En el Día del Trabajo, la Organización Internacional del Trabajo puso el foco en una dimensión menos visible de la automatización: no solo el reemplazo de tareas, sino el impacto de los sistemas de IA sobre la salud mental, la autonomía y la dignidad laboral.
La conversación sobre inteligencia artificial y empleo suele concentrarse en una pregunta: cuántos trabajos serán sustituidos. Pero un nuevo documento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) plantea otro problema igual de urgente: qué ocurre cuando la IA no reemplaza al trabajador, sino que lo vigila, lo mide, lo clasifica y reorganiza su jornada bajo criterios automatizados.
A propósito del Día Internacional del Trabajo, la OIT alertó que el uso de sistemas de inteligencia artificial en entornos laborales puede estar asociado con nuevos riesgos psicosociales, especialmente cuando se utilizan para monitoreo intrusivo, gestión algorítmica, evaluación del desempeño o toma de decisiones sobre contratación, ascensos, remuneración y despidos.
El informe “AI Systems at Work: A Changing Psychosocial Work Environment”, elaborado por Tahmina Karimova, sostiene que la IA ya no se limita a asistir tareas, sino que se integra a todo el ciclo de la relación laboral: reclutamiento, capacitación, supervisión, vigilancia, asignación de tareas, recompensas, desarrollo profesional y terminación del empleo. Esa transformación, advierte, modifica la forma en que se diseña, organiza y experimenta el trabajo.
La OIT identifica como factores de riesgo la vigilancia intrusiva, la pérdida de autonomía, la reducción de la dignidad laboral, la recolección excesiva de datos y la falta de transparencia sobre cómo operan los sistemas. Estos elementos pueden incrementar el estrés relacionado con el trabajo, especialmente cuando los empleados no saben qué datos se recolectan, cómo se usan o si una decisión que afecta su vida laboral fue tomada por un algoritmo.
El punto central no es que toda IA en el trabajo sea dañina. El problema aparece cuando la tecnología se incorpora sin participación de los trabajadores, sin explicaciones claras y sin mecanismos de revisión humana. En ese escenario, la IA puede convertirse en una nueva capa de control: una infraestructura invisible que evalúa productividad, comportamiento, disponibilidad y rendimiento de manera constante.
La OIT subraya que los marcos tradicionales de salud y seguridad laboral han estado más enfocados en riesgos físicos que en impactos mentales y sociales. Por eso, plantea que la regulación de la IA en el trabajo no puede quedar únicamente en normas de protección de datos o seguridad tecnológica. Debe integrar derechos laborales, igualdad y no discriminación, salud ocupacional, privacidad, transparencia y revisión humana de decisiones automatizadas.
Entre los derechos emergentes que aparecen en el debate están el derecho a saber cuándo se usa IA en el lugar de trabajo, el derecho a recibir explicaciones sobre decisiones automatizadas, el derecho a impugnar esas decisiones y el derecho a una revisión humana. También se menciona el derecho a la desconexión como una herramienta parcial frente a la vigilancia permanente fuera del horario laboral.
El informe llega en un momento en que gobiernos, empresas y organismos internacionales discuten cómo incorporar la IA a la economía sin deteriorar derechos básicos. La Unión Europea, por ejemplo, clasifica ciertos sistemas de IA usados en empleo y gestión de trabajadores como de alto riesgo, especialmente cuando afectan contratación, promoción, despido, asignación de tareas o evaluación del desempeño.
En el Día del Trabajo, la advertencia de la OIT desplaza la pregunta habitual. La cuestión ya no es solo si la inteligencia artificial quitará empleos, sino qué tipo de trabajo está produciendo: uno más seguro, humano y autónomo, o uno más vigilado, opaco y subordinado a sistemas que los trabajadores no pueden ver ni cuestionar.
