Seguramente a ninguna de estas tecnólogas, científicas, filósofas y altas ejecutivas le gustaría ser destacada por su categoría de “mujer” dentro de la inteligencia artificial. Sus trayectorias pesan por sí mismas: han fundado laboratorios, dirigido compañías, diseñado modelos, investigado sesgos, creado marcos éticos y participado en algunas de las decisiones más importantes de la industria. Pero la subrepresentación femenina en el sector obliga todavía a hacer visible algo que debería ser obvio: no todos los hilos de la IA los mueven hombres.
La carrera de la inteligencia artificial suele contarse con nombres masculinos: Sam Altman, Elon Musk, Dario Amodei, Jensen Huang o Mark Zuckerberg. Pero una parte importante del poder real de la IA también pasa por mujeres que fundan laboratorios, dirigen empresas, diseñan el carácter de los modelos, invierten en tecnología profunda o se mueven dentro de las redes más cerradas de Silicon Valley.
En esa lista aparece Mira Murati, exdirectora de tecnología de OpenAI y fundadora de Thinking Machines Lab, una de las startups de IA más observadas tras su salida de la empresa detrás de ChatGPT. Murati lanzó la compañía en 2025 junto con exinvestigadores de OpenAI y otros laboratorios, con John Schulman como científico jefe y Barret Zoph como CTO inicial, según TechCrunch.
Su proyecto volvió a llamar la atención esta semana después de que Thinking Machines presentara avances sobre “interaction models”, una línea enfocada en modelos capaces de responder en tiempo real a señales de interacción, no solo a prompts escritos. The Verge reportó que la compañía mostró ejemplos como detección de menciones en audio, traducción en tiempo real y respuestas a gestos o posturas.
Otra figura clave es Daniela Amodei, cofundadora y presidenta de Anthropic, la empresa detrás de Claude. Daniela salió de OpenAI junto con su hermano Dario Amodei para fundar Anthropic en 2021, y desde entonces ocupa uno de los puestos más importantes en una compañía que compite directamente en la carrera de modelos avanzados.
En esa misma órbita está Amanda Askell, filósofa e investigadora de Anthropic, conocida por liderar el trabajo de Character de Claude. La propia Anthropic la identifica como la autora principal de la Constitución de Claude, el documento que guía parte del comportamiento, tono y límites del modelo.
Fei-Fei Li ocupa otro lugar en la historia: el de las científicas que ayudaron a construir la base técnica de la IA moderna antes de que todo se redujera a chatbots. Su trabajo con ImageNet fue central para el avance de la visión computacional y el aprendizaje profundo. Hoy también está vinculada a World Labs, una compañía enfocada en modelos capaces de comprender el mundo físico.
También está Raquel Urtasun, fundadora de Waabi, que trabaja en inteligencia artificial aplicada a conducción autónoma y simulación. Su perfil permite recordar que la IA no vive solo en apps conversacionales: también está en camiones, carreteras, logística, mapas, sensores y sistemas que intentan automatizar partes del mundo físico.
En el lado más incómodo del poder aparece Shivon Zilis, ejecutiva de Neuralink, exintegrante del consejo de OpenAI y figura cercana al ecosistema de Elon Musk. Su caso no es el de la científica pública ni el de la “madre” de un modelo, sino el de una operadora situada en la red de empresas, laboratorios, consejos y disputas donde se decide quién controla la siguiente generación de IA y neurotecnología. Forbes ya la había perfilado desde 2020 como una de las mujeres líderes en IA por su paso por OpenAI, Neuralink, Tesla y Bloomberg Beta.
La lista puede ampliarse con Joy Buolamwini, fundadora de Algorithmic Justice League, conocida por sus investigaciones sobre sesgos en reconocimiento facial y discriminación algorítmica; o Anima Anandkumar, investigadora en aprendizaje automático, IA científica y sistemas. Ambas representan otro flanco de la industria: el de quienes no solo construyen o venden IA, sino que también estudian sus límites, sesgos y aplicaciones profundas.
Eugenia Kuyda, fundadora de Replika, ocupa un lugar distinto en esta genealogía. Antes de que la industria hablara todos los días de “compañeros de IA”, Kuyda ya había construido una de las aplicaciones más conocidas de compañía artificial. Replika nació con una historia profundamente personal: la idea de crear una IA conversacional que pudiera acompañar, escuchar y reflejar al usuario. La propia página de Replika presenta a Kuyda como su fundadora y describe el proyecto como una IA personal pensada para ayudar a las personas a expresarse y sentirse acompañadas.
Su lugar es incómodo y fascinante porque anticipó una de las zonas más delicadas de la IA contemporánea: los vínculos afectivos con sistemas artificiales. Mientras buena parte de Silicon Valley vendía productividad, automatización y eficiencia, Replika exploraba otra cosa: qué pasa cuando una persona no usa una IA para trabajar, sino para hablar, desahogarse, enamorarse, recordar o sentirse menos sola.
Si Murati representa la fundadora estrella de laboratorio, Daniela Amodei la ejecutiva detrás de una de las compañías más importantes del sector, Askell la filósofa que ayuda a moldear el carácter de Claude y Zilis la operadora situada en las redes privadas del poder tecnológico, Kuyda representa otra frontera: la IA como vínculo emocional. Su trabajo con Replika mostró antes que muchos que el futuro de los modelos conversacionales no estaría solo en responder mejor, sino en volverse presencia.
Lo interesante es que no todas ocupan el mismo tipo de poder. Murati representa la fundadora estrella que sale de OpenAI para construir su propio laboratorio. Daniela Amodei encarna la operación ejecutiva de una de las compañías más importantes del sector. Amanda Askell está en una zona más rara: la personalidad y la ética práctica de un modelo. Fei-Fei Li pertenece al linaje científico que hizo posible la visión computacional moderna. Zilis aparece en las redes privadas de influencia. Buolamwini disputa el costo social de los sistemas algorítmicos.
