Este ensayo propone una reformulación de la dimensión semántica en la escritura mediada por modelos de lenguaje. Su punto de partida es que el sentido ya no puede describirse adecuadamente como una propiedad que circula intacta entre sujetos a través de un canal, sino como una magnitud que cambia de estado cuando atraviesa un régimen probabilístico-formal. A partir de esa premisa, el texto desarrolla el concepto de entropía transrégimen para nombrar el espacio en el que el significado deja de operar como experiencia semántica vivida y pasa a una condición de cristalización operativa, susceptible de ser mediada, reorganizada, expandida o recombinada antes de regresar como formulación interpretable. En ese marco, se distinguen dos operadores asimétricos: un operador sintético, del lado del modelo, que trabaja sobre sentido humano sedimentado y produce formulaciones lingüísticas plausibles sin apropiación subjetiva fuerte; y un operador hermenéutico, del lado humano, que reinscribe esas formulaciones como texto interpretable, mediación cognitiva o interlocución graduada. Mediante un diálogo crítico con Saussure, Weaver, Barthes y Ricœur, el ensayo sostiene que la escritura mediada por IA no implica la desaparición del sentido, sino su transformación en una materia de trabajo sometida a una modulación sintética variable. Así, la tesis central afirma que el sentido, después del cruce algorítmico, no desaparece ni permanece intacto: retorna como sentido transformado.
I. Del régimen del enunciado al régimen del sentido
Si el primer ensayo proponía el espacio de entropía transrégimen como categoría para describir la arquitectura general de la escritura mediada por inteligencia artificial, este segundo movimiento busca precisar qué ocurre dentro de ese espacio con la dimensión de sentido. Allí donde antes el problema central era la reorganización del proceso comunicativo y la emergencia de un nuevo régimen de producción del enunciado, ahora la pregunta se desplaza hacia la transformación interna del significado cuando atraviesa un régimen probabilístico-formal. Dicho de otro modo: el primer ensayo describía la estructura del acoplamiento; este segundo intenta describir la mutación del sentido en el interior de ese acoplamiento. Porque la entropía transrégimen no designa solo la fluctuación de formulaciones posibles entre humano y modelo, sino también la variabilidad del propio sentido cuando deja de operar como experiencia semántica vivida y pasa a un estado de cristalización operativa, susceptible de ser mediado, reorganizado, expandido o recombinado antes de regresar como texto interpretable.
II. El problema: el sentido ya no cruza intacto
La cuestión central ya no es si la inteligencia artificial “entiende” o no entiende, sino qué ocurre con la dimensión de sentido cuando un texto atraviesa un proceso en el que intervienen dos regímenes heterogéneos. Del lado humano, el lenguaje entra cargado de intención, historia, horizonte semántico y propósito; del lado del modelo, ese mismo lenguaje es procesado en un régimen probabilístico-formal que no habita el sentido como lo haría un sujeto, pero tampoco opera sobre una materia semánticamente vacía. Lo que allí circula no es el significado vivo en sentido fuerte, ni su simple ausencia, sino sentido humano sedimentado, cristalizado en estructuras matemáticas capaces de generar nuevas formulaciones. Por eso, el problema teórico ya no puede describirse solo con las categorías clásicas de emisor, mensaje y receptor, ni siquiera con la ampliación semántica de Weaver: lo que debe explicarse es cómo el sentido se transforma al cruzar un espacio transrégimen en el que no desaparece, pero tampoco permanece intacto.
III. Saussure y la mutación del signo
Ferdinand de Saussure permite formular el primer desplazamiento con mayor precisión. Si el signo es la unión entre significante y significado dentro de un sistema compartido por una comunidad de hablantes (Saussure, 1916/1959), entonces la vectorización introduce una mutación decisiva: no conserva esa unidad como experiencia semántica viva, sino que la traduce a una forma matemática operable. El modelo no trabaja sobre una materia vacía, sino sobre relaciones estabilizadas entre signos, es decir, sobre la huella formal del sentido sedimentado en el uso humano del lenguaje. Por eso, cuando un texto entra al régimen algorítmico, el sentido no desaparece: cambia de estado.
Este punto exige una precisión importante. No se trata de afirmar que significante y significado se separan de manera simple, como si el primero ingresara intacto a la máquina y el segundo quedara por completo fuera del proceso. La transformación es más compleja. Lo que se modifica es el estatuto de la unidad sígnica: aquello que en la experiencia humana aparece como sentido vivido, en el régimen algorítmico reaparece como una configuración formal de relaciones entre signos. La estructura diferencial no desaparece; se conserva bajo una forma distinta. El valor de un vector sigue dependiendo de su posición relativa respecto a otros vectores, de su proximidad, distancia y dirección dentro de un espacio de alta dimensionalidad. Pero esa persistencia estructural ya no equivale a la experiencia semántica de un hablante que habita el signo desde su historia, su contexto y su intención.
Desde esta perspectiva, la vectorización no elimina toda huella del significado, pero sí lo transforma en una materia procesable. Lo que entra en el modelo no es el sentido tal como es vivido, sino su sedimentación formal. Y justamente por eso la dimensión semántica no puede darse por cancelada. Si el sentido regresa en el output, si el texto devuelto puede resumir, explicar, conectar y reformular, es porque algo del significado atravesó el proceso; pero lo hizo bajo otra condición. La pregunta, entonces, ya no es si el sentido está o no está, sino bajo qué forma subsiste durante ese tránsito.
IV. El límite de Weaver: cuando el nivel semántico deja de bastar
Warren Weaver amplió el modelo técnico de Claude Shannon al distinguir tres niveles del problema comunicativo: el técnico, el semántico y el de efectividad (Weaver, 1949). Esa ampliación sigue siendo decisiva porque reconoce que la comunicación no se agota en la mera transmisión de señales. El problema no consiste solo en si el mensaje llegó, sino en si llegó con el significado deseado y en si produjo el efecto buscado. Sin embargo, la utilidad de esa tríada empieza a resquebrajarse cuando el proceso incluye un polo que ya no puede describirse simplemente como sujeto receptor o emisor.
En Weaver, el nivel semántico presupone que el sentido circula entre agentes humanos capaces de habitarlo e interpretarlo. El significado sigue siendo, en último término, un problema entre sujetos. Pero cuando un texto entra al procesamiento de un LLM, aparece un momento intermedio que no es meramente técnico y tampoco es semántico en el sentido clásico. El texto llega cargado de sentido; luego es tratado como estructura operable; y finalmente regresa como lenguaje interpretable. Entre la entrada y la salida hay una transformación que el modelo clásico apenas puede rozar, pero no describir con precisión. No porque la categoría semántica deje de existir, sino porque en ese intervalo el sentido ya no circula bajo la forma que Weaver tenía en mente.
Por eso no basta con añadir un cuarto nivel, como si simplemente hubiéramos descubierto un nuevo tramo dentro de la misma escena comunicativa. Hacerlo así implicaría suponer que el modelo es un sujeto más, una suerte de interlocutor equivalente que solo ocupa otro lugar en la cadena. Lo que ocurre es distinto. No aparece un nuevo nivel simétrico, sino una transformación de régimen. El problema no es sumar una pieza a un sistema ya dado, sino reconocer que el sentido entra en una operación que no puede describirse adecuadamente con las categorías heredadas del nivel semántico clásico.
V. Dos operadores asimétricos
Para describir esa transformación conviene introducir una distinción nueva. El espacio de entropía transrégimen no opera mediante una sola mediación, sino a través de dos operadores asimétricos: un operador sintético, del lado del modelo, y un operador hermenéutico, del lado humano. Esta distinción permite evitar dos errores opuestos: atribuir al LLM una subjetividad que no puede sostenerse sin más, o reducirlo a cálculo vacío ignorando su productividad real.
Llamaremos operador sintético al proceso mediante el cual un régimen probabilístico-formal trabaja sobre sentido humano sedimentado y devuelve formulaciones lingüísticas plausibles. Ese operador no produce sentido desde una interioridad propia ni desde una vivencia semántica equivalente a la humana, pero tampoco se limita a reproducir mecánicamente insumos previos. Opera sobre un espacio saturado de relaciones formales, reorganiza trayectorias posibles, establece conexiones, extiende cadenas de formulación y produce salidas nuevas a partir del material cristalizado del lenguaje humano. No es sujeto, pero tampoco es una mera pasividad matemática. Es una forma de productividad sin apropiación subjetiva fuerte.
Llamaremos operador hermenéutico al proceso mediante el cual el humano recibe ese retorno y lo reinscribe como texto interpretable, mediación cognitiva o interlocución graduada. Aquí sí hay lectura, apropiación, contexto, experiencia, evaluación semántica y decisión. El humano no solo decodifica una salida; la habita. Puede aceptarla como herramienta, someterla a crítica, usarla como borrador, leerla como explicación, tratarla como respuesta, convertirla en mediación o incluso atribuirle, por momentos, estatuto de interlocutor. Esta oscilación no es accidental: forma parte de la nueva escena comunicativa. Del lado del humano, la IA no aparece de una sola manera. Es recibida bajo grados variables de agencia atribuida.
La escritura mediada por LLM no consiste, entonces, en un único proceso de producción de sentido, sino en dos procesos simultáneos y asimétricos. Del lado del modelo hay síntesis probabilístico-formal sobre sentido cristalizado; del lado humano hay apropiación interpretativa de una salida cuyo estatuto oscila entre texto, mediación e interlocución. Ambos procesos se condicionan mutuamente en tiempo real, pero no son equivalentes. Su acoplamiento produce una escena nueva: ni comunicación entre dos sujetos en sentido clásico, ni simple uso instrumental de una herramienta muda.
VI. Entropía transrégimen y modulación del sentido
Aquí regresa y se precisa el concepto inicial. La entropía transrégimen ya no nombra solo el espacio general donde se acoplan un régimen semántico-intencional y otro probabilístico-formal. Nombra también la variabilidad del sentido cuando cambia de estado. Si el significado entra al proceso como experiencia humana cargada de intención y retorna como formulación interpretable, el problema no es únicamente que haya sobrevivido a la travesía, sino que no lo hace siempre del mismo modo. El sentido cristalizado no atraviesa uniformemente el régimen algorítmico. Entra en un campo de operaciones variables.
A veces el operador sintético media el sentido: lo reorganiza, lo resume, lo estabiliza, lo vuelve más legible. Otras veces lo utiliza como base para construir nuevas conexiones, proyectar consecuencias, tender puentes conceptuales o recombinar trayectorias semánticas que no estaban explícitas en el input. En unos casos, reduce incertidumbre y cierra opciones; en otros, la expande al abrir formulaciones no previstas. El sentido no solo cambia de estado al entrar al régimen algorítmico: entra en una modulación sintética variable. Y esa modulación es, precisamente, lo que la entropía transrégimen describe en su nivel interno.
Por eso conviene decir que la entropía transrégimen no designa solo la fluctuación de formulaciones posibles entre humano y modelo, sino la inestabilidad operativa del propio sentido cuando cruza de un régimen a otro. Lo que fluctúa no es únicamente la forma verbal futura del texto, sino la condición misma del significado. A veces este regresa casi como una continuidad de lo ya dado; otras, vuelve desplazado, expandido o rearticulado. Esa variabilidad no es un accidente del sistema, sino su rasgo constitutivo.
En términos más estrictos: el paso por el operador sintético no equivale a la desaparición del sentido ni a su preservación intacta, sino a su transformación en una materia de trabajo. El sentido cristalizado es una reserva operativa. Puede ser mediado, reforzado, desviado o productivamente reconfigurado. Y solo después, del lado del operador hermenéutico, esa materia vuelve a activarse como comprensión, evaluación, uso o reapropiación.
VII. Barthes: cuando el lector tampoco nace
Roland Barthes desplazó la escena clásica al declarar la muerte del autor. Una vez escrito, el texto ya no pertenece soberanamente a la intención de quien lo produjo; se vuelve un tejido de citas, escrituras y sentidos que se actualizan en el acto de lectura. El lector no recupera un significado original: lo produce. Esa intervención fue decisiva porque descentró la autoridad del autor y ubicó el sentido en la relación entre texto y lectura (Barthes, 1968).
Pero la vectorización empuja esa intuición a un territorio que Barthes no anticipó. Cuando la IA procesa un texto, el autor no solo muere; el lector tampoco nace en sentido pleno. No hay nadie que habite el texto en ese momento como lo haría un sujeto humano. Y, sin embargo, el output regresa con muchos de los efectos externos de una lectura: resume, interpreta, conecta, explica, parece haber comprendido. Lo que se produce es una lectura simulada, o más precisamente, una salida que reproduce muchos efectos de lectura sin haber pasado por una apropiación subjetiva del texto.
Esto no significa que el concepto de lectura pierda valor, sino que se fractura en dos dimensiones desiguales. Del lado humano, la lectura sigue ocurriendo en un sentido fuerte: hay experiencia, apropiación, contexto y transformación del lector. Del lado del modelo, en cambio, hay una operación que produce efectos funcionalmente comparables a los de una lectura, pero sin que por ello pueda decirse que haya existido un lector en el sentido barthesiano. Lo que antes convergía en una subjetividad lectora, ahora puede devolver resultados sin haber pasado por ella.
VIII. Ricoeur: apropiación sedimentada y humanidad cristalizada
Paul Ricoeur permite introducir aquí un matiz decisivo. Para él, el texto posee una autonomía semántica: una vez escrito, se desprende de la intención originaria y propone un mundo posible al lector. Leer no es solo producir sentido; es apropiarse del texto, hacerlo propio, dejarse transformar por él. La lectura modifica tanto al texto como al sujeto que lo lee. Ese movimiento de apropiación es central para su hermenéutica (Ricœur, 1976).
Vista desde Ricoeur, la IA no se apropia de los textos en tiempo real. No habita el mundo que el texto propone ni se transforma existencialmente por el hecho de procesarlo. Pero ahí aparece una sutileza fundamental: el modelo no opera desde un vacío semántico. Opera desde un espacio ya saturado por apropiaciones humanas previas. Todo lo que Ricoeur llamaría apropiación ocurrió antes, en otro nivel y a otra escala: en el entrenamiento. Millones de textos humanos, con su carga de experiencia, interpretación, deseo, conflicto y mundo, fueron sedimentados en patrones matemáticos. Lo que el modelo maneja no es sentido vivo, pero tampoco ausencia de sentido. Maneja humanidad cristalizada.
Esto obliga a corregir una formulación demasiado brusca. El operador sintético no trabaja sobre una nada semántica, sino sobre un depósito inmenso de apropiaciones humanas transformadas en estructura formal. En el entrenamiento tuvo lugar algo masivo y silencioso: no un sujeto que se apropia de textos, sino textos humanos que forman un sistema. La dirección se invierte, pero el resultado conserva algo esencial: una saturación de mundo, experiencia y lenguaje humano convertida en materia operable. Por eso la IA no es “humana” porque tenga subjetividad propia, sino porque está enteramente constituida desde experiencia humana sedimentada. Su historia no es vivida como historia, pero existe como formación.
IX. El sentido después de la vectorización
A esta altura ya puede formularse la tesis con mayor precisión. El sentido no desaparece al entrar en el régimen algorítmico, pero tampoco permanece intacto. Cambia de estado. Deja de operar como experiencia semántica vivida y pasa a una condición de cristalización operativa en la que puede ser mediado, reorganizado, expandido o recombinado por un operador sintético. Después, regresa al mundo humano como formulación interpretable y es reinscrito por un operador hermenéutico que reactiva su dimensión semántica, pragmática y relacional.
Lo que la escritura mediada por IA vuelve visible no es la desaparición del significado, sino la imposibilidad de seguir pensándolo solo como una propiedad que circula entre sujetos intactos. El sentido puede hoy sedimentarse, cristalizarse, modularse y retornar bajo condiciones que las teorías clásicas apenas entrevieron. Eso no invalida a Saussure, a Weaver, a Barthes o a Ricoeur; obliga, más bien, a leerlos desde una escena que ya no es la suya. En esa nueva escena, el significado no se opone de forma simple al cálculo, porque parte de él entra en el cálculo como huella, estructura y reserva operativa. Tampoco el cálculo se opone sin resto al sentido, porque el output solo se vuelve comunicativamente real cuando regresa al circuito de la interpretación humana.
La teoría de la comunicación tiene aquí un problema nuevo. Ya no basta con describir la circulación del mensaje, la producción del significado o la interpretación del lector como si ocurrieran dentro de un mismo régimen estable. Debe describir también lo que sucede cuando el sentido cruza una frontera, cambia de estado y retorna bajo otra forma. El sentido después del cruce no es el mismo, pero tampoco es otro por completo. Es sentido transformado. Y en esa transformación se juega una de las preguntas centrales de la escritura contemporánea.
Referencias
Barthes, R. (1968). La mort de l’auteur. Manteia, 5, 12–17.
Ricœur, P. (1976). Interpretation theory: Discourse and the surplus of meaning. Texas Christian University Press.
Ricœur, P. (1991). From text to action: Essays in hermeneutics II. Northwestern University Press.
Saussure, F. de. (1916/1959). Course in general linguistics. Philosophical Library.
Shannon, C. E. (1948). A mathematical theory of communication. Bell System Technical Journal, 27(3), 379–423, 623–656.
Weaver, W. (1949). Recent contributions to the mathematical theory of communication. En C. E. Shannon & W. Weaver, The mathematical theory of communication. University of Illinois Press.
