El Banco de Pagos Internacionales (BIS) no descarta el potencial productivo de la inteligencia artificial. Al contrario: reconoce que el gasto en infraestructura de IA ayudó a sostener el crecimiento global. Pero advierte que la carrera por centros de datos, chips y capacidad de cómputo puede convertirse en una fuente de sobreinversión, deuda y vulnerabilidad financiera si los retornos no llegan a tiempo.
El Banco de Pagos Internacionales, conocido como BIS por sus siglas en inglés, colocó a la inteligencia artificial en el centro de su Reporte Económico Anual 2026. No como una nota tecnológica, sino como una variable macroeconómica. El informe, publicado en junio y elaborado con datos disponibles hasta el 29 de mayo de 2026, sostiene que la inversión en ecosistemas de IA ayudó a la economía global a resistir choques recientes, pero también advierte que el mismo entusiasmo puede convertirse en un amplificador de riesgos financieros.
La lectura del BIS es más matizada que una advertencia simple sobre una “burbuja”. El organismo reconoce que la IA fue uno de los factores que sostuvo el crecimiento global durante 2025. La inversión en infraestructura, centros de datos, semiconductores y expansión eléctrica impulsó el gasto de capital en Estados Unidos y generó efectos de arrastre en cadenas de suministro globales, especialmente en Asia. Ese optimismo también ayudó a mantener condiciones financieras favorables, elevó valuaciones bursátiles y sostuvo el apetito por riesgo.
Pero ahí empieza el problema. Para el BIS, la resiliencia reciente de la economía descansó en condiciones frágiles: dinero relativamente accesible, mercados optimistas y una expectativa de que la IA producirá ganancias transformadoras de productividad. El informe identifica cuatro puntos de presión: inflación persistente, sostenibilidad de la inversión en IA, vulnerabilidades financieras y deterioro fiscal. La IA aparece, entonces, en una posición ambivalente: es parte de lo que sostuvo el crecimiento, pero también una posible fuente de reversión si las expectativas no se cumplen.
El reporte no niega el potencial de la tecnología. De hecho, sostiene que la IA podría elevar la productividad de manera significativa durante la próxima década. Los estudios a nivel de tarea muestran ahorros de tiempo de entre 20% y 50% en algunos usos, aunque las estimaciones de productividad agregada son mucho más prudentes, generalmente por debajo de 1% en horizontes largos, debido a las dificultades de adopción a escala e integración con procesos productivos.
El BIS también advierte que esas ganancias no llegan sin fricciones laborales. A diferencia de tecnologías anteriores, la IA compite directamente con capacidades cognitivas humanas, lo que podría reducir el margen de los trabajadores para moverse hacia tareas de mayor valor. El informe señala que todavía no hay desplazamientos laborales masivos, pero sí indicios de ajuste: más empresas mencionan en llamadas de resultados su intención de automatizar procesos y sustituir trabajo, mientras que sectores estadounidenses más expuestos a IA ya muestran mayores ganancias de productividad acompañadas de menor crecimiento del empleo relativo.
El punto más delicado aparece en la inversión. Según el BIS, los cinco mayores hiperescaladores (Alphabet, Amazon, Meta, Microsoft y Oracle), de acuerdo con las notas metodológicas del propio informe, están en camino de gastar más de un billón de dólares en capital relacionado con IA entre 2025 y 2026. Esos compromisos están superando sus ganancias y flujo de caja libre, lo que ha llevado a algunas empresas a emitir deuda para financiar la expansión.
La lógica de esa carrera es competitiva. El informe plantea que las empresas pueden estar invirtiendo bajo la expectativa de que solo unos pocos actores con tecnología superior dominarán el mercado. Esa dinámica puede empujar a las compañías a comprometer recursos en proyectos cuyos retornos siguen siendo inciertos. En los escenarios modelados por el BIS, si la inversión sube demasiado por presión competitiva, el excedente económico neto del sector puede caer e incluso volverse negativo bajo escenarios adversos.
Además, el boom de IA enfrenta límites físicos. El reporte menciona cuellos de botella en electricidad, semiconductores avanzados y equipo para redes eléctricas. La demanda creciente de cómputo ya presiona precios eléctricos y costos de insumos, con posibles efectos inflacionarios. El BIS advierte que esos cuellos de botella pueden incluso alimentar más sobreinversión, porque las empresas intentan asegurar capacidad futura mediante contratos de largo plazo que las dejan más expuestas si la demanda decepciona.
La comparación histórica que hace el BIS es importante porque no presenta la burbuja como sinónimo de tecnología falsa. Al contrario: recuerda que episodios como la manía de canales en el siglo XIX, la fiebre ferroviaria británica, la electrificación de los años veinte y el boom puntocom compartieron un rasgo común: eran avances tecnológicos reales que atrajeron más capital del que los retornos comerciales podían justificar. En esos casos, la reversión de la inversión terminó generando recesiones amplias.
Ese es el corazón de la advertencia: la IA puede ser una tecnología transformadora y aun así generar una burbuja de inversión. La pregunta no es si la IA sirve, sino si la infraestructura que se está construyendo puede pagarse con los ingresos que producirá en los próximos años. Si los retornos tardan más de lo esperado, o si la demanda no alcanza para sostener la expansión, el gasto de capital puede convertirse en una carga financiera.
El BIS también identifica un riesgo menos visible: la opacidad del financiamiento. El informe describe una red compleja de acuerdos privados entre hiperescaladores, fabricantes de chips, laboratorios de IA y proveedores de nube especializada. Una de las estructuras más relevantes es el financiamiento circular: empresas de chips o hiperescaladores toman participaciones en laboratorios de IA o neoclouds, mientras esos mismos laboratorios se comprometen a comprar chips o capacidad de cómputo durante varios años.
Esa estructura puede inflar ingresos esperados y compromisos futuros, pero también dificulta saber dónde está realmente el riesgo. El BIS advierte que algunos acuerdos están poco divulgados y que incluso existe el riesgo de que un mismo activo sea comprometido más de una vez. La construcción de centros de datos también se está tercerizando a empresas que luego arriendan la infraestructura a hiperescaladores mediante contratos largos, con cláusulas de salida que pueden complicar la lectura real del riesgo.
El informe señala que una corrección fuerte en las valuaciones de empresas vinculadas a IA podría trasladarse al mercado de crédito. Si los hiperescaladores frenan su gasto de capital, los proveedores de infraestructura, contratistas de ingeniería, empresas de energía, redes, enfriamiento o neoclouds podrían perder ingresos esperados y enfrentar problemas para servir su deuda.
El problema no se queda en las grandes tecnológicas. El BIS también apunta al crecimiento del crédito privado, una zona menos transparente del sistema financiero. Los fondos de préstamo directo han cuadruplicado su exposición a sectores de IA y tecnologías de la información en los últimos cinco años, hasta representar alrededor de 15% de sus portafolios. El informe advierte que un shock mayor, ya sea por inflación o por una revaluación del entusiasmo por IA, podría detonar un endurecimiento del crédito con efectos sobre empresas medianas y pequeñas, que son relevantes para la creación de empleo.
La conclusión del BIS no es que la IA vaya a fracasar. Su advertencia es más incómoda: incluso si la IA funciona, el sistema financiero puede estar construyendo expectativas demasiado concentradas, demasiado rápido y con demasiada deuda alrededor de ella. La tecnología puede producir valor real, pero eso no garantiza que todos los actores que financiaron la infraestructura capturen retornos suficientes.
Por eso, el informe recomienda a las autoridades prepararse para escenarios amplios. La política monetaria debe vigilar inflación y expectativas; la política fiscal debe recuperar espacio frente a deudas públicas elevadas; y la regulación financiera debe adaptarse a riesgos que ya no se concentran solo en bancos, sino también en fondos privados, intermediarios no bancarios y nuevas formas de financiamiento tecnológico.
La señal importante es quién está hablando. La advertencia sobre la IA ya no viene solo de críticos de Silicon Valley ni de analistas escépticos. Viene del Banco de Pagos Internacionales, una institución que observa la estabilidad del sistema financiero global. Para el BIS, la IA dejó de ser una promesa de software y se convirtió en infraestructura pesada: centros de datos, chips, energía, deuda, contratos y expectativas de productividad.
