El ecosistema cultural de la Inteligencia Artificial produce usuarios sin agencia

El ecosistema cultural de la Inteligencia Artificial produce usuarios sin agencia

En torno a la inteligencia artificial se está consolidando un ecosistema cultural que no gira únicamente alrededor de capacidades técnicas, sino alrededor de autoridad: quién puede hablar con legitimidad sobre la IA, quién puede definir sus riesgos “reales”, y quién puede dictar cuál es el uso correcto. En ese terreno han florecido intermediarios, creadores de contenido, consultores, “gurús” y expertos autoproclamados, que se presentan como traductores indispensables entre una tecnología supuestamente inabordable y un público descrito como inevitablemente incompetente.

En un contexto tan técnico como es la emergencia de la IA, es esperable que se desarrollen prácticas de divulgación o educación sobre herramientas complejas. El problema aparece cuando la mediación deja de ser una práctica pedagógica y se convierte en un régimen de dependencia. La audiencia no solo aprende “cómo usar” una herramienta; aprende, sobre todo, a desconfiar de su propio criterio. Y esa desconfianza no surge como un efecto colateral, sino como un resultado funcional: una audiencia insegura consume más guía, compra más cursos, busca más validación y permanece más tiempo dentro del circuito de autoridad.

Este régimen se sostiene mediante un conjunto de contradicciones que, lejos de ser inconsistencias accidentales, operan como un mecanismo de captura. Se instala un doble mensaje que castiga por ambas vías: si usas IA, eres “flojo”, “mediocre” o “estúpido” por delegar tareas; si no la usas, eres un “retrógrada” destinado a perder oportunidades y quedarse sin empleo. El usuario queda atrapado en una estructura donde cualquier decisión puede presentarse como evidencia de incapacidad. Lo que se erosiona ahí no es solo la calma del público, sino su agencia: la posibilidad de decidir con confianza, experimentar, equivocarse, ajustar, aprender.

Si se observa con atención, este ecosistema funciona como una máquina cultural compuesta por tres “dispositivos” que producen el mismo efecto: un usuario en estado de vulnerabilidad interpretativa.

1) El dispositivo de vergüenza

Primero, la vergüenza. Se moraliza el uso: no se discute únicamente si la herramienta sirve, sino qué “dice” de ti el hecho de usarla. Aparecen etiquetas que no describen una práctica, sino un carácter: “no sabes”, “no puedes”, “no eres competente”. Esta operación es socialmente potente porque desplaza el debate desde lo técnico hacia lo identitario. La pregunta deja de ser “¿esto me ayuda?” y se vuelve “¿qué tipo de persona soy si lo uso?”. Bajo esa lógica, el usuario aprende a esconder el uso de IA, a practicarlo con culpa o con cautela, como si fuese una confesión vergonzosa.

2) El dispositivo de urgencia

Luego, la urgencia. Se instala el miedo a quedarse atrás: cada semana hay un modelo nuevo, un cambio de interfaz, una promesa de salto exponencial. El mensaje no es “aprende a tu ritmo”, sino “si no corres, mueres”. La ansiedad por rezago produce una demanda constante de actualización, vigilancia y consumo. Y en un entorno donde el ritmo es impuesto desde afuera, el usuario se percibe como alguien que jamás alcanza. La urgencia no educa: acelera y desestabiliza.

3) El dispositivo de dependencia

Finalmente, la dependencia. Aquí ocurre el movimiento decisivo: el mismo actor que alimenta vergüenza y urgencia se ofrece como solución. “La IA es peligrosa y está llena de trampas… pero yo te enseño.” “La IA te dejará sin trabajo… pero conmigo vas a estar al día. La incertidumbre se convierte en recurso estable: cuanto más confuso es el paisaje, más valioso se vuelve el intermediario que promete ordenarlo. La audiencia, reducida a una posición infantilizada, termina creyendo que no puede elegir modelo, ni definir un uso legítimo, ni calibrar riesgos sin supervisión.

Este uso de la palabra dispositivo no es casual. En Michel Foucault, el dispositif no designa solo un conjunto de ideas, sino una articulación histórica de discursos, instituciones, prácticas, incentivos y técnicas que orientan conductas y producen sujetos. Dicho de forma directa: un dispositivo no “explica” la realidad; la organiza. Aplicado a la IA, la vergüenza, la urgencia y la dependencia no son simples opiniones dispersas, sino engranajes culturales que normalizan cierta relación con la tecnología: un usuario que internaliza su incapacidad (“yo no puedo entender esto”), delega el juicio (“alguien debe decirme qué es correcto”) y acepta la tutela interpretativa como condición de uso. En esa clave, el ecosistema mediático no solo divulga IA: fabrica un régimen de experiencia alrededor de ella.

Si Max Weber ayuda a ver cómo la modernidad consolida autoridad en torno a la especialización y la racionalidad técnico-burocrática (donde la legitimidad se apoya en procedimientos y en quienes dominan saberes expertos), Winner e Illich permiten aterrizar la dimensión política y cultural de esa especialización. Winner insistió en que las tecnologías no son neutrales: incorporan arreglos de poder y estabilizan jerarquías (“la política de los artefactos”), mientras Illich criticó cómo ciertas herramientas e instituciones, al volverse indispensables y complejas, producen monopolios que debilitan la autonomía práctica de las personas. Leído así, la autoridad del “gurú” de IA no proviene solo de saber más, sino de ocupar el punto donde convergen opacidad técnica, ansiedad social y promesas de dominio: un lugar desde el cual se define qué cuenta como uso competente, qué riesgos merecen atención y qué decisiones son “responsables”.

En la práctica los dispositivos de vergüenza, urgencia y dependencia se complementan. La vergüenza disciplina; la urgencia acelera; la dependencia captura. En conjunto producen un usuario que sabe lo suficiente para sentir ansiedad, pero no lo suficiente para sentir autonomía. Y ese es el punto: el ecosistema produce un tipo de usuario.

Esta lógica explica otra aparente paradoja contemporánea: muchos de estos intermediarios sostienen un discurso general de desconfianza (“la IA es mala”, “alucina”, “no se puede confiar”), pero al mismo tiempo construyen una economía basada en cursos, talleres y consultorías para usarla “bien”. No es hipocresía incidental: es una forma de gobernar la percepción pública. La IA funciona como amenaza y como mercancía a la vez. Y el mediador se coloca en el centro como guardián: controla la puerta de entrada, define el vocabulario aceptable, certifica el uso legítimo, y clasifica a los usuarios como competentes o ridículos.

Visto así, el conflicto cultural alrededor de la IA no es solo una disputa por herramientas, sino una disputa por interpretación. En el fondo, lo que está en juego es quién tiene el derecho de decir qué está pasando, qué significa “usar bien”, qué riesgos son relevantes y qué prácticas cuentan como válidas. La tecnología, por su complejidad, ofrece una oportunidad perfecta para convertir la explicación en jerarquía.

Tal vez la pregunta más útil no sea si el próximo modelo será más poderoso, sino si el ecosistema que lo rodea seguirá produciendo usuarios en estado de menoridad. Porque una ciudadanía tecnológicamente activa no se forma a través de culpa y pánico, sino a través de experimentación y criterios compartidos. Y si algo amenaza hoy la agencia del usuario común, no es solo la opacidad técnica de los modelos, sino la consolidación de un mercado cultural que se alimenta de mantenerlo confundido.