Palantir convierte la soberanía de la IA en negocio y doctrina

Palantir convierte la soberanía de la IA en negocio y doctrina

Palantir intensificó su ofensiva contra el modelo de IA basado en tokens y contra la dependencia de laboratorios externos. Pero su defensa de la “soberanía” llega mientras gobiernos europeos cuestionan precisamente su propia presencia en sistemas públicos, de inteligencia y salud.

Palantir dejó de vender solamente software de análisis de datos. En las últimas semanas, la compañía comenzó a vender una idea más ambiciosa: que la soberanía de la inteligencia artificial será la condición que determine si una institución conserva o pierde el control sobre su propio futuro. El 30 de junio, la empresa publicó un manifiesto de nueve puntos en redes sociales donde defendió que las organizaciones deben retener sus datos, controlar sus modelos y evitar lo que llamó “tokenmaxxing”: el consumo intensivo de tokens que, según Palantir, produce una sensación de avance sin crear valor estructural.

«La retención de datos es tu tesoro. Transfiérela bajo tu propio riesgo. Tu capacidad para ganar está dictada por tu capacidad para reconocer y utilizar tus ventajas únicas, y sigues ganando al acumular los datos subyacentes para generar nuevas perspectivas. Transferir esos datos entrega el acceso a tus jugadas ganadoras preexistentes y cede los medios de producción para nuevas», señala Palantir en el punto dos de su manifiesto.

El mensaje no apareció aislado. Un día antes, Palantir y NVIDIA anunciaron una iniciativa para desplegar modelos abiertos Nemotron en “entornos soberanos”, con foco en agencias del gobierno de Estados Unidos e infraestructura crítica. La propuesta combina la plataforma de NVIDIA con productos de Palantir como AIP, Ontology, Foundry y Apollo, y promete capacidades como autorización explícita de datos, aislamiento por cliente, portabilidad, derecho de eliminación y auditabilidad completa. La compañía también afirma que sus clientes podrán tener modelos “auto-mejorables” específicos para su misión, alimentados con telemetría y trazas de uso para ajustarlos a tareas operativas.

La tesis central de Palantir es sencilla, pero políticamente cargada: quien controla los datos, los pesos del modelo y la infraestructura de despliegue controla la capacidad futura de decisión. En su manifiesto, la empresa equipara los pesos de un modelo con conocimiento institucional acumulado y advierte que cederlos equivale a permitir que el “alfa” de un negocio migre hacia terceros. También sostiene que no hay contradicción entre soberanía y ventaja competitiva: la arquitectura correcta, según Palantir, sería aquella que permite a una institución conservar su “conocimiento tribal” y convertirlo en ventaja propia.

«Controlar tus pesos es controlar tu destino. Los pesos son la forma destilada del conocimiento institucional acumulado con tanto esfuerzo. Si permites que otros controlen tus pesos, estás permitiendo que migren el alfa de tu negocio al de ellos», indica Palantir en el punto cuatro de su manifiesto.

El discurso se volvió más agresivo el 1 de julio, cuando Alex Karp, CEO de Palantir, criticó en CNBC el modelo de negocio de los principales laboratorios de IA. Karp acusó a empresas como OpenAI y Anthropic de haber “sobrevendido” sus modelos, cobrar por tokens que no generan valor proporcional y poner en riesgo la propiedad intelectual o el conocimiento operativo de sus clientes. “No los estoy criticando, pero algo ha salido completamente mal”, afirmó en la entrevista. La crítica conectó con el manifiesto: para Palantir, pagar por más tokens no equivale a construir inteligencia institucional; puede significar, por el contrario, subsidiar la infraestructura cognitiva de otro proveedor.

«El tokenmaxxing secuestra tu orientación de valor y disminuye tu fortaleza institucional e inteligencia. La búsqueda de un alto uso de tokens incentiva scripts desechables sobre software robusto —con la sensación adictiva de un falso progreso. Hay una razón por la que aquellos que venden tokens se niegan a cobrar en base al valor», afirmó Palantir en el punto tres de su manifiesto.

Sin embargo, esa acusación requiere matices. OpenAI sostiene en su documentación empresarial que, por defecto, no usa datos de ChatGPT Enterprise, ChatGPT Business, ChatGPT Edu ni de su API para entrenar o mejorar sus modelos, salvo que el cliente opte explícitamente por compartirlos. Anthropic, por su parte, afirma en su documentación de API que los datos retenidos no se usan para entrenamiento sin permiso expreso y que, en condiciones comerciales, no entrena modelos generativos con código o prompts enviados a Claude Code salvo autorización del cliente.

Eso no invalida por completo la preocupación de Palantir, pero cambia el centro de la discusión. El problema no está únicamente en si un proveedor entrena modelos con datos empresariales. También está en quién conserva la telemetría, quién define los permisos, quién audita el sistema, quién decide qué modelo se usa, qué pasa si un proveedor cambia sus condiciones y qué tan fácil es mover una operación crítica fuera de una plataforma. En ese terreno, Palantir busca posicionarse como una capa de control entre las instituciones y los modelos de IA, no como un laboratorio más.

La paradoja es que Palantir defiende la soberanía justo cuando varios gobiernos cuestionan su presencia en áreas sensibles. El 16 de junio, Reuters reportó que la agencia francesa de inteligencia interna, la DGSI, reemplazará gradualmente herramientas de Palantir por las de la firma francesa ChapsVision. La oficina del primer ministro francés dijo que el proceso tomará años para evitar una brecha operativa, mientras Palantir sostuvo que su contrato seguía vigente. El argumento francés fue explícito: Europa se ha vuelto más cautelosa frente a la dependencia de tecnologías estadounidenses, especialmente en seguridad e inteligencia.

Reino Unido enfrenta una discusión similar. El gobierno británico está revisando el contrato de 330 millones de libras entre el NHS y Palantir, adjudicado en 2023 para construir una plataforma que conecte datos del sistema público de salud. La revisión ocurre bajo presión política y parlamentaria por preocupaciones de privacidad, confianza pública y dependencia de proveedores extranjeros; un comité incluso calificó el papel de Palantir como un posible punto de debilidad.

En Estados Unidos, la empresa también opera en un entorno de alta sensibilidad política. Reuters reportó en mayo que Palantir elevó su previsión anual de ingresos por la demanda de software de datos e IA del gobierno y de clientes comerciales. En el primer trimestre de 2026, sus ingresos crecieron 85% hasta 1,630 millones de dólares; los ingresos de clientes comerciales estadounidenses subieron 133% y los de clientes del gobierno estadounidense crecieron 84%. Reuters también señaló que el sistema Maven de Palantir, usado para analizar datos del campo de batalla e identificar objetivos, está encaminado a convertirse en programa oficial del Pentágono.

Ese crecimiento explica por qué el discurso de Palantir importa. La compañía no solo participa en el mercado de IA empresarial; está ocupando un lugar cada vez más estratégico en la intersección entre defensa, infraestructura crítica, salud, inteligencia y automatización operativa. Cuando Palantir habla de “soberanía”, no habla desde afuera del poder estatal, sino desde una posición cercana a sus sistemas más sensibles.

La dimensión ideológica tampoco es nueva. En abril, Palantir publicó una síntesis de The Technological Republic, el libro de Karp y Nicholas Zamiska, donde defiende que Silicon Valley tiene una deuda moral con Estados Unidos, que el poder duro de este siglo se construirá con software y que la pregunta sobre las armas de IA no es si se construirán, sino quién las construirá y con qué propósito. Esa visión ubica a la IA no como una herramienta neutral de productividad, sino como infraestructura de poder nacional.

Por eso el manifiesto del 30 de junio debe leerse en dos planos. En el primero, Palantir está respondiendo a una preocupación real: las instituciones que entregan datos, procesos y decisiones a plataformas externas pueden terminar atrapadas en dependencias difíciles de revertir. En el segundo, Palantir está intentando definir qué cuenta como soberanía y quién está autorizado para proveerla. Su respuesta no es salir de las grandes plataformas, sino trasladar la confianza hacia su propia arquitectura.

El resultado es una disputa por la capa de mando de la IA. Los laboratorios de modelos venden capacidad cognitiva por uso. Las nubes venden cómputo. Palantir quiere vender control operativo: una estructura donde datos, permisos, modelos, acciones y auditoría se integran en un sistema que promete proteger a la institución de perder su conocimiento. Esa promesa puede ser atractiva para gobiernos y empresas que temen quedar subordinados a proveedores externos. Pero también abre una pregunta incómoda: cuando una compañía privada se vuelve intermediaria de la soberanía tecnológica, ¿la institución recupera control o simplemente cambia de dependencia?

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