En México, las mujeres con posgrado no solo enfrentan el techo de cristal, también una mayor exposición a la discriminación y al acoso laboral.
En México, las mujeres con posgrado enfrentan una paradoja: a mayor preparación académica, mayor probabilidad de ser víctimas de discriminación y acoso laboral. Pese a haber invertido años en su formación, ellas son blanco frecuente de prácticas que buscan minar su credibilidad, limitar su ascenso o forzarlas a abandonar los espacios de decisión.
La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH) 2021 revela que la violencia laboral se distribuye en forma de pirámide ascendente según el nivel educativo, entre mayor escolaridad tiene una mujer, la violencia se incrementa. El 78.7 % de las mujeres con educación superior experimentaron algún tipo de violencia al corte de la encuesta; en tanto que el porcentaje de violencia en las mujeres con educación secundaria fue de 69.1%.
El dato es contundente: una de cada tres mujeres con estudios universitarios o de posgrado ha sufrido violencia en su trabajo. La proporción es significativamente más alta que entre mujeres con menor escolaridad, lo que evidencia que el acceso a la educación no garantiza un entorno laboral libre de agresiones.
La evidencia internacional respalda esta tendencia. Un estudio publicado en Advances in Cognitive Psychology mostró que las mujeres reportan mayores niveles de ansiedad, depresión, insomnio y síntomas psicosomáticos cuando sufren acoso laboral, en comparación con los hombres, aun cuando estos últimos refieren más conductas negativas relacionadas con el trabajo. Además, se encontró que las personas con educación superior enfrentan más hostigamiento vinculado a su desempeño profesional: críticas injustificadas, evaluaciones sesgadas o intentos de desacreditación.
En el caso de las mujeres con posgrado, estas dinámicas suelen combinarse con sesgos de género que refuerzan el llamado techo de cristal: la percepción de que “saben demasiado” o de que “no encajan” en estructuras laborales dominadas por hombres.
Las consecuencias son múltiples: deterioro de la salud mental, reducción de la productividad y trayectorias truncadas. A nivel social, significa un desperdicio de talento altamente calificado y la perpetuación de brechas de género en la ciencia, la academia, la política y la empresa privada.
