Resumen
Este ensayo propone el concepto de laguna para designar una región interna de los sistemas complejos cuyo contenido no ha sido codificado, pero cuyos límites intervienen en la organización del sistema. La laguna no constituye una posición de sujeto ni un vacío absoluto. Es una interioridad opaca, delimitada por relaciones reconocibles, en la que pueden acumularse diferencias heterogéneas, residuos de operaciones anteriores y materiales todavía incompatibles con los códigos disponibles. El sistema no accede directamente a su contenido, pero opera con la forma de sus bordes: desvía flujos, distribuye costos de conexión, concentra trayectorias y conserva posibilidades de transformación. Esta operación permite distinguir dos órdenes de memoria. La memoria-red conserva contenidos reconocidos e inscritos como relaciones; la memoria sedimentaria conserva la historia en la configuración del espacio relacional. La laguna nombra así el terreno topológico anterior a las posiciones descritas en esta serie: el ectojeto, el interjeto y el sujeto latente.
I. Antes de la posición
Los ensayos anteriores de esta serie han descrito distintas posiciones producidas por el sistema. El ectojeto es el sujeto expulsado por una arquitectura que busca eliminar fricción y trata su presencia como prescindible. El interjeto ocupa el espacio entre regiones diferenciadas, conecta subgrafos y reduce costos de coordinación sin exigir una integración institucional completa. El sujeto latente conserva una memoria situada que todavía no ha sido inscrita como procedencia dentro de la memoria-red.
Los tres conceptos parten del lugar en el que la estructura se vuelve experiencia. Nombran sujetos producidos, utilizados, reconocidos o expulsados mediante operaciones sistémicas. Aunque sus posiciones sean diferentes, todos presuponen que ya existe un espacio relacional suficientemente organizado para hacerlas posibles.
El ectojeto sólo puede ser expulsado desde una arquitectura que ha delimitado un interior y una exterioridad. El interjeto sólo puede conectar regiones que ya han adquirido alguna forma de separación. El sujeto latente sólo puede permanecer sin reconocimiento frente a una memoria-red capaz de inscribir ciertos contenidos y excluir otros.
La pregunta de este ensayo se sitúa antes de esas posiciones.
¿Qué existe en el sistema antes de que una separación pueda representarse como agujero estructural, antes de que una función pueda asignarse a un sujeto y antes de que una memoria pueda ser reconocida o rechazada? ¿Qué ocurre en aquellas regiones donde todavía no existen posiciones claramente identificables, pero donde ya se producen restricciones, proximidades, desvíos y posibilidades de conexión?
Para nombrar ese terreno se propone el concepto de laguna.
La elección del término busca evitar que la región sea confundida con una nueva posición subjetiva. La laguna no es un sujeto incompleto ni un actor todavía invisible. Es una propiedad del espacio del sistema. Su función no consiste en ocupar una posición, sino en intervenir en la forma en que las posiciones pueden aparecer.
II. La laguna como operador topológico
La laguna es una región interna cuyo contenido permanece fuera de los códigos disponibles, aunque su contorno pueda reconocerse mediante los efectos que produce. No se trata de una ausencia absoluta. En su interior pueden existir diferencias, prácticas, trazas, tensiones, residuos y conexiones todavía inestables. Lo que falta no es necesariamente contenido, sino una forma de codificación capaz de convertir esa heterogeneidad en información legible para el sistema.
La laguna es, en este sentido, un vacío de forma reconocida.
La intuición procede de la topología, entendida aquí como una gramática conceptual de la continuidad, la separación y la conectividad, no como un modelo matemático aplicado directamente a los sistemas sociales. En topología algebraica, la existencia de un agujero puede inferirse a partir de las trayectorias que lo rodean. Un ciclo que no puede contraerse o ser rellenado dentro del espacio revela una discontinuidad sin necesidad de convertir el interior del agujero en un objeto positivo.
El hueco se conoce por las relaciones que limita.
Esta intuición permite pensar una región sistémica cuyo interior no está disponible para la observación o la clasificación, pero cuya existencia se hace patente porque los flujos no pueden comportarse como si esa región no existiera. Las conexiones se desvían, se interrumpen, se concentran en determinados puntos o requieren mediaciones particulares. El vacío modifica la forma del recorrido.
La laguna es, por ello, un operador.
El término no le atribuye intención, conciencia o agencia deliberativa. Un operador se define por la transformación que introduce en un campo. La laguna transforma el sistema porque modifica sus condiciones de conectividad. Puede separar regiones, volver costosas ciertas integraciones, aproximar elementos previamente distantes o concentrar operaciones en sus límites.
No actúa como un nodo. Un nodo recibe, emite o concentra relaciones desde una posición identificable. La laguna opera mediante una geometría negativa: mediante las trayectorias que impide, los rodeos que exige, las proximidades que produce y los límites sobre los que obliga a trabajar.
El sistema no necesita conocer el interior de la laguna para utilizar esa configuración. Le basta con responder a sus bordes.
III. La delimitación del concepto
No toda ausencia de información constituye una laguna. La distinción es necesaria porque, sin un criterio de demarcación, cualquier fenómeno todavía inexplicado podría ser atribuido a una región opaca del sistema.
Un primer caso es el punto ciego observacional. El sistema posee categorías adecuadas para procesar un fenómeno, pero carece temporalmente de datos, instrumentos o capacidad de observación. La incorporación de más información puede resolver esa carencia sin transformar los códigos existentes.
Un segundo caso es la ignorancia del observador externo. Quien estudia el sistema desconoce una operación que éste ya realiza de manera regular. La opacidad pertenece aquí a la investigación, no al sistema investigado.
La laguna aparece cuando la dificultad no puede resolverse únicamente mediante más observación. Los materiales que entran en ella no pueden ser reducidos a una unidad mediante los códigos disponibles sin que una parte significativa de su diferencia desaparezca. Para formalizarlos, el sistema tendría que modificar sus propias distinciones, producir una nueva categoría o alterar la relación entre dominios previamente separados.
La laguna no designa, por tanto, aquello que todavía no conocemos, sino aquello que el sistema no puede integrar sin transformarse.
Su opacidad es estructural porque surge de una incompatibilidad entre la heterogeneidad de sus materiales y las distinciones que el sistema utiliza para operar. Esta condición puede cambiar con el tiempo, pero su resolución no consiste en descubrir un contenido que siempre estuvo ordenado y a la espera de ser encontrado. Requiere producir otra forma.
IV. Bordes e interioridad opaca
La teoría de sistemas permite comprender por qué una región no codificada puede permanecer dentro del sistema. Un sistema se constituye mediante distinciones. Al distinguir, produce simultáneamente un lado marcado y un lado que queda fuera de la operación inmediata de observación.
El cálculo de las formas de George Spencer-Brown (1969) y la teoría de sistemas de Niklas Luhmann (1984) ofrecen un lenguaje para pensar este problema. Toda indicación requiere una distinción; y toda distinción deja un lado no marcado que no desaparece por el hecho de no haber sido indicado. El sistema opera desde un lado, pero la forma completa incluye también aquello que la operación deja momentáneamente fuera.
La laguna no es equivalente al lado no marcado de Spencer-Brown (1969), pero comparte con él una propiedad decisiva: lo que no ha sido indicado continúa participando en la forma de la distinción.
En una laguna interna, los límites están compuestos por operaciones, categorías y relaciones pertenecientes al propio sistema. Por ello, la región no puede considerarse exterior. Sus efectos ocurren dentro y modifican la organización interna. Sin embargo, aquello que se acumula en ella no está disponible para los códigos con los que el sistema representa su propia operación.
Algo pertenece al sistema sin estar contenido en su descripción.
Esta interioridad opaca sólo puede ser conocida mediante sus fronteras. En ellas entran en contacto lo codificado y lo todavía indeterminado. Allí se realizan traducciones parciales, se ensayan clasificaciones y se seleccionan diferencias.
El borde no se limita a encerrar la laguna. Es el lugar donde la laguna se vuelve operativa para el resto del sistema.
Algunas diferencias que alcanzan el borde logran convertirse en información reconocida. Otras son rechazadas porque no encuentran una categoría compatible. Algunas se fragmentan y sólo una parte de ellas puede circular. Otras permanecen unidas a una posición de origen que el sistema prefiere no integrar.
El borde realiza así una operación selectiva. Traduce, filtra, divide y redistribuye. No revela por completo el interior, pero transforma parte de su indeterminación en efectos sistémicos.
V. Del agujero estructural a la laguna
La distinción entre laguna y agujero estructural es fundamental para conservar la continuidad con el concepto de interjeto.
El agujero estructural, en el sentido propuesto por Ronald Burt (2004), existe entre regiones ya identificables de una red. Dos clusters poseen mayor densidad interna que conexión mutua, y esa separación crea una oportunidad de intermediación. El interjeto ocupa esa posición, enlaza los subgrafos y obtiene capacidad de traducción, filtrado o coordinación.
El agujero estructural es legible como ausencia de conexión dentro de un grafo trazado.
La laguna corresponde a un nivel anterior de indeterminación. Sus orillas no tienen que aparecer desde el principio como dos clusters claramente definidos. En ella pueden coexistir materiales que más adelante serán separados, clasificados y distribuidos entre dominios distintos. También puede contener relaciones que todavía no poseen la estabilidad necesaria para ser representadas como enlaces o ausencias de enlaces.
Una laguna puede transformarse parcialmente en agujero estructural cuando sus bordes adquieren suficiente definición para que la separación sea identificable y ocupable. En ese momento puede aparecer un interjeto capaz de operar entre regiones que antes no estaban claramente delimitadas.
No toda laguna, sin embargo, se convierte en agujero estructural. Algunas mantienen una opacidad duradera. Otras son absorbidas por una nueva clasificación. Otras modifican progresivamente al sistema sin llegar a producir una posición estable.
La laguna no es el lugar que ocupa el interjeto. Es el terreno en el que las diferencias necesarias para esa posición pueden comenzar a adquirir forma.
VI. Memoria-red y memoria sedimentaria
La noción de memoria-red desarrollada en El sujeto latente parte de una operación de reconocimiento. Una red no recuerda todo aquello que ha intervenido en su formación. Recuerda lo que puede convertir en relación, inscripción y procedencia reconocible.
La memoria-red es selectiva. Conserva contenidos que han alcanzado un umbral de legibilidad sistémica. Puede atribuirlos a nodos, documentos, trayectorias o acontecimientos determinados. Su operación permite reconstruir, aunque sea parcialmente, qué fue incorporado, desde dónde llegó y bajo qué forma circula.
El sujeto latente aparece precisamente en el límite de esa memoria. Posee una memoria situada que ha participado en la producción de relaciones, pero que todavía no ha sido inscrita como procedencia. Su conocimiento puede estar presente en los resultados del sistema sin que su origen sea reconocido.
La memoria sedimentaria pertenece a otro nivel.
No conserva contenidos identificables ni permite reconstruir cada operación particular. Conserva la forma acumulada que esas operaciones dejan en el espacio relacional. Las decisiones de inclusión, extracción, integración y expulsión producen diferencias persistentes en el costo de las conexiones. Algunas regiones quedan próximas; otras, separadas. Algunas procedencias adquieren reconocimiento con facilidad; otras deben atravesar sucesivos umbrales antes de ser incorporadas.
Con el tiempo, estas decisiones pierden su atribución individual. Ya no es posible reconstruir cada acontecimiento que produjo una determinada resistencia. Sin embargo, la resistencia continúa operando.
La memoria sedimentaria es la conservación de la historia como relieve.
Es memoria porque el estado presente depende de trayectorias anteriores. Es sedimentaria porque esas trayectorias se acumulan en capas heterogéneas, se compactan y deforman mutuamente. Y es topológica porque su persistencia se manifiesta en la distribución de proximidades, separaciones, rutas y costos de integración.
La memoria-red recuerda contenidos. La memoria sedimentaria conserva disposiciones.
Esta diferencia también permite precisar qué ocurre con los materiales nuevos que entran en una laguna. Lo nuevo no constituye por sí mismo memoria. Cae, sin embargo, sobre un terreno ya deformado por operaciones anteriores. La forma histórica de la laguna condiciona qué bordes podrá alcanzar, qué traducciones estarán disponibles y qué resistencia encontrará.
Cuando esas operaciones se repiten, dejan nuevas capas. El sistema no sólo recibe lo nuevo: lo sedimenta según una topología heredada.
VII. Costo topológico y acoplamiento extractivo
La memoria sedimentaria ayuda a explicar el costo topológico de integración formulado en El sujeto latente. Integrar un nodo no consiste únicamente en añadir una conexión. Puede exigir modificar categorías, reconocer procedencias, redistribuir autoridad, alterar narrativas institucionales o aceptar que una parte de la estructura dependía de conocimientos situados fuera de sus posiciones legitimadas.
Ese costo no se calcula desde cero en cada operación. Está condicionado por el relieve histórico del sistema.
En ciertas regiones, integrar resulta más costoso que extraer. El sistema puede tomar conocimiento, trabajo, función o capacidad de conexión sin reconocer plenamente al nodo del que procede. Esta asimetría permite el acoplamiento extractivo: una relación en la que el sistema incorpora aquello que necesita, pero evita asumir los costos de integrar a quien lo produjo.
La laguna participa en esta operación porque conserva materiales que no han logrado cruzar el umbral de codificación. En sus bordes, el sistema puede separar contenido y procedencia, función y sujeto, resultado y memoria situada.
La extracción reduce provisionalmente la fricción. La integración exigiría transformar los códigos con los que el sistema distribuye reconocimiento, pertenencia y autoridad.
Cuando esta operación se repite, se sedimenta. La preferencia por extraer deja de aparecer como una decisión particular y adquiere la forma de una inclinación estructural. El sistema comienza a recorrer una y otra vez la ruta de menor costo, aunque ya nadie pueda reconstruir por completo por qué esa ruta fue abierta.
Así, la memoria sedimentaria no es un depósito oculto de decisiones pasadas. Es la persistencia de las diferencias de costo que esas decisiones produjeron.
VIII. Histéresis, inercia y atractores
La histéresis describe la dependencia del estado presente respecto de la trayectoria seguida para alcanzarlo. Dos sistemas sometidos a condiciones semejantes pueden responder de manera distinta porque su historia ha configurado umbrales, resistencias y posibilidades diferentes.
Esta idea permite comprender cómo la memoria sedimentaria produce inercia sin necesidad de almacenar un relato del pasado. El sistema no tiene que recordar conscientemente las operaciones anteriores. Actúa desde una forma que ya las contiene.
La repetición de determinadas rutas modifica el espacio de posibilidades. Una conexión utilizada con frecuencia se vuelve más accesible. Una solución provisional puede convertirse en procedimiento ordinario. Una exclusión repetida puede adquirir la apariencia de una frontera natural. Una práctica extractiva puede transformarse en la condición tácita de funcionamiento de una institución.
La historia deja de aparecer como acontecimiento y comienza a operar como dirección.
Los atractores permiten describir el modo en que ciertas trayectorias se concentran. No son fines predeterminados ni voluntades ocultas del sistema. Son configuraciones hacia las que convergen operaciones porque el espacio relacional ha vuelto esas rutas más accesibles, menos costosas o más compatibles con su organización previa.
Las lagunas pueden intervenir en la formación de estos atractores. Al distribuir obstáculos, puntos de entrada y zonas de traducción, hacen que múltiples trayectorias coincidan en determinados bordes. La concentración no procede de un centro situado dentro de la laguna, sino de la forma del campo que la rodea.
El borde se convierte así en una región de condensación. Allí pueden aparecer nuevas clasificaciones, posiciones de intermediación o formas de integración. Cuando una de ellas se estabiliza, el sistema reorganiza retrospectivamente su descripción y presenta el resultado como una categoría coherente.
La forma parece haber existido desde el principio, aunque haya surgido de una acumulación de operaciones contingentes.
IX. Función sin sujeto
Afirmar que la laguna opera no implica convertirla en sujeto.
La teoría de sistemas permite hablar de selección, reproducción y orientación sin postular una conciencia central que dirija cada operación. De manera semejante, puede afirmarse que una laguna concentra trayectorias o conserva memoria siempre que estos verbos se entiendan funcionalmente.
La laguna no recuerda en el sentido de reconstruir una experiencia. La memoria está inscrita en la persistencia de sus bordes.
No selecciona de manera deliberada. La selección ocurre en el contacto entre materiales heterogéneos y códigos disponibles.
No atrae porque posea una fuerza o finalidad interna. Las trayectorias convergen debido a la configuración de restricciones y proximidades del espacio.
La función no pertenece a una interioridad intencional. Surge de la relación entre forma, historia y operación.
Esta precisión es importante porque la laguna designa justamente el terreno anterior a la posición de sujeto. Sólo cuando ciertos bordes se estabilizan pueden aparecer funciones ocupables, nodos reconocibles y posiciones desde las cuales alguien actúa, conecta, es extraído o es expulsado.
X. El terreno previo al sujeto
La laguna permite reorganizar la continuidad de esta serie.
El ectojeto, el interjeto y el sujeto latente no son figuras aisladas. Cada uno expresa una manera distinta en que el sistema resuelve, ocupa o conserva las tensiones presentes en su espacio relacional.
El interjeto aparece cuando una separación ya es suficientemente legible para convertirse en posición de intermediación. El sujeto latente aparece cuando una memoria situada alcanza los bordes de la memoria-red, pero no logra ser inscrita como procedencia. El ectojeto aparece cuando el sistema resuelve el costo o la fricción mediante la expulsión de un sujeto cuya integración alteraría la arquitectura existente.
La laguna antecede a estas posiciones porque conserva aquello que todavía no ha sido resuelto como intermediación, reconocimiento o expulsión.
No contiene sujetos potenciales completamente formados. Contiene las condiciones relacionales desde las cuales algunas posiciones llegarán a ser posibles. En sus bordes se distribuyen las diferencias de costo, se ensayan traducciones y se estabilizan las distinciones que después permitirán al sistema nombrar funciones y asignarlas.
La laguna es el terreno previo al sujeto porque la posición subjetiva aparece cuando una parte de su indeterminación ha adquirido forma.
XI. Hipótesis
Los sistemas complejos no están constituidos únicamente por nodos, relaciones y posiciones formalizadas. También contienen lagunas: regiones internas cuyo contenido no puede ser reducido a los códigos disponibles, pero cuyos bordes intervienen en la organización de las conexiones y los flujos.
Estas regiones funcionan como operadores topológicos. Su operación no depende de una agencia deliberativa, sino de la manera en que su forma distribuye continuidades, separaciones, proximidades y costos de integración.
Las lagunas conservan además una memoria sedimentaria. El pasado no permanece en ellas como contenido recuperable, sino como deformación persistente del espacio relacional. Las operaciones anteriores dejan rutas, umbrales y resistencias que orientan las operaciones futuras sin necesidad de que el sistema reconstruya su origen.
La memoria sedimentaria permite explicar por qué ciertas conexiones parecen naturales y otras excesivamente costosas; por qué algunos materiales son integrados y otros sólo extraídos; por qué determinadas posiciones de sujeto aparecen una y otra vez incluso cuando han cambiado los actores particulares que las ocupan.
La laguna no es aquello que falta para completar el sistema. Es una forma mediante la cual el sistema conserva heterogeneidad sin codificarla por completo. Esa indeterminación no permanece inactiva: modifica sus límites, concentra trayectorias y prepara las condiciones para nuevas formas.
El sistema no opera únicamente mediante aquello que puede nombrar. También utiliza la configuración de aquello que sólo conoce por sus bordes.
Y no recuerda solamente lo que ha inscrito. Recuerda, además, aquello alrededor de lo cual ha aprendido a organizarse.
Referencias
Burt, R. S. (2004). Structural holes and good ideas. American Journal of Sociology, 110(2), 349-399.
Luhmann, N. (1995). Social systems (J. Bednarz Jr. y D. Baecker, Trads.). Stanford University Press. (Trabajo original publicado en 1984).
Spencer-Brown, G. (1969). Laws of form. George Allen and Unwin.
