Los millennials llevaron al mundo hasta la IA, pero quizá no verán su gran obra

Los millennials llevaron al mundo hasta la IA, pero quizá no verán su gran obra

Nacieron todavía cerca del mundo analógico, aprendieron a escribir en cuadernos, buscaron información en bibliotecas, vieron televisores con antenas, usaron teléfonos fijos, imprimieron tareas, quemaron discos, llenaron formularios en papel y, al mismo tiempo, fueron empujados a convertirse en la primera generación verdaderamente operativa de internet.

Por eso hay algo profundamente injusto en su lugar histórico. Los millennials ayudaron a llevar a la humanidad hasta la Inteligencia Artificial, pero probablemente no serán quienes produzcan con ella las formas más duraderas de arte, pensamiento o civilización. Porque si consideramos los antecedentes del pasado, la tecnología radical siempre necesitó una primera generación sacrificada: una generación que abre la frontera, aprende sus herramientas defectuosas, traduce sus posibilidades, paga el costo psicológico de la incertidumbre y, aun así, rara vez alcanza a ver la forma madura de lo que ayudó a traer.

La IA todavía está en su fase incipiente. Sus herramientas impresionan, pero también tropiezan. Sus agentes prometen autonomía, pero aún dependen de supervisión constante. No estamos aún frente al producto terminado, aunque lo parezca.

Cuando la fotografía irrumpió en el siglo XIX, no produjo de inmediato una vanguardia artística plenamente reconocida. Primero produjo industria, oficio, técnica, retrato, archivo, documento, circulación social de la imagen. La carte-de-visite, patentada por André-Adolphe-Eugène Disdéri en 1854, se volvió inmensamente popular a mediados del siglo XIX y alcanzó su auge en la década de 1860. Era una tecnología de reproducción social antes que una revolución estética consciente de sí misma.

La fotografía tuvo que atravesar décadas de disputa para ser considerada arte. El pictorialismo surgió desde finales de la década de 1860 y dominó buena parte del debate fotográfico hasta inicios del siglo XX. Antes de 1900, grupos como Linked Ring en Gran Bretaña o el Photo Club de París promovieron explícitamente la fotografía como arte; después, la Photo-Secession en Estados Unidos empujó esa pelea con más fuerza.

La técnica apareció antes que su lenguaje porque el aparato llegó antes que la obra y la industria llegó antes que la vanguardia. Algo parecido ocurrió con el cine. Las primeras décadas fueron de asombro técnico, espectáculo, registro, trucaje, narrativa en formación. Solo después, con la consolidación del lenguaje cinematográfico, las vanguardias de los años veinte y treinta pudieron convertir el medio en una forma artística con gramática propia. Walter Benjamin entendió esa transformación cuando escribió sobre la obra de arte en la época de su reproducción técnica: fotografía y cine no solo agregaban nuevos formatos, sino que alteraban la relación entre arte, aura, reproducción, masas y política.

Pero quienes estuvieron en el primer contacto con esos medios no necesariamente fueron quienes pasaron a la historia como sus grandes artistas. Muchos fueron operadores, técnicos, comerciantes, retratistas, feriantes, laboratoristas, empresarios, aprendices, divulgadores. Fueron necesarios. Sin ellos no habría lenguaje posterior. Pero su lugar no fue el de la consagración, sino el de la apertura.

Y ahora, los AI bros, los gurús de productividad, los expertos en automatización, los consultores de agentes, los evangelistas del prompt y los fundadores que hoy se presentan como protagonistas de la época podrían terminar siendo, para la historia larga, una especie de primera generación de operadores del medio.

Tienen frente a sí una tecnología enorme, pero todavía incompleta. Pueden usarla para producir más, pero no necesariamente para producir algo que sobreviva al tiempo. Quizá la obra de la IA aparezca después, cuando la herramienta deje de parecer novedad y ya no haga falta presumir que algo fue hecho con inteligencia artificial. Entonces aparecerán nuevos artistas. Pero tal vez, no pertenecerán a la generación millenial.

Los millennials fueron educados bajo una promesa de actualización permanente. Cada crisis fue presentada como una oportunidad de aprendizaje. Cada precarización, como flexibilidad. Cada colapso, como innovación. Y ahora, cuando por fin aparece una tecnología capaz de reorganizarlo todo, esa misma generación descubre que también aquí puede quedar fuera del centro. No por vieja, sino por temprana.

Los millennials tienen la edad histórica de quienes llegan al laboratorio antes de que exista la obra. Ven los cables, los errores, los sesgos, las interfaces torpes, las promesas infladas, los modelos que fallan, los empleos que se disuelven, las empresas que improvisan, los gobiernos que no entienden, las universidades que llegan tarde, los trabajadores que se defienden como pueden. Ven el nacimiento, pero no necesariamente la madurez.

Y eso duele porque la IA no llegó como una tecnología más. Llegó como una frontera civilizatoria. Una herramienta que parece tocarlo todo: trabajo, memoria, lenguaje, imagen, educación, gobierno, vigilancia, archivo, creatividad, subjetividad. No se trata solo de usar un nuevo software, sino de atravesar una mutación en la forma en que la cultura produce sentido.

Pero ninguna generación puede apropiarse por completo de una mutación de esa escala. Los millennials cargaron internet cuando todavía era promesa. Cargaron las redes cuando todavía parecían comunidad. Pero quizá ya era tarde desde el principio. No en el sentido del fracaso individual, sino en el sentido histórico. Quien vive la primera fase de una tecnología radical casi nunca vive también su plenitud cultural. La primera generación hace manuales, no manifiestos. Hace tutoriales, no escuelas. Hace demostraciones, no movimientos. Hace productos mínimos viables, no obras perdurables. Hace mercado, no memoria.

Ser antecedente significa que otros caminarán sobre lo que tú apenas alcanzaste a despejar.  La humanidad recordará que hubo un tiempo en que la gente decía “prompt”, “agente”, “automatización”, “copiloto”, “flujo”, “asistente”. Tal vez esos términos suenen después tan fechados como las tarjetas de visita, los gabinetes fotográficos o los primeros trucos de feria del cine. No porque hayan sido irrelevantes, sino porque pertenecían al momento en que el medio todavía buscaba su cuerpo. Eso es lo que la IA todavía no tiene: cuerpo histórico, una forma cultural estable.

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