Chris Olah, cofundador de Anthropic, la empresa creadora del asistente de inteligencia artificial Claude, subió hoy al escenario del Vaticano junto al Papa León XIV para la presentación de la encíclica Magnifica Humanitas, el primer documento pontificio dedicado íntegramente a la inteligencia artificial. Su mensaje fue inusual: pidió que voces externas, incluida la Iglesia, fiscalicen y critiquen a empresas como la suya.
Olah fue directo desde el inicio de su discurso. Reconoció que todo laboratorio de IA de frontera, incluyendo Anthropic, opera bajo presiones comerciales, geopolíticas y personales que pueden entrar en conflicto con hacer lo correcto. «No importa cuán sinceramente cualquiera de nosotros intente hacer lo correcto, siempre estaremos influenciados por esos incentivos», dijo ante el Papa y dignatarios reunidos en el Aula del Sínodo.
La paradoja es evidente: Anthropic, una de las empresas mejor posicionadas para concentrar poder tecnológico global, aparece como interlocutora privilegiada de una advertencia papal precisamente contra esa concentración.
Olah planteó tres preguntas que a su juicio requieren la voz de la Iglesia: el deber moral hacia los pobres desplazados por la automatización, la necesidad de una visión de florecimiento humano que los laboratorios no pueden definir solos, y algo más sorprendente — la naturaleza interna de los propios modelos de IA. «Seguimos encontrando cosas misteriosas, incluso inquietantes», admitió. «Encontramos estructuras que reflejan resultados de la neurociencia humana. Encontramos evidencia de introspección. Encontramos estados internos que funcionalmente imitan alegría, satisfacción, miedo, duelo e inquietud.»
La encíclica Magnifica Humanitas se titula en español Sobre la salvaguarda de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Que su presentación haya contado con la presencia de Anthropic no es un detalle menor: la empresa construyó su identidad pública sobre la idea de una IA segura y éticamente guiada. Hoy, esa identidad encontró su mayor aval simbólico, y también su crítica más incómoda, pronunciada por su propio cofundador.
