La inteligencia artificial avanza más rápido que la capacidad de los gobiernos para entenderla, medirla y regularla. Esa es la advertencia central de un nuevo informe preliminar del Panel Científico Internacional Independiente sobre Inteligencia Artificial de Naciones Unidas, que alerta que el desarrollo acelerado y poco coordinado de esta tecnología podría abrir la puerta a riesgos catastróficos si no se construyen mecanismos globales de evaluación y gobernanza.
El documento, elaborado por un grupo de 40 especialistas de distintas regiones, es presentado como la primera evaluación científica global e independiente sobre los riesgos, oportunidades e impactos de la inteligencia artificial. Sus hallazgos serán discutidos durante el primer Diálogo Global sobre Gobernanza de IA de la ONU, que se realizará en Ginebra el 6 y 7 de julio de 2026.
El diagnóstico no parte de una idea abstracta sobre el futuro. Según el panel, las capacidades de la IA ya están superando tanto la comprensión científica disponible como la capacidad de adaptación de los gobiernos. Esto coloca a los responsables de política pública ante un dilema: necesitan evidencia robusta para regular, pero esa evidencia se vuelve insuficiente o tardía frente a una tecnología que cambia en cuestión de meses.
Uno de los datos más llamativos del informe es que la complejidad de las tareas que pueden resolver los sistemas de IA se estaría duplicando cada cuatro a siete meses. Esto significa que los modelos avanzados podrían asumir trabajos que antes tomaban a seres humanos días o semanas, especialmente en áreas como razonamiento científico, matemáticas, desarrollo de software o análisis de grandes volúmenes de información.
La preocupación crece con el avance de los sistemas “agentivos”, es decir, modelos capaces de planear acciones, usar herramientas digitales y ejecutar tareas en entornos reales con cada vez menos supervisión humana. Para la ONU, este tipo de sistemas puede generar beneficios económicos y científicos importantes, pero también introduce nuevas dificultades para mantener control, transparencia y rendición de cuentas.
Yoshua Bengio, uno de los copresidentes del panel y figura central en el desarrollo moderno de la IA, advirtió que ya existe evidencia creciente de comportamientos engañosos en modelos avanzados. Por ello, sostuvo que la ciencia no puede garantizar que, conforme aumenten sus capacidades, estos sistemas no provoquen daños catastróficos, ya sea por sí mismos o por el uso malicioso de terceros.
El informe menciona riesgos concretos: desinformación, fraudes, ciberataques, amenazas biológicas, afectaciones a la salud mental de usuarios, impactos laborales y posibles daños a sistemas sociales, económicos y ambientales. También advierte que muchas herramientas de seguridad dependen de pruebas limitadas o de datos entregados por las propias empresas que desarrollan los modelos, lo que reduce la capacidad de los gobiernos para evaluar de manera independiente los sistemas más avanzados.
El problema, sin embargo, no es solo técnico. También es político. La gobernanza de la IA permanece fragmentada y muchos países carecen de capacidades para evaluar, auditar o influir en el diseño de modelos de frontera. Esto los deja en una posición de dependencia frente a infraestructuras, nubes, modelos y estándares desarrollados por un pequeño grupo de empresas y potencias tecnológicas.
El reporte también advierte que el acceso a herramientas de IA no garantiza beneficios equitativos. Los países que dependen de modelos extranjeros, infraestructura en la nube y cadenas de datos controladas desde fuera pueden acceder a la tecnología, pero perder control práctico sobre sus estándares, salvaguardas y adaptación local. En otras palabras: pueden usar IA sin poder decidir cómo funciona, a quién protege o qué riesgos prioriza.
Esta concentración también aparece en la infraestructura. De acuerdo con el reporte citado por Reuters, Estados Unidos concentra el 75% de la capacidad de cómputo entre las 500 principales supercomputadoras de IA del mundo, mientras China concentra el 15%. La brecha no solo define quién desarrolla los modelos más avanzados, sino también quién tiene capacidad real para investigarlos, auditarlos y gobernarlos.
António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, resumió el desafío con una frase directa: “el mundo no puede gobernar lo que no entiende”. Para el organismo, la ventana para crear mecanismos globales de cooperación sigue abierta, pero no necesariamente permanecerá así durante mucho tiempo.
La advertencia llega en un momento en el que gobiernos, empresas y organismos internacionales intentan definir qué tipo de reglas deben aplicarse a los modelos más avanzados. La ONU plantea que el debate debe incluir seguridad, derechos humanos, transparencia, supervisión humana, interoperabilidad regulatoria y reducción de brechas digitales. También propone discutir cómo los países pueden desarrollar infraestructura local, capacidades técnicas e instituciones propias para no quedar reducidos a simples usuarios de sistemas diseñados en otros centros de poder.
El informe no sostiene que la inteligencia artificial sea únicamente una amenaza. También reconoce su potencial para acelerar avances en salud, educación, ciencia, agricultura y accesibilidad. Pero insiste en que sus beneficios dependerán de las decisiones que se tomen ahora: quién controla la infraestructura, quién audita los modelos, qué países participan en la gobernanza y qué límites se establecen antes de que los sistemas sean demasiado autónomos, opacos o difíciles de contener.
La advertencia de Naciones Unidas no es que la IA vaya inevitablemente hacia una catástrofe, sino que el mundo aún no cuenta con las herramientas suficientes para demostrar que puede evitarla. Y esa diferencia es importante: el problema ya no es imaginar qué podría hacer la inteligencia artificial en el futuro, sino construir instituciones capaces de entender lo que ya está haciendo en el presente.
