En los años setenta, cuando las computadoras todavía eran máquinas enormes encerradas en bancos, oficinas públicas y centros universitarios, una escuela de Guadalajara atrajo estudiantes del norte de México y de América Latina con una promesa casi hipnótica: aprender computación. El Instituto de Mecanización y Computación enseñaba COBOL, RPG, diagramas de flujo y tarjetas perforadas. No era una ingeniería, sino una carrera técnica. Pero en un país que aún creía que podía entrar al futuro por la vía del desarrollo, aquello bastó para que muchos siguieran una señal de radio.
Dicen que la voz salió por la radio cuando Guadalajara todavía tenía patios hondos y calles donde el polvo se quedaba pegado a los zapatos. No anunciaba muertos ni lluvias ni milagros. Anunciaba la llegada del futuro a través del cómputo y los sistemas. Nadie sabía bien qué era eso.
Algunos decían que eran máquinas grandes, encerradas en cuartos fríos, máquinas que pensaban con tarjetas y obedecían a quienes supieran agujerear el cartón en el lugar correcto. Otros decían que era el porvenir. Y el porvenir, por aquellos años, todavía podía escucharse por la radio como se escucha una promesa dicha desde lejos.
La escuela se llamaba Instituto de Mecanización y Computación. Tenía nombre de oficina y de profecía. Mecanización, como los papeles, las cuentas, las nóminas, los archivos que crecían en los escritorios del gobierno. Computación, como una palabra recién llegada de otra parte, una palabra que todavía no cabía en la boca de todos.

Llegaron muchachos del norte, desde Sonora, Baja California, Coahuila, Aguascalientes. Llegaron con maletas, con cartas de sus familias, con carreras abandonadas a medio camino. Algunos habían dejado ingenierías porque alguien les dijo que allá, en Guadalajara, había una escuela donde enseñaban ingeniería de sistemas con computadoras IBM. También llegaron de Venezuela y de Nicaragua, según cuentan. Vinieron detrás de una señal que nadie sabe ya cómo se extendió tanto.
Creyeron que iban a estudiar una ingeniería. Luego les dijeron que no. Que aquello era técnico. Que iban a aprender diagramas de flujo, COBOL, RPG [Report Program Generator], tarjetas perforadas de 80 y 96 columnas para escribir código binario en ellas. Que iban a perforar la información para meterla al cerebro de la computadora IBM.
Y aun así se quedaron. Porque ahí estaban las máquinas de IBM, que en ese entonces eran la frontera. Impartían materias de computación, programación, análisis, administración, contabilidad, inglés y geometría analítica. La escuela no formaba científicos de la computación. Preparaba perforistas, programadores y analistas para entrar a empresas, bancos o dependencias públicas en una época en la que casi nadie tenía una computadora cerca. La computación no se aprendía todavía frente a una pantalla personal. Se aprendía frente a una tarjeta.

Antes de ejecutar había que pensar el proceso. Antes de pensar en código había que dibujar el flujo. La idea bajaba del razonamiento al diagrama, del diagrama al lenguaje, del lenguaje al cartón. Cada tarjeta era una frase material para la computadora: columnas, marcas, huecos, secuencia. Un error no se corregía con una tecla; se rehacía la tarjeta. Programar tenía peso, borde y agujeros.
El CPU era el “cerebro” de la computadora, pero para hablar con ese cerebro había que preparar físicamente la información. Las tarjetas entraban como una ofrenda ordenada. La máquina no recibía intuiciones: recibía paquetes, filas, instrucciones precisas, datos perforados. La programación tenía algo de oficina y algo de ritual.

Para quienes llegaron de lejos, aquello debía parecer extraordinario. No era una universidad clásica, tampoco un taller común. Era una antesala. Un lugar donde el futuro todavía no era paisaje, pero ya tenía instrumentos.
El fenómeno del IMC se entiende mejor al mirar el país que lo rodeaba. En México, la formación universitaria en computación apenas comenzaba a tomar forma. Algunas reconstrucciones históricas ubican hacia 1965 uno de los primeros programas de ingeniería de computadoras en el Instituto Politécnico Nacional. El Tecnológico de Monterrey iniciaría su propio programa poco después, y universidades como la Autónoma de Puebla y la Autónoma de Nuevo León abrirían opciones similares en los primeros años setenta.
Es decir: cuando el IMC atraía estudiantes a Guadalajara, la computación todavía no era una oferta extendida ni claramente estabilizada en las universidades mexicanas. Las fronteras entre ingeniería, curso técnico, especialidad, capacitación profesional y oficio administrativo estaban moviéndose.

La confusión de los estudiantes era también la confusión de una época. ¿Qué significaba estudiar computación en 1972? ¿Era una ingeniería? ¿Un oficio? ¿Una capacitación para bancos? ¿Una vía de entrada al Estado? ¿Una profesión nueva? ¿Una apuesta? Quizá era todo eso al mismo tiempo.
Para 1968 se ha estimado que había alrededor de 200 computadoras operando en México. La cifra no era menor para América Latina, pero su distribución decía más que el número: menos de 18 estaban en universidades e instituciones de educación superior. Las demás pertenecían al mundo donde la modernización se volvía operación concreta: gobierno, bancos, grandes empresas, centros administrativos.

La computadora existía, pero no estaba repartida. Era una promesa encerrada. Por eso una escuela que decía tener acceso a máquinas, lenguajes y perforadoras podía atraer como atraen las puertas prohibidas. Quien entraba al IMC no entraba únicamente a estudiar; entraba a un país que todavía no estaba disponible para todos.
La computación mexicana de esos años avanzaba en dos velocidades. En una, los laboratorios y universidades trabajaban con lenguajes, matemáticas, centros de cálculo e investigación. En 1966, Adolfo Guzmán Arenas y Harold V. McIntosh publicaron sobre CONVERT, un lenguaje basado en LISP diseñado por ellos, una de las primeras señales mexicanas en la conversación internacional de la computación. Esa era la computación como ciencia: formal, universitaria, abstracta.
En la otra velocidad estaba el mundo que enseñaba el IMC: COBOL, RPG, tarjetas perforadas, reportes, contabilidad, administración, análisis de sistemas. No la computadora como teoría, sino como aparato de orden. No el lenguaje como exploración científica, sino como forma de procesar nóminas, registros, inventarios, pagos y cuentas. Era la computación de la burocracia que quería modernizarse.

Eran los años de Luis Echeverría, cuando el Estado mexicano todavía hablaba con el idioma del desarrollo. Ciencia, tecnología, planeación, expansión educativa, administración pública, productividad: palabras que parecían formar una misma escalera hacia adelante. La computadora encajaba demasiado bien en ese imaginario. Era una máquina de cálculo, pero también una máquina de fe administrativa. Prometía ordenar al país, hacerlo eficiente, volverlo moderno.
México aún podía imaginar que entraría al cómputo no solo como consumidor, sino como participante. Formar técnicos, operar centros de datos, mecanizar oficinas, desarrollar capacidades propias, quizá fabricar tecnología. El futuro todavía parecía una construcción nacional y no únicamente una mercancía importada.
El Instituto de Mecanización y Computación pertenecía a esa ilusión. No era una institución central en la historia oficial de la informática mexicana. No aparece como gran laboratorio ni como universidad pionera. Su importancia está en otra parte: en haber convertido la palabra computación en deseo social. En haber detectado que esa palabra, dicha por radio, podía hacer que jóvenes dejaran una carrera reconocible para inscribirse en un oficio incierto.
El IMC vendía una certeza que la época todavía no podía garantizar: que aprender computación bastaría para entrar al porvenir. Y, sin embargo, quizá no estaba del todo equivocado. Algunos de esos estudiantes sí encontrarían espacio en empresas, bancos, dependencias y centros de procesamiento. Algunos sí aprendieron lenguajes y prácticas que el país necesitaría. La escuela no era una fantasía vacía. Era algo más inquietante: una promesa parcialmente verdadera.
Infraestructura que conecta con el crecimiento tecnológico de la región
La escuela afirmaba contar con equipo de cómputo propio o, al menos, con acceso a tecnología informática que en ese tiempo resultaba extraordinariamente costosa. No era un detalle menor: durante las décadas previas, incluso las universidades públicas habían tenido dificultades para adquirir computadoras. En 1958, la UNAM obtuvo una IBM 650 gracias a un esquema de donación y apoyo de la propia empresa, pues el costo de estos equipos estaba fuera del alcance de la mayoría de las instituciones educativas.
Por eso, el caso de la escuela de COBOL en Guadalajara resulta todavía más intrigante. ¿Cómo una institución privada, poco recordada hoy, logró ofrecer una formación práctica en computación cuando esa tecnología seguía reservada casi exclusivamente para bancos, grandes empresas, dependencias públicas y unas cuantas universidades?
Una posible explicación está en el momento que vivía la ciudad. En 1975 comenzó operaciones el Campus Tecnológico de IBM en Guadalajara, orientado a servicios de software, hardware y financiamiento. Su instalación marcó el inicio de un ecosistema local de tecnologías de la información que con el tiempo incluiría manufactura, armado de sistemas informáticos, soluciones de almacenamiento, software, kioscos y desarrollos para gobierno. En ese contexto, la escuela quizá no fue una anomalía aislada, sino una pieza temprana de una economía computacional que empezaba a formarse en Jalisco.

Luego llegó la década de los ochenta. La crisis de deuda de 1982 no solo devaluó la moneda. También devaluó cierta imaginación tecnológica mexicana. El país empezó a abandonar el viejo horizonte de industrialización dirigida por el Estado y a moverse hacia otro modelo: apertura, liberalización, dependencia creciente de tecnologías extranjeras, reducción del margen para sostener proyectos nacionales de largo plazo.

La computadora también cambió. Dejó de ser únicamente una máquina enorme encerrada en instituciones. Primero se volvió más pequeña. Luego personal. Luego doméstica. El futuro, que para los alumnos del IMC había tenido el tamaño de un cuarto refrigerado, comenzó a caber sobre un escritorio.
Cuando la máquina cambió de tamaño, cambió también el encanto. El IMC pertenecía a la época de la computadora grande, escasa, centralizada. Su poder consistía en acercar a los estudiantes a una tecnología que casi nadie podía tocar. Pero cuando la microcomputadora empezó a circular, cuando el acceso dejó de depender de perforadoras, tarjetas y centros cerrados, el viejo ceremonial perdió parte de su misterio.
El futuro dejó de escucharse por radio. Empezó a encenderse en una mesa. Quizá por eso el Instituto de Mecanización y Computación casi desapareció de la memoria digital. Quedan anuncios, direcciones, testimonios, nombres de lenguajes, marcas de máquinas, estudiantes que llegaron de lejos y la sensación de una época en la que la computación todavía podía funcionar como encantamiento.
La historia del IMC no necesita presentarlo como fraude ni como milagro. Fue algo más interesante: una escuela situada en la zona ambigua donde una tecnología nueva se vuelve deseo social antes de volverse vida cotidiana.
Por sus aulas pasaron jóvenes que no estudiaban exactamente el presente. Estudiaban una maqueta del porvenir. Dejaron ingenierías, viajaron desde el norte, llegaron de países del sur, aprendieron a perforar tarjetas, escribieron COBOL, dibujaron diagramas de flujo, llamaron “cerebro” al CPU y tocaron, quizá por primera vez, una máquina que parecía contener el destino de las oficinas, los bancos y los gobiernos.
No era todavía la era digital. Era su anuncio. Y durante un momento, en Guadalajara, bastó una voz de radio para que mucha gente creyera que el futuro tenía dirección, inscripción y horario de clases.
