Washington busca endurecer las reglas de origen para chips, servidores y otros equipos tecnológicos mientras México amplía su cooperación con China en inteligencia artificial, supercómputo y transferencia tecnológica.
Diez días después de que México y China acordaran ampliar su cooperación en inteligencia artificial y supercómputo, Estados Unidos comenzó a presionar al gobierno mexicano para endurecer las reglas que permiten la entrada de componentes chinos en chips, servidores y otros equipos tecnológicos fabricados o ensamblados en el país.
De acuerdo con The Wall Street Journal, Washington quiere ampliar a sectores como electrónica, productos farmacéuticos y equipo médico reglas de origen similares a las que ya existen para la industria automotriz dentro del T-MEC. El objetivo sería reducir la presencia de componentes procedentes de China en productos que posteriormente ingresan al mercado estadounidense desde México.
La discusión llega en un momento particularmente sensible para México.
El 6 de septiembre, la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (Secihti) y el Ministerio de Ciencia y Tecnología de China firmaron un Memorándum de Entendimiento para iniciar una nueva etapa de cooperación bilateral en inteligencia artificial, supercómputo, robótica, electromovilidad y otras tecnologías estratégicas.
El acuerdo contempla proyectos conjuntos de investigación y desarrollo, movilidad de especialistas y estudiantes, intercambio de conocimiento, asociaciones público-privadas para infraestructura digital y transferencia de tecnologías avanzadas. México también presentó ante la delegación china sus proyectos en diseño de chips, inteligencia artificial y supercómputo.
No hay evidencia pública de que la presión estadounidense reportada por The Wall Street Journal sea una respuesta directa a ese acuerdo. Sin embargo, ambos movimientos muestran la creciente tensión alrededor del papel que México puede desempeñar dentro de la cadena global de infraestructura para inteligencia artificial.
México empieza a reunir las piezas
México todavía no es uno de los grandes centros mundiales de infraestructura de IA, pero comienza a reunir algunas de las piezas necesarias para convertirse en un nodo regional de cómputo y manufactura tecnológica.
Una de ellas es Coatlicue, la supercomputadora pública anunciada por el gobierno mexicano con una inversión estimada de 6 mil millones de pesos y una capacidad proyectada de 314 petaflops. El proyecto está pensado para realizar simulaciones científicas, procesamiento masivo de datos y entrenamiento y ejecución de modelos de inteligencia artificial.
Sin embargo, Coatlicue todavía no está construida. Aunque originalmente el gobierno anunció un periodo de construcción de 24 meses a partir de enero de 2026, en marzo la presidenta Claudia Sheinbaum señaló que el diseño todavía estaba terminándose y que la construcción comenzaría durante el segundo semestre del año. En mayo se creó mediante acuerdo publicado en el Diario Oficial de la Federación el comité técnico encargado de la infraestructura.
El gobierno también creó el Clúster Nacional de Cómputo de Alto Rendimiento e Inteligencia Artificial, que busca conectar capacidades existentes en universidades y centros públicos mientras se desarrolla Coatlicue. La estrategia federal contempla además infraestructura de nube gubernamental, centros de datos y capacidad de cómputo con GPU.
El propio gobierno prevé que, una vez disponible, parte de esa capacidad pueda ofrecerse también a empresas privadas. Sheinbaum señaló en mayo que se trabaja en un modelo para que compañías puedan pagar por utilizar Coatlicue, mientras la estrategia digital federal incluye entre sus objetivos hacia 2030 la comercialización de soluciones de IA y capacidad de supercómputo.
De la supercomputadora a las fábricas de servidores
La otra pieza no está en los laboratorios públicos sino en las cadenas industriales. México ya forma parte de la estrategia de fabricantes asiáticos de electrónica que producen hardware para compañías estadounidenses. Foxconn, uno de los mayores fabricantes por contrato del mundo y proveedor de Nvidia, ha ampliado su presencia en el país y desarrolla capacidad para producir servidores destinados a inteligencia artificial.
Ese tipo de instalaciones coloca a México en una posición particular: puede recibir componentes producidos en Asia, integrarlos en sistemas complejos y enviarlos posteriormente al mercado estadounidense aprovechando una cadena industrial profundamente integrada en América del Norte.
Precisamente esa arquitectura es la que Washington quiere revisar. Según The Wall Street Journal, Estados Unidos propone limitar la proporción de componentes no norteamericanos que pueden incorporarse a algunos productos si éstos quieren recibir los beneficios comerciales del T-MEC. Chips y servidores relacionados con inteligencia artificial se encuentran entre las categorías bajo discusión.
La medida podría afectar incluso a fabricantes que no son chinos. Compañías taiwanesas instaladas en México utilizan cadenas de suministro internacionales para producir servidores y otros equipos destinados a empresas estadounidenses. Reglas de origen más estrictas obligarían a determinar no sólo dónde se ensambla un sistema, sino también de dónde proceden placas, memorias, fuentes de alimentación, componentes de red y otros elementos incorporados en él.
China también mira la infraestructura
El acuerdo firmado entre México y China va más allá de intercambios académicos. La Secihti señaló expresamente que el Memorándum de Entendimiento permite desarrollar asociaciones público-privadas para infraestructura digital, intercambiar tecnología avanzada y ampliar la cooperación entre empresas e instituciones de educación superior. Durante la reunión, México presentó a China proyectos como Coatlicue y el Clúster Nacional de Cómputo de Alto Rendimiento e Inteligencia Artificial.
Rosaura Ruiz, titular de Secihti, señaló además que México busca aprovechar la experiencia china no sólo en inteligencia artificial, sino en la conexión entre investigación científica, desarrollo tecnológico e industria.
Eso abre una cuestión todavía sin resolver: qué participación podrían tener compañías, universidades o tecnologías chinas en la infraestructura de IA que México pretende construir durante los próximos años. El memorándum no especifica proveedores para Coatlicue ni compromete la compra de chips o servidores chinos. Tampoco existe evidencia pública de que China vaya a participar directamente en su construcción.
Pero la combinación de una futura supercomputadora pública, una red nacional de centros de cómputo, capacidad industrial para fabricar servidores y una cooperación tecnológica abierta tanto con Estados Unidos como con China convierte a México en un espacio cada vez más relevante dentro de la disputa por la infraestructura de inteligencia artificial.
La presión estadounidense reportada esta semana muestra dónde puede aparecer una de las primeras fronteras de esa disputa: no necesariamente en los modelos de IA, sino dentro de las máquinas que los ejecutan.
