La activista ambiental Erin Brockovich lanzó un mapa colaborativo para registrar data centers de inteligencia artificial en Estados Unidos y reportes comunitarios sobre sus posibles impactos locales, en un momento en que la expansión de la infraestructura para IA comienza a generar oposición municipal, disputas por agua y energía, y nuevas exigencias de transparencia.
El proyecto, llamado Brockovich AI Data Center Reporting, reúne instalaciones operativas, en construcción o propuestas, junto con reportes enviados por habitantes sobre preocupaciones relacionadas con consumo eléctrico, uso de agua, ruido, salud, residuos electrónicos, presión sobre infraestructura local, procesos de zonificación y acuerdos opacos.
De acuerdo con el sitio, el mapa fue actualizado el 28 de mayo de 2026 y no pretende mostrar todos los data centers del país, sino los principales centros de datos orientados a IA o cargas de trabajo de gran escala, además de puntos reportados por comunidades. La propia plataforma advierte que las ubicaciones enviadas por residentes pueden ser aproximadas y que no todos los reportes representan necesariamente una instalación confirmada: algunos corresponden a proyectos en operación, otros a obras en construcción y otros a desarrollos propuestos o rumoreados.
Hasta el 28 de mayo, la iniciativa reportaba 3,034 envíos ciudadanos desde 49 estados y 1,254 códigos postales únicos. También registraba 2,850 reportes en los últimos 30 días. Entre las preocupaciones más frecuentes aparecen el agua, con 663 menciones; electricidad y red, con 358; salud, con 292; tierra y vida silvestre, con 235; ruido, con 221; procesos de zonificación, con 159, y secrecía o acuerdos de confidencialidad, con 128.
Brockovich, conocida por su trabajo en el caso contra Pacific Gas & Electric por contaminación de agua subterránea en California, ha trasladado ahora su capital simbólico ambiental a una disputa distinta: la infraestructura física de la IA. Su intervención no consiste solo en criticar la expansión de los data centers, sino en ofrecer una plataforma para que comunidades dispersas reporten preocupaciones y las conviertan en información georreferenciada.
Esa diferencia es relevante. Durante años, la inteligencia artificial fue presentada como una tecnología abstracta: modelos, datos, nube, automatización. El mapa de Brockovich invierte esa narrativa. Le devuelve coordenadas. Donde las empresas hablan de capacidad de cómputo, eficiencia y futuro, las comunidades empiezan a hablar de pozos, subestaciones, recibos de luz, permisos, carreteras, ruido y juntas municipales.
El sitio también recopila ejemplos de resistencia local, entre ellos moratorias, pausas regulatorias, votaciones, litigios y rechazos de permisos. Según la plataforma, al menos 15 moratorias o pausas han sido aprobadas a nivel local, estatal o de condado; además, registra casos como el referéndum de Port Washington, Wisconsin, donde los votantes aprobaron por alrededor de 66% una medida para someter ciertos incentivos fiscales a aprobación ciudadana.
El mapa no debe leerse como un inventario técnico definitivo ni como prueba automática de daño ambiental en cada punto registrado. Su valor está en otra parte: funciona como un termómetro social de la expansión de los data centers de IA y como una herramienta de contramapeo ciudadano frente a una industria que suele negociar proyectos de alta escala con autoridades locales antes de que las comunidades comprendan sus implicaciones.

La disputa por la IA entra así en una nueva etapa. Ya no ocurre solo en laboratorios, reportes corporativos, benchmarks o congresos tecnológicos. También se libra en condados, pueblos, juntas de zonificación, redes eléctricas, acuíferos y mapas ciudadanos. La nube dejó de ser metáfora cuando las comunidades empezaron a dibujarla sobre el territorio.
