“Bailar hasta la muerte” dejó de ser una metáfora para convertirse en el emblema de una era: máquinas que trabajan hasta el desgaste, algoritmos que no conocen la pausa y cuerpos humanos atrapados en un compás que no elegimos. Entre la profecía pop de Lady Gaga y la agonía mecánica de Can’t help myself, se dibuja el presente de la automatización: un baile interminable donde el progreso avanza, aunque lo que bailemos sea nuestra propia desaparición.
«The Dead Dance» irrumpió en las tendencias musicales de los jóvenes como una oda a lo macabro, una expresión propia de este tiempo. Su pegajoso coro: “Dancing until I’m dead” (Bailando hasta la muerte) llenó los feeds de TikTok de manera simultánea al estallido de la noticia de que un equipo de investigadores descubrió el primer ramsomware impulsado por Inteligencia Artificial, llamado «PromptLock». Mientras esta noticia se quedaba olividada entre el mar de información que circula en Internet todos los días, Lady Gaga pronunciaba su sentencia como un mantra pop. En ella vibra el pulso de nuestro tiempo: un ritmo maquínico que no se interrumpe ni ante el colapso.

En Can’t help myself, aquella máquina condenada a limpiar un charco viscoso, lo que presenciamos no fue un simple performance: fue la alegoría de lo que Guilles Deleuze llamaría una máquina deseante. Un brazo robótico que no sabía por qué hacía lo que hacía, solo conectaba su flujo a otro flujo —aceite, sangre, residuos— y producía, producía, producía. Hasta el desgaste. Hasta que su danza mecánica se transformó en agonía.
Ese destino no es ajeno a nosotros. El capitalismo tardío, que Deleuze y Félix Guattari ya habían diagnosticado como una megamáquina de flujos y cortes, hoy se encarna en la inteligencia artificial. Algoritmos que nunca descansan, que generan imágenes, textos, decisiones, sin pausa. Flujos de datos que atraviesan cuerpos, trabajos, vidas, arrancándonos de la tierra —esa desterritorialización radical que promete un limbo sin hambre, sin frío, sin sentidos. Un limbo que no es humano, sino el sueño delirante de un cuerpo sin órganos, donde ya no haya cuerpos que suden, que enfermen, que mueran.
Pero todo ensamblaje, todo agenciamiento entre humanos y máquinas, tiene un costo. El desgaste está inscrito en el programa. No hay baile perpetuo, solo la ilusión de continuidad. Como en la máquina asiática, como en la canción pop, lo que hay es un ritmo sin sujeto, un compás que avanza incluso cuando lo que baila ya está muriendo.
La automatización laboral no llegó para liberarnos, sino para intensificar este delirio productivo. Los trabajadores desplazados, los cuerpos expulsados de la cadena, son los restos inevitables de un sistema que devora sus propios engranes. Las máquinas bailan hasta la muerte, y nosotros con ellas.
La pregunta no es si podremos detenerlas. Es si podremos crear otros flujos, otros agenciamientos, que nos devuelvan al centro de la producción de lo real. De lo contrario, el progreso no será futuro: será solo el eco de un salón vacío donde la música sigue sonando, aunque no quede nadie vivo para bailar.
