A ocho años del temblor de 2017 en Ciudad de México, las calles todavía guardan las cicatrices de aquella tragedia. Entre escombros, derrumbes y la confusión de los primeros minutos, pocas imágenes lograron capturar la magnitud del desastre. Este recorrido fotográfico recuerda cómo la ciudad enfrentó el caos y cómo la fotografía tuvo que romper las grietas para convertise en testigo y memoria de aquel día.
Conocí la Ciudad de México entre casas quebradas por el temblor del 2017. Me mudé unos meses antes de la tragedia, y mi vida transcurría entre dos trabajos de ocho horas, saliendo antes del amanecer y regresando en el último metro. Poco conocía de la ciudad.
El temblor de Puebla de 2017, que ocurrió a las 13:14:40, hora local, del martes 19 de septiembre, tuvo una magnitud de 7,1 y dejó un saldo de 370 víctimas en todo el país. Cada número representa una historia interrumpida, un hogar destruido y un dolor que aún persiste en la memoria de las familias afectadas. La tragedia no solo se midió en escombros y calles dañadas, sino en el luto de quienes perdieron a sus seres queridos y la lucha diaria por reconstruir su vida en medio de la devastación.
Ese día, pese a la necesidad de hacer fotos, salí a las calles que caminaba por primera vez. No reconocía nada, no sabía dónde estaba; me guiaba por el GPS hasta los puntos donde se habían registrado derrumbes. El caos me recibió. En un edificio de la Condesa estaba atrapado un fotógrafo, que tenía una marca de bolsos especiales para fotógrafos, no podía dejar de pensar en eso mientras me aferraba con todas mis fuerzas a disparar el obturador de la cámara. No sabía que algo más había quedado debajo de esos escombros, mi propia identidad, esa que me definió por una década como fotoperiodista, ahí quedó sepultada también porque después de ese sismo nunca más volví a tomar mi cámara.
Por todos lados enfrenté bloqueos a los medios. Fue una situación extraña: autoridades, policías y personas con poder me habían impedido hacer mi trabajo periodístico antes, pero esa vez fueron ciudadanos de a pie quienes acordonaron calles y bloquearon cámaras. No dejaban que pasara nadie. Aún me pregunto por qué reaccionaron así.
Pocos medios lograron acceder a los derrumbes. Algunos se escondían las cámaras y acompañaban a las cuadrillas de rescate para documentar los escombros. En los primeros minutos, se justificaba con el riesgo de explosión por fugas de gas. Pero con el paso de los días, la razón desapareció. Las personas simplemente no querían que esa tragedia fuera documentada ni difundida en redes sociales. Surgió una especie de criminalización de la imagen: las cámaras se volvieron políticamente incorrectas por mostrar la vulnerabilidad de la ciudad.
En ese momento entendí que algo había cambiado: ya no podía tomar fotos con la libertad de antes, ya no tenía sentido que siguiera haciendo esto, el fotoperiodismo estaba muerto, o al menos, murió para mi ese 19 de septiembre. Documentar un hecho dependía de cómo se interpretara. Si la imagen era considerada victimizante, podía ser censurada. Había ganado el discurso de Susan Sontag: fotografiar es violentar.
La interpretación siempre formará parte de la historia. Hoy, con las redes sociales, la fotografía dejó de ser solo un recuerdo en el tiempo: se convirtió en herramienta de exhibición, de señalamiento, de morbo. Ya no es solo memoria; ahora es juicio. Y esa lectura, muchas veces, nadie la soporta.






