Žižek y la inteligencia artificial: el peligro no es la máquina, sino su amo

Žižek y la inteligencia artificial: el peligro no es la máquina, sino su amo

En un momento en que el debate público sobre la inteligencia artificial oscila entre la utopía tecnológica y el apocalipsis algorítmico, Slavoj Žižek ofrece, como es su costumbre, una tercera vía incómoda. En una reciente entrevista con el diario El Mundo a propósito de su nuevo libro Punto cero (Paidós, 2026), el filósofo esloveno esboza una postura que merece ser leída con atención: el problema de la IA no es ontológico sino político.

Ni catastrofismo ni ingenuidad

Lo primero que llama la atención en la aproximación de Žižek a la IA es su negativa a adoptar el tono apocalíptico que domina gran parte del debate intelectual contemporáneo. «No soy de los que creen que la batalla contra la IA está perdida y que seremos dominados por la tecnología», afirma con una claridad poco habitual en él. Esta declaración no es trivial: proviene de un pensador cuya obra está atravesada por la desconfianza hacia el progreso técnico bajo el capitalismo, y que ha dedicado décadas a denunciar las ilusiones ideológicas que el mercado produce.

Sin embargo, Žižek tampoco cae en la ingenuidad de celebrar la IA como una herramienta neutral o liberadora. Su postura es más sofisticada: el peligro no reside en la tecnología en sí misma, sino en las condiciones históricas y económicas bajo las cuales se desarrolla.

El verdadero problema: la concentración del poder

El argumento central de Žižek es sencillo en su formulación pero denso en sus implicaciones: «La IA puede ser muy peligrosa si permanece bajo la tutela de los grandes emporios tecnológicos». Con esto desplaza la pregunta habitual, ¿es peligrosa la IA?, hacia otra más pertinente: ¿peligrosa para quién y bajo qué condiciones?

Para sostener esta tesis, el filósofo recurre a un paralelismo histórico que resulta iluminador. Recuerda que internet surgió originalmente como una fuerza descentralizadora, una tecnología que prometía democratizar el acceso a la información y redistribuir el poder comunicativo. Lo que ocurrió después es bien conocido: esa promesa fue capturada y reconvertida por un puñado de corporaciones que hoy controlan flujos de datos, atención y opinión a escala planetaria. La advertencia implícita es que la IA podría recorrer exactamente el mismo camino si no se establecen mecanismos de regulación y control colectivo.

Esta preocupación conecta directamente con una de las tesis más provocadoras de la entrevista, aparentemente alejada del tema tecnológico: su afirmación de que «las grandes compañías tecnológicas están arruinando nuestro estilo de vida mucho más que los inmigrantes». Leído en clave política, este comentario no es un simple golpe retórico contra la derecha populista, sino parte de un diagnóstico más amplio: la verdadera disrupción cultural y social de nuestro tiempo no tiene rostro humano ni cruza fronteras a pie, sino que opera desde los centros de datos de Silicon Valley.

La mente colmena y la sumisión voluntaria

Hay un tercer elemento en la reflexión de Žižek sobre la IA que aparece de forma más oblicua, a propósito de la serie de ciencia ficción Pluribus. Allí donde los espectadores se interesan por los individuos que permanecen inmunes a un virus alienígena, Žižek confiesa que le fascinan más quienes forman la mente colmena: personas que se integran en un sistema colectivo y se presentan como felices, pero cuyas vidas son, en realidad, profundamente miserables.

La referencia no es casual. Žižek parece sugerir que el riesgo más profundo de la IA no es la rebelión de las máquinas, ese fantasma favorito de Hollywood,  sino la sumisión voluntaria de los seres humanos a sistemas de inteligencia colectiva que prometen eficiencia y bienestar a cambio de autonomía y pensamiento crítico. En este sentido, su postura enlaza con una tradición filosófica que va de Tocqueville a Foucault: el despotismo más duradero no es el que se impone por la fuerza, sino el que se acepta libremente.

Una advertencia sin receta

Lo que Žižek no ofrece, deliberadamente, es una solución. Su diagnóstico sobre la necesidad de una «coordinación global» que trascienda la lógica del mercado apunta en una dirección, pero sin mapas concretos. Quizás eso sea coherente con su propia metodología: su tarea, dice, es señalar la catástrofe y proponer que tomemos un desvío antes de que sea tarde. La dirección exacta del desvío, esa es la pregunta que le deja al lector.