En los impresos populares del siglo XIX, mucho antes de que José Guadalupe Posada imaginara a la “Calavera Garbancera” que Diego Rivera inmortalizaría como La Catrina, ya había otro grabador que dibujaba esqueletos bailando entre calles y cantinas del viejo México. Se llamaba Manuel Manilla, y su trazo antecede el humor, la ironía y la crítica social que hoy asociamos al Día de Muertos.

De él casi no se sabe nada: se cree que nació en la Ciudad de México hacia 1844, aunque algunos registros apuntan a 1830, y que murió de tifus hacia 1899. Sin embargo, su obra revela más que su biografía: fue testigo de un país que transitaba entre la modernización porfirista y la miseria urbana, y su buril retrató ese México de vendedores ambulantes, charros, niños y calaveras festivas que se burlaban de la muerte.
Helia Emma Bonilla, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, sostiene que Manilla fue “protagonista de los cambios en el grabado decimonónico”, un artesano que vivió el paso de la impresión artesanal a la industrial. Sus grabados circularon en periódicos como La Edad Feliz y El Monitor del Pueblo, y su taller, ubicado en la calle del Banco de la Santísima, ofrecía desde estampas religiosas hasta anuncios para boticas y vinaterías. Con su hijo, también grabador, firmaba anuncios que presumían “un sistema desconocido” para hacer estereotipias con perfección.

Pero lo que marcaría su legado fueron las primeras calaveras alegres. Manilla ilustró un poemario titulado Calaveritas del amor, donde los esqueletos no eran terroríficos, sino compañeros de desventura de los vivos: enamorados, borrachos, músicos o dolientes. Aquellas figuras fueron el embrión de la iconografía que Posada retomaría años después para dar vida a sus célebres calacas.
En los talleres de Antonio Vanegas Arroyo, ambos coincidieron. Posada conoció ahí los grabados de Manilla y, con ellos, la posibilidad de hacer de la muerte una sátira popular. Bonilla apunta que los esqueletos de Manilla reaparecen, transformados, en los impresos de Posada. No hubo rivalidad entre ambos, pero sí una continuidad estética que la historia terminó adjudicando a uno solo.

El olvido de Manilla quizá se deba, como sugieren los historiadores, a que sus obras no encajaban del todo en el discurso político del arte posrevolucionario. Jean Charlot, uno de los primeros en mencionarlo en 1926, intentó “politizar” su trabajo al afirmar que sus charros “profetizaban a Zapata”. Sin embargo, su arte era más un espejo de la vida cotidiana que una proclama. Manilla fue un cronista visual del pueblo llano, un dibujante del pulso urbano antes de que el muralismo reescribiera el relato nacional.
A más de un siglo de su muerte, el trazo de Manilla sigue siendo una resurrección pendiente. Sus calaveras, olvidadas entre hojas volantes y carteles de teatro, fueron las primeras en reírse de la tragedia y en recordar que en México la muerte no se teme, se imprime, se vende y se celebra.

