Durante la Guerra de Independencia de México, mientras los hombres empuñaban machetes y armas, las mujeres vivieron el conflicto de manera directa y brutal. Perseguidas, encarceladas, utilizadas como rehenes e incluso violadas, muchas pagaron un precio silencioso que los libros de historia apenas reconocen. Entre insurgentes y realistas, su vida cotidiana quedó marcada por el miedo, la represión y la violencia, revelando que la lucha por la libertad también tuvo un rostro femenino de sufrimiento y resistencia.
La Guerra de Independencia de México no solo fue un conflicto bélico contra el dominio español; fue, sobre todo, una guerra civil que trastocó la vida cotidiana de miles de novohispanos. Más allá de las batallas, los archivos revelan un escenario marcado por la violencia indiscriminada, donde las poblaciones quedaron atrapadas entre insurgentes y realistas. En medio de ese fuego cruzado, las mujeres fueron víctimas recurrentes: perseguidas, encarceladas, utilizadas como rehenes y, en muchos casos, violentadas sexualmente.
Una guerra sin límites
El levantamiento iniciado en septiembre de 1810 desbordó los cauces políticos. Lo que comenzó como un movimiento de criollos reformistas, encabezado por Miguel Hidalgo, se convirtió en una insurrección campesina y popular. El desorden de los primeros ejércitos insurgentes derivó en saqueos, incendios y venganzas contra los peninsulares.
En respuesta, las autoridades virreinales promovieron una violencia represiva cada vez más dura. Como señala Marco Antonio Landavazo, Hidalgo abrió “la caja de Pandora” con su llamado al odio contra el gachupín, y lo que siguió fue una reacción virreinal que legitimó la represión indiscriminada. Esa violencia, primero alentada desde arriba, pronto se volvió arbitraria, dañando incluso a poblaciones fieles al régimen.
El historiador Stathis Kalyvas lo resume: “la violencia indiscriminada es, en el mejor de los casos, ineficaz y, en el peor, contraproducente”, pues agrava las insurgencias en vez de sofocarlas. Eso fue lo que ocurrió en la Nueva España: la guerra despojó a las comunidades de tranquilidad y expuso a la población civil a todo tipo de abusos.
Entre insurgentes y realistas
Mientras Hidalgo confiaba en que “el número nos dará la victoria”, su ejército improvisado arrasaba sin disciplina. Los realistas, reorganizados bajo Félix María Calleja, no se quedaron atrás: también recurrieron a ejecuciones sumarias, saqueos y uso arbitrario de la fuerza. Como documenta Juan Ortiz, fue durante el gobierno de Calleja cuando la represión alcanzó niveles “nocivos para los habitantes de Nueva España”, al grado de colocar a la sociedad bajo dos fuegos.
La descentralización del poder, iniciada con la destitución del virrey Iturrigaray en 1808, agravó la situación. Los comandantes militares obtuvieron poderes extraordinarios y se transformaron en dueños de “virtuales satrapías”, actuando sin contrapesos civiles. Cobijados bajo la “ley de la necesidad”, muchos se dedicaron tanto a perseguir insurgentes como a someter a las propias poblaciones leales.
Mujeres en la línea de fuego
En ese contexto, las mujeres insurgentes y sus familias vivieron la cara más cruda de la guerra. Estudios de María José Garrido e Iliria Flores muestran que en Guanajuato y Michoacán, Agustín de Iturbide ordenó la reclusión de esposas e hijas de insurgentes, utilizándolas como “carnada” para atraer a sus familiares rebeldes. Muchas murieron de hambre, frío y enfermedad, detenidas sin juicio.
La persecución no distinguió condición social. Josefa Ortiz de Domínguez, una mujer de élite, fue encarcelada y hostigada durante su embarazo, acusada de ser “una verdadera Ana Bolena” por inspirar odio a la Corona. Mariana Rodríguez del Toro sufrió tortura para delatar a los conjurados de 1811. Gertrudis Bocanegra, tras perder a su marido e hijo en batalla, fue apresada, torturada y finalmente fusilada en 1817.
En otros casos, la violencia fue brutal y ejemplarizante: Manuela Herrera fue vejada tras unirse a la campaña de Xavier Mina y abandonada desnuda en el monte. En Pénjamo, Iturbide ordenó detener a decenas de mujeres y niños, confinándolos en condiciones infrahumanas hasta su muerte por inanición.
El doble filo de la revolución
Mientras Hidalgo inauguraba los símbolos de la rebelión y José María Morelos les daba organización y proyecto político, las mujeres insurgentes enfrentaban una doble carga: la hostilidad de los realistas y la desconfianza de una sociedad patriarcal que castigaba su participación. Ser correo, espía, protectora de insurgentes o simplemente esposa de un combatiente bastaba para convertirse en blanco de represalias.
Así, la independencia no solo se escribió con machetes y proclamas, sino también con cuerpos de mujeres convertidos en botín de guerra, rehenes de la represión o víctimas del desprecio social.
Una herencia incómoda
A 215 años del Grito de Dolores, recordar el papel de las mujeres en la independencia es también recordar la violencia que sufrieron. La guerra civil que encendió la libertad mexicana fue, al mismo tiempo, una guerra contra la vida cotidiana, contra la seguridad de los hogares y contra quienes se atrevieron a desafiar las normas de género.
La independencia no solo dejó héroes y batallas; dejó también una memoria de dolor femenino que, aunque menos visible en los discursos oficiales, forma parte fundamental de la historia de México.
Fuentes:
«La Violencia contra las mujeres en México a través de la historia»
«La situación insostenible. Violencia indiscriminada en la contrainsurgencia novohispana»
«Grandes Batallas»
