado no aparece en el campo como una figura única y uniforme, sino como una subjetividad capaz de ocupar posiciones diferenciadas dentro de un mismo orden de relaciones. La estructura no elimina la lucha simbólica; la hace posible. Y precisamente porque la hace posible, también organiza las formas visibles en que el juicio se manifiesta. En ese punto, el análisis puede avanzar hacia el siguiente nivel: no ya la definición general del sujeto ni la descripción del dispositivo ni la distribución de posiciones dentro del campo, sino los atributos concretos que adopta el juicio cuando esa estructura ya está operando en la práctica cotidiana.

4. Las formas visibles del juicio

Una vez definido el sujeto, descrita la estructura que organiza su subordinación y precisadas las posiciones simbólicas que puede ocupar dentro del campo, el análisis puede avanzar hacia un nivel distinto: no ya la constitución del sujeto ni la distribución de posiciones, sino las formas concretas en que esa estructura se vuelve visible en el juicio cotidiano. Es aquí donde aparecen los llamados sesgos, no como punto de partida del problema ni como explicación autosuficiente de la dinámica del campo, sino como formas visibles de evaluación a través de las cuales una organización previa del poder, del reconocimiento y de la subordinación se expresa en la práctica.

Entendidos de este modo, los sesgos no deben pensarse únicamente como errores psicológicos individuales ni como simples opiniones desafortunadas sobre el uso de la inteligencia artificial. Funcionan, más bien, como atributos recurrentes del juicio dentro de una estructura donde el sujeto ya ha sido configurado por relaciones de poder que limitan su agencia estructural y desplazan su capacidad de acción hacia el plano simbólico (Foucault, 1982). Lo que aparece como sospecha espontánea, objeción moral o criterio inmediato de legitimidad remite, en realidad, a una organización previa del sujeto, de sus posiciones posibles y de los márgenes dentro de los cuales puede reconocer o invalidar prácticas ajenas.

En ese nivel, puede hablarse de un sesgo de esfuerzo cuando el juicio desconoce el esfuerzo cognitivo involucrado en el uso de la IA porque dicho esfuerzo no deja las marcas que la norma asocia con el trabajo intelectual legítimo. La dificultad, la exploración y la evaluación crítica pueden existir, pero al no presentarse bajo las huellas tradicionales del mérito, tienden a ser leídas como ausencia de trabajo o como facilidad sospechosa. No se trata aquí de negar que existan usos efectivamente delegativos o superficiales, sino de señalar que la estructura del juicio puede volver invisible, de antemano, toda forma de trabajo intelectual que no coincida con la iconografía habitual del esfuerzo.

Puede hablarse también de un sesgo de funcionalidad cuando el juicio no distingue entre relaciones distintas con una misma herramienta. No es equivalente usar la IA para sustituir una elaboración intelectual que para intervenir en procesos de exploración, organización, contraste o clarificación del pensamiento. Sin embargo, el campo tiende a comprimir estas diferencias y a evaluar bajo una misma lógica prácticas heterogéneas. Al hacerlo, reduce la complejidad del vínculo entre sujeto y herramienta y fortalece juicios homogéneos allí donde el análisis exigiría distinciones más finas.

A ello se suma un sesgo de legitimidad, visible cuando la mera presencia de mediación técnica basta para degradar el valor de un contenido con independencia de su calidad, su pertinencia o su aporte. En estos casos, el juicio se desplaza desde la producción concreta hacia la sospecha sobre las condiciones de su elaboración, como si la existencia de una mediación bastara por sí sola para vaciar el trabajo intelectual de legitimidad. La crítica ya no se concentra en lo dicho, sino en la impureza atribuida al proceso.

En una dirección cercana aparece el sesgo de utilidad, que rechaza la inteligencia artificial como herramienta legítima de pensamiento. Aquí la mediación no solo es sospechosa; su utilidad misma parece descalificarla. La lógica que opera es conocida históricamente: cuanto más reduce una herramienta ciertos costos operativos, más fácilmente puede ser leída como amenaza para la autenticidad del trabajo (Bourdieu, 1984). Lo que se impugna no es únicamente el mal uso posible, sino la idea misma de que una asistencia técnica pueda formar parte de una práctica intelectual valiosa sin anularla.

El sesgo de credibilidad aparece cuando el juicio no se dirige tanto a la práctica como al sujeto que la ejerce. Un mismo uso de la IA puede ser tolerado, admirado o incluso celebrado cuando lo realiza alguien dotado de alto reconocimiento institucional, y puede ser desacreditado cuando lo realiza alguien cuya legitimidad resulta más frágil o más próxima al observador. En este punto, el juicio ya no regula solo la herramienta, sino el derecho mismo a ser reconocido como portador legítimo de inteligencia. La estructura del campo se vuelve especialmente visible cuando el problema deja de ser qué se hizo con la IA y pasa a ser quién puede hacerlo sin perder autoridad (Bourdieu, 1991). El sesgo de accesibilidad surge cuando no se reconoce el uso de la IA por personas neurodivergentes para facilitar sus procesos comunicativos.

Estos sesgos no operan de forma aislada. Se sostienen y refuerzan entre sí porque remiten a una misma economía del reconocimiento. Lo que cada uno vuelve visible, desde un ángulo distinto, es la dificultad del campo para procesar mediaciones que alteran la relación histórica entre mérito, esfuerzo, legitimidad y acceso. Por eso, aunque puedan describirse por separado, su inteligibilidad no proviene de su enumeración, sino de la estructura que los vuelve posibles.

Leídos desde esta perspectiva, los sesgos no constituyen la tesis del análisis, sino un nivel derivado de ella. Son las formas visibles del juicio dentro de un campo donde el sujeto ya ha sido producido como subjetividad estructuralmente subordinada y simbólicamente activa (Foucault, 1982; Bourdieu, 1990). El problema no comienza en ellos, pero a través de ellos puede observarse con mayor claridad cómo opera la tensión entre una agencia limitada en lo estructural y una agencia intensa en lo horizontal. Es precisamente esa tensión la que convierte al juicio cotidiano en uno de los lugares privilegiados donde el dispositivo se vuelve socialmente eficaz.

Bourdieu, P. (1984). Distinction: A social critique of the judgement of taste (R. Nice, Trans.). Harvard University Press. (Original work published 1979)

Bourdieu, P. (1990). The logic of practice (R. Nice, Trans.). Stanford University Press.

Bourdieu, P. (1991). Language and symbolic power (G. Raymond & M. Adamson, Trans.; J. B. Thompson, Ed.). Harvard University Press.

Foucault, M. (1980). Power/knowledge: Selected interviews and other writings, 1972–1977 (C. Gordon, Ed.; C. Gordon, L. Marshall, J. Mepham, & K. Soper, Trans.). Pantheon Books.

Foucault, M. (1982). The subject and power. Critical Inquiry, 8(4), 777–795.

Foucault, M. (1988). Technologies of the self. In L. H. Martin, H. Gutman, & P. H. Hutton (Eds.), Technologies of the self: A seminar with Michel Foucault (pp. 16–49). University of Massachusetts Press.