Nacido en la era de las tarjetas perforadas, COBOL fue impulsado por mujeres pioneras de la programación y diseñado para que las computadoras hablaran el lenguaje de los negocios. Más de seis décadas después, sigue sosteniendo bancos, gobiernos y aseguradoras. Ahora Anthropic promete usar inteligencia artificial para modernizarlo, justo cuando se jubilan las últimas generaciones que todavía saben leerlo.
COBOL tuvo una lápida antes de tener una vejez. En 1959, cuando todavía se discutía su diseño, alguien llegó a burlarse del proyecto como si estuviera muerto antes de nacer. Se equivocó por más de sesenta años.
Desde entonces, COBOL ha sobrevivido a casi todas las eras de la computación moderna: las tarjetas perforadas, los mainframes, las terminales, las bases de datos relacionales, internet, la nube, los smartphones y ahora la inteligencia artificial generativa. Cada década tuvo su propio candidato para enterrarlo. Cada generación tecnológica creyó haber encontrado el lenguaje, la arquitectura o el paradigma que por fin le daría el tiro de gracia. Pero COBOL siguió ahí.
No porque fuera elegante. No porque fuera joven. No porque representara el futuro. Sobrevivió por una razón mucho más difícil de vencer: estaba incrustado en el mundo real.
COBOL, acrónimo de Common Business-Oriented Language, nació a finales de los años cincuenta como respuesta a un problema muy concreto: las empresas, los bancos y los gobiernos necesitaban un lenguaje común para procesar información administrativa en computadoras de distintos fabricantes. Antes de que la programación se volviera una cultura de frameworks veloces y modas técnicas, la pregunta era mucho más básica: ¿cómo hacer que las máquinas pudieran entender nóminas, inventarios, pagos, pólizas, impuestos, cuentas y registros?
La respuesta no salió solamente de laboratorios abstractos ni de la imaginación de hombres visionarios. COBOL fue posible gracias al trabajo de una generación de mujeres que ayudó a escribir las bases de la computación moderna.
Mary K. Hawes, de Burroughs Corporation, fue una figura clave en el impulso inicial para crear un lenguaje común de negocios. En el comité de corto plazo que desarrolló COBOL participaron mujeres como Frances “Betty” Holberton, Jean E. Sammet y la propia Hawes; tres de nueve integrantes, según registros históricos sobre mujeres en computación. A esa genealogía se suma Grace Hopper, cuyo lenguaje FLOW-MATIC fue una influencia central para COBOL: Hopper defendía una idea radical para su época, que las computadoras pudieran recibir instrucciones más cercanas al inglés que a los códigos cerrados de la máquina.

Decir que COBOL fue creado por mujeres no significa borrar que se trató de un proceso colectivo. Significa corregir una omisión histórica. Durante demasiado tiempo, la historia de la computación se contó como si los lenguajes, sistemas y arquitecturas hubieran nacido casi exclusivamente de hombres excepcionales. COBOL permite mirar otra cosa: mujeres diseñando, depurando, organizando y defendiendo una infraestructura que terminaría sosteniendo parte de la economía digital.
Antes de ser tratado como deuda técnica, COBOL fue una visión.
Su ambición era casi democrática: acercar la programación al lenguaje de las instituciones humanas. COBOL no quería hablar como la máquina; quería hablar como las oficinas, los bancos, las aseguradoras y los gobiernos. Sus instrucciones se parecían al inglés porque su mundo no era el de la abstracción matemática pura, sino el de los procesos administrativos que debían repetirse con precisión: calcular, ordenar, registrar, actualizar, validar, pagar.
Ahí está una de sus grandes ironías. El lenguaje que hoy suele describirse como viejo o torpe nació con una promesa de accesibilidad. Quería que más personas pudieran entender lo que hacía una computadora. Quería que el código fuera legible para quienes tenían que administrar negocios, no solo para quienes sabían hablar en binario con la máquina.
Y funcionó demasiado bien.
COBOL no se quedó en la historia como un experimento pasajero. Se convirtió en el idioma subterráneo de bancos, gobiernos, aseguradoras y grandes corporaciones. Mientras otros lenguajes conquistaban la imaginación pública, COBOL hacía el trabajo silencioso: procesaba pagos, registraba cuentas, calculaba beneficios, movía dinero, actualizaba expedientes, sostenía trámites.
No era el astronauta de la computación. Era la oficina que nunca cerraba.
Por eso su supervivencia tiene algo de épica burocrática. COBOL nació cuando las computadoras podían alimentarse con tarjetas perforadas y hoy sigue apareciendo debajo de operaciones que parecen completamente modernas. Un usuario puede retirar dinero de un cajero automático desde una interfaz limpia, táctil, conectada a redes contemporáneas; pero detrás de esa acción puede activarse una cadena de sistemas bancarios centrales donde todavía habla un lenguaje nacido en la era del cartón perforado.
No necesariamente dentro del cajero como dispositivo, sino en el corazón del banco: en los sistemas que autorizan, registran, liquidan y reconcilian operaciones. Esa distinción importa. COBOL no sobrevive como nostalgia visible, sino como infraestructura escondida.
A COBOL le han intentado dar el tiro de gracia muchas veces. En los setenta, con la programación estructurada. En los ochenta, con lenguajes de cuarta generación y nuevas bases de datos. En los noventa, con la computación cliente-servidor e internet. En los dos miles, con Java, la web empresarial y las primeras grandes migraciones corporativas. Después, con la nube. Ahora, con la inteligencia artificial.
Pero no basta con declarar muerto a un lenguaje cuando ese lenguaje sigue moviendo dinero, pensiones, impuestos, pólizas, pagos y registros públicos.
El problema actual de COBOL no es que haya dejado de funcionar. Es casi lo contrario: sigue funcionando demasiado. Sigue ahí porque reemplazarlo es caro, riesgoso y difícil. Muchas veces, esos sistemas no son simples programas viejos, sino depósitos de reglas de negocio acumuladas durante décadas. En ellos hay decisiones, excepciones, parches, criterios regulatorios, procesos internos y conocimientos institucionales que no siempre están documentados fuera del propio código.
Modernizar COBOL no es únicamente traducir líneas antiguas a Java, Python o cualquier otro lenguaje contemporáneo. Es interpretar una memoria técnica.
Ahí aparece el nuevo capítulo de la historia: Anthropic.
El 23 de febrero de 2026, la empresa publicó una entrada en la que presentó a Claude Code como una herramienta capaz de ayudar en proyectos de modernización COBOL. Su argumento era económico: la IA podía automatizar tareas que antes requerían grandes equipos de consultores, como explorar código heredado, analizar dependencias, documentar sistemas y asistir en procesos de migración.
El anuncio no pasó inadvertido. Reuters reportó que IBM tuvo una caída diaria de 13.2% en bolsa, su mayor desplome desde 2000, después de que Anthropic afirmara que Claude Code podía modernizar COBOL, un lenguaje todavía muy usado en mainframes de sectores como banca, seguros y gobierno.
La reacción del mercado reveló que COBOL no era una curiosidad de museo. Era, todavía, negocio. Era infraestructura. Era dependencia. Era un lenguaje antiguo, sí, pero también una fuente contemporánea de poder técnico y económico.
Anthropic no llegó a enfrentar un cadáver, sino una criatura viva.
La promesa de la IA consiste en reducir una de las grandes barreras de la modernización: entender lo que ya existe. En sistemas heredados, muchas veces el primer problema no es escribir código nuevo, sino saber qué hace el código viejo. Qué reglas contiene. Qué procesos toca. Qué dependencias arrastra. Qué puede romperse si se modifica. Qué parte es redundante y qué parte es crítica.
La IA puede ayudar a leer, resumir, mapear, documentar y traducir. Pero incluso ahí hay que ser cuidadosos. Modernizar COBOL no es apretar un botón para convertir un banco entero a código nuevo. Hay que validar comportamientos, preservar equivalencias, entender regulaciones, probar operaciones críticas y asumir que en muchos casos el sistema heredado está profundamente integrado con hardware, bases de datos, procesos internos y prácticas organizacionales.
La inteligencia artificial no elimina de golpe esa complejidad. La ilumina.
Y quizá por eso el momento es tan importante. La urgencia no es solo tecnológica, sino generacional. COBOL no se volvió un problema únicamente porque envejeció el lenguaje. También envejecieron las personas que lo entienden. Muchas de las mentes capaces de leerlo, mantenerlo y corregirlo se están jubilando o ya salieron del mercado laboral. La infraestructura sigue viva, pero sus guardianes desaparecen.
El problema de COBOL no es que esté muerto. Es que está demasiado vivo para depender de una memoria humana que se está jubilando.
En ese sentido, la IA no llega solamente a “quitarle el trabajo” a especialistas en COBOL. Llega a mediar una transferencia de memoria. Claude Code y herramientas similares prometen convertir sistemas opacos en mapas legibles para nuevas generaciones de ingenieros. La pregunta no es si la IA puede reemplazar mágicamente a quienes durante décadas mantuvieron estos sistemas, sino si puede ayudar a interpretar una infraestructura que se volvió demasiado vieja, demasiado crítica y demasiado extensa para seguir dependiendo de conocimiento disperso.
COBOL sobrevivió porque nunca fue solamente código. Fue una forma de ordenar la vida administrativa de la modernidad: pagos, impuestos, nóminas, cuentas, seguros, trámites, pensiones. Fue memoria institucional convertida en sintaxis.
Por eso su historia tiene algo más grande que una anécdota técnica. COBOL permite mirar dos invisibilizaciones al mismo tiempo: la del código antiguo que sostiene sistemas críticos y la de las mujeres que ayudaron a escribir la infraestructura de la computación moderna.
Hoy, cuando la inteligencia artificial promete descifrarlo, conviene recordar de dónde viene. Antes de Anthropic, antes de Claude Code, antes de la nube y antes de internet, hubo mujeres imaginando que las computadoras podían hablar un lenguaje más cercano al mundo humano. Grace Hopper lo ensayó con FLOW-MATIC. Mary Hawes empujó la creación de un lenguaje común de negocios. Jean Sammet, Frances Holberton y otras participaron en la arquitectura temprana de COBOL.
El lenguaje que muchos quisieron enterrar nació de esa visión.
Y ahora, después de sobrevivir al futuro una y otra vez, COBOL vuelve como protagonista involuntario de la era de la inteligencia artificial. Nació entre tarjetas perforadas, fue impulsado por mujeres, resistió todos los paradigmas que prometieron reemplazarlo y ahora, cuando sus últimos guardianes se jubilan, la IA viene a traducir sus inscripciones.
COBOL no es una reliquia.
Es una ciudad subterránea que sigue iluminada.
