Neurodivergencia, exclusión social y el doble dispositivo de la normalización y el chivo expiatorio

Neurodivergencia, exclusión social y el doble dispositivo de la normalización y el chivo expiatorio

En muchas interacciones sociales, la exclusión de quienes no encajan en los códigos de sociabilidad parece ir más allá de la indiferencia: algunos neurotípicos no solo toleran la diferencia, sino que la castigan activamente, reforzando normas implícitas y jerarquías sociales. ¿Por qué la dificultad de socializar de ciertas personas provoca rechazo consciente o incluso disfrute en quienes las marginan? Este fenómeno combina mecanismos de normalización, vigilancia social y la función del chivo expiatorio, revelando una dinámica de poder que opera silenciosa pero profundamente en la vida cotidiana.

En las sociedades contemporáneas, la neurodivergencia plantea un desafío a los regímenes de normalidad que regulan la interacción social. Lejos de ser reconocida únicamente como una variación legítima de la condición humana, suele convertirse en un marcador de diferencia que activa mecanismos de exclusión. La dificultad para socializar, frecuente en diversos perfiles neurodivergentes, no es leída por los sujetos neurotípicos como un hecho estructural, sino como una desviación personal que amerita corrección o aislamiento. Para comprender esta dinámica resulta pertinente articular dos marcos teóricos: la noción foucaultiana de normalización y biopoder, y la teoría girardiana del chivo expiatorio.

Foucault: la producción de la anormalidad

Michel Foucault mostró cómo, a partir de la modernidad, las instituciones comenzaron a clasificar, vigilar y disciplinar los cuerpos y las conductas. En Vigilar y castigar (1975), analiza cómo el poder moderno ya no se limita a reprimir, sino que produce sujetos a través de normas y prácticas de control. La “anormalidad” no existe como dato objetivo, sino como una construcción social derivada de criterios de normalización.

En el campo de la salud mental y la sociabilidad, Historia de la locura en la época clásica (1961) detalla cómo los “locos” fueron constituidos como categoría separada y segregada, no por un peligro real, sino porque encarnaban una diferencia intolerable para la racionalidad moderna. La lógica que clasificó al “loco” se reitera en el modo en que hoy se etiqueta a los neurodivergentes como sujetos deficitarios: incapaces de socializar según las reglas tácitas de la mayoría.

De acuerdo con Foucault, este dispositivo de poder se articula con el biopoder: la administración de la vida y la población a través de mecanismos que buscan maximizar la productividad y la integración. Bajo este prisma, el neurodivergente que no se adapta al flujo social es leído como obstáculo para la cohesión y la eficiencia, lo cual justifica intervenciones de exclusión o “corrección”.

Girard: el mecanismo del chivo expiatorio

Por su parte, René Girard, en La violencia y lo sagrado (1972), propuso que las sociedades gestionan sus tensiones internas mediante el sacrificio de un chivo expiatorio. El grupo selecciona a un individuo o subgrupo diferente —extraño, vulnerable o incapaz de defenderse— sobre el cual proyecta los conflictos que no puede resolver internamente.

El aislamiento del chivo expiatorio no se percibe como violencia arbitraria, sino como un acto legítimo que “protege” la estabilidad social. La exclusión genera un efecto de catarsis colectiva: el grupo refuerza su cohesión al unirse en contra de aquel que es presentado como fuente del desorden.

En el caso de la neurodivergencia, la figura del sujeto que “no sabe relacionarse” o que “rompe la armonía del grupo” es fácilmente investida de esta función. La dificultad para socializar es interpretada no como una condición, sino como una falta de voluntad, lo que habilita al grupo a marginarlo bajo la convicción de que se actúa “por el bien común”.

El doble dispositivo: normalización y sacrificio

La exclusión de las personas neurodivergentes combina así dos lógicas:

Normalización (Foucault): la sociedad define parámetros rígidos de interacción, productividad y comunicación. El neurodivergente es construido como “anormal” al no ajustarse a ellos.

Chivo expiatorio (Girard): una vez constituida su diferencia, esa alteridad se instrumentaliza como vehículo de cohesión: el grupo refuerza su identidad al expulsar al que no encaja.

El proceso no solo excluye, sino que otorga al acto de exclusión una legitimidad moral. El grupo siente que realiza un bien social: preservar la armonía y corregir al desviado. De este modo, la violencia simbólica —y a veces material— queda invisibilizada bajo la máscara de lo necesario.

La dificultad de las personas neurodivergentes para integrarse en los marcos sociales establecidos no debería ser interpretada como un déficit individual, sino como el producto de una estructura que opera a través de mecanismos de normalización y sacrificio. Foucault y Girard, leídos en conjunto, permiten entender que la exclusión no es accidental, sino funcional: produce cohesión social a costa de los cuerpos y subjetividades diferentes.

Reconocer esta dinámica es el primer paso para desarticularla. Mientras la neurodivergencia siga siendo leída como desviación y no como diversidad, la sociedad perpetuará una violencia normalizada que, bajo el pretexto de proteger el orden, reproduce jerarquías y desigualdades.