De la errata a la IA: semiótica de la crítica contra la escritura

De la errata a la IA: semiótica de la crítica contra la escritura

Una polémica se acopló en otra esta semana en X, la primera protagonizada por Juan Pablo Becerra, director de la Gaceta UNAM, quien admitió haber cometido un error ortográfico en la portada de la publicación dedicada a la conmemoración de un siglo del natalicio del poeta Jaime Sabines. El editor calificó su error como imperdonable al escribir «desollan» en vez de «desuellan». El error fue notado por la periodista Leticia Robles, quien le reclamó desde la misma plataforma digital, el pasado 23 de marzo.

«Hoy la  Gaceta UNAM trae un error en su portada que es doloroso, porque es la UNAM, la máxima casa de estudios. ‘Desollan’. Eso no existe. Es d e s u e l l a n. Los versos del gran Sabines desuellan, no ‘desollan’ (sic)», expresó la comunicadora en la red social de Elon Musk.

Becerra Acosta anunció su renuncia como director de GacetaUNAM tras admitir el error ortográfico. «Leticia, originalmente la portada decía versos “desgarradores”. El error fue enteramente mío», y agregó que presentaría su renuncia a la Máxima Casa de Estudios.

La polémica en torno a una errata en una publicación produjo una reacción llamativamente desproporcionada. Durante horas, el debate público no giró en torno al contenido del texto, a su pertinencia institucional o a su posible aporte, sino a la falta misma, a su exhibición en redes y a la conducta moral de quienes participaron en el episodio: Becerra que admitió el error y renunció, la persona que lo señaló, los periodistas y comentaristas que se apresuraron a repartir elogios y condenas. La escena reveló un síntoma de la cultura intelectual todavía obsesionada con las formas superficiales de la escritura como si en ellas residiera, de manera casi automática, la legitimidad del pensamiento.

El episodio puede entenderse como una pequeña escena de sanción desde lo propuesto por el semiólogo Algirdas Julius Greimas (1917-1992). La errata no funciona simplemente como un accidente gráfico, sino como un signo capaz de alterar la posición del sujeto dentro de un régimen de valor.

El problema ya no es el contenido del texto, sino la sospecha de incompetencia que la falta activa; la escritura deja de ser un medio para transmitir una idea y se convierte en prueba ritual de adecuación a una norma. El espacio público actúa entonces como instancia sancionadora: distribuye culpas, méritos, gestos de nobleza y faltas de decoro. En ese desplazamiento, el error ortográfico adquiere una gravedad que excede por completo su peso material. Su importancia no proviene de lo que impide comprender, sino de lo que permite juzgar.

La vigilancia sobre la escritura correcta es el antecedente directo de una práctica emergente que se erige en torno a la persecución contra la escritura asistida por inteligencia artificial. En este caso en particular se hizo evidente la existencia de una falsa dicotomía: Cuando se comete una falta ortográfica, las criticas estallan, auque lo congruente en este momento sería que aplaudieran el error humano porque la polémica ya está instalada en torno a la presunta ilegitimidad del uso de la IA. Sin embargo, cuando se comete una falta ortográfica, las voces que condenan la escritura perfecta de la IA no celebran el error humano, simplemente guardan silencio.

Episodios como este permiten sospechar que buena parte de esa reacción no nace de una preocupación coherente por la calidad intelectual de los textos, sino de la defensa de un orden simbólico en el que la corrección formal sigue operando como filtro de autoridad. Si una errata mínima basta para desencadenar un drama público, mientras que el debate sobre el contenido queda relegado, entonces el problema no es la pérdida del pensamiento, sino el apego a una economía cultural donde escribir correctamente continúa funcionando como credencial de superioridad.

Crítica vacía

Desde esa perspectiva, la crítica a la IA resulta con frecuencia vacía. No porque toda automatización sea irrelevante ni porque cualquier texto generado merezca validación automática, sino porque muchas objeciones descansan en una idealización romántica del trabajo intelectual. Se finge que todo acto de escritura implica un esfuerzo mental profundo, singular e irreductible, cuando por tradiciones académicas y métodologías de investigación la producción textual muchas veces responde a estructuras ya estabilizadas por métodos, convenciones disciplinares, lenguajes técnicos y géneros altamente formularios. En esos casos, el valor de un texto no depende necesariamente de haber redactado cada línea desde cero, de hecho ofrece poco espacio de libertad creativa debido al rigor académico requerido para estructurar marcos teóricos. En estos casos, lo relevante no es el empleo de una prosa florida sino la calidad del problema planteado, del diseño conceptual, del método empleado o del hallazgo producido. La IA puede intervenir justamente en esa zona formal y operativa sin anular por ello la dimensión intelectual del trabajo.

Lo que esta clase de herramientas pone en crisis no es, entonces, el pensamiento mismo, sino una vieja identificación entre pensamiento y desgaste redaccional. Allí donde una parte del campo cultural sigue exigiendo pruebas visibles de esfuerzo, lentitud y corrección, la escritura con IA introduce una sospecha: que tal vez muchas tareas antes consideradas signo de inteligencia eran ya, en gran medida, rutinas expresivas sostenidas por inercia institucional. La incomodidad no proviene solo de que una máquina redacte, sino de que al hacerlo exhibe que ciertos géneros prestigiosos de escritura dependían más de una disciplina formal que de una invención auténtica. Por eso la reacción suele ser moral antes que analítica: se condena el procedimiento, se sospecha del sujeto, se invoca la autenticidad, pero rara vez se examina con precisión qué parte del trabajo intelectual ha sido realmente sustituida y cuál, por el contrario, ha quedado liberada para tareas de mayor complejidad.

En ese sentido, la errata y la escritura automatizada pertenecen al mismo campo de tensiones. Ambas activan, por vías distintas, el problema de la legitimidad textual. La primera porque interrumpe la ilusión de pureza formal sobre la que todavía se sostiene cierta autoridad letrada; la segunda porque permite producir textos competentes sin atravesar los rituales clásicos de consagración escritural. En ambos casos, lo que se ve amenazado no es la inteligencia en abstracto, sino un sistema de distinción que durante mucho tiempo hizo de la forma escrita una aduana cultural. De ahí que la crítica a la IA suela vaciarse tan rápido: no alcanza a formular una teoría consistente del pensamiento ni del lenguaje, porque en el fondo defiende otra cosa, a saber, el viejo privilegio de quienes habían convertido la escritura correcta en emblema de legitimidad.

Comptencia, performancia y sanción

El episodio puede leerse con mayor precisión desde la semiótica de Greimas como una microsecuencia de producción, pérdida y redistribución de valor. En términos actanciales, el editor ocupa la posición de sujeto en busca de un objeto de valor que excede por completo la publicación de un texto: la conservación de su autoridad cultural. La errata interviene entonces como operador de desajuste en la performancia, es decir, como marca mínima que basta para poner en duda la adecuación entre el sujeto y las competencias que el campo exige para reconocerlo como autor legítimo. A partir de ahí se activa la secuencia de sanción: el espacio público, periodistas, comentaristas, usuarios en redes, funciona como instancia judicativa que evalúa si hubo falta, si el señalamiento fue legítimo, si la renuncia repara o agrava la fractura y, en última instancia, si el sujeto conserva o pierde su investidura. Desde esta perspectiva, la errata no vale por su gravedad material, prácticamente nula, sino por su capacidad de desencadenar una lectura moral de la competencia textual. Dicho de otro modo: una falla microscópica en la superficie del enunciado basta para reorganizar toda la narración del sujeto, que pasa de profesor reconocido a figura sancionable. Precisamente ahí aparece la utilidad del análisis greimasiano: permite mostrar que el debate no trata realmente sobre ortografía, sino sobre los mecanismos semióticos mediante los cuales una cultura distribuye autoridad, pureza y descrédito a partir de signos mínimos.

Esquema actancial:

Esa misma lógica permite entender por qué la crítica a la escritura con inteligencia artificial suele ser tan débil en el plano conceptual y tan intensa en el plano moral. Si se formula el problema en términos del cuadrado semiótico, la oposición socialmente decisiva no es humano/artificial, sino legítimo/ilegítimo. Sin embargo, el discurso anti-IA intenta sobredeterminar ambos ejes, haciendo coincidir autoría humana con legitimidad y asistencia maquínica con ilegitimidad. El caso de la errata muestra justamente el fracaso de esa equivalencia: un texto plenamente humano puede ser expulsado del polo de la legitimidad por una falla mínima, mientras que un texto asistido puede satisfacer sin dificultad las exigencias formales del campo y seguir siendo condenado por razones extratextuales. La semiosis dominante no juzga entonces el contenido ni la densidad conceptual del texto, sino su capacidad para encarnar una determinada moral de la autoría. La crítica vacía a la IA surge de ahí: no de una teoría sólida del pensamiento, sino de una estructura de sanción que sigue usando la forma textual como aduana cultural.