Pablo Ferri sorprendió la semana pasada con una crónica sobre el multihomicidio de Atizapán, ocurrido el 1 de septiembre, en la que recurrió a herramientas de la narración literaria para reconstruir la perspectiva de una de las víctimas durante los momentos en que ocurrió el crimen. Ferri no había entrevistado a esa víctima. En el departamento fueron asesinadas una niña de tres años, una mujer embarazada, otras dos personas y un perro.

La discusión que siguió fue áspera. Periodistas y lectores cuestionaron si algunos de los recursos narrativos utilizados en la crónica permitían atribuir sensaciones, pensamientos o percepciones que el reportero no había podido constatar. El episodio criminal ya había provocado indignación y una sensación profunda de desprotección; era previsible que una discusión sobre la forma de narrarlo estuviera también atravesada por emociones. Pero conforme avanzó el fin de semana ocurrió algo distinto: la controversia dejó de ser solamente sobre un texto y comenzó a mostrar las asimetrías de poder que existen dentro del propio gremio periodístico.
EstadoRed participó en esa discusión. Cuando el ambiente ya estaba cargado de agravios, buscamos una lectura externa al conflicto y sometimos algunos de los párrafos cuestionados a un análisis asistido por inteligencia artificial, deliberadamente limitado al texto y sin búsquedas en Internet. ChatGPT señaló entonces que la crónica atravesaba una “frontera ética delicada”, especialmente al convertir a una víctima real en una imagen literaria mediante percepciones que no habían sido verificadas.
¿Qué opina la IA sobre la crónica del multihomicidio de Atizapan publicada por un rerpotero estrella de El País? Pedimos su opinión al ChatGPT.
Primero le pedimos que redactara una crónica similar sin permiso de usar herramientas ni conectarse a internet. pic.twitter.com/kp9ukNv7eT— EstadoRed (@EstadoRed) September 6, 2026
La inteligencia artificial no era, ni pretendimos que fuera, un tribunal ético. Su análisis era apenas una lectura adicional. Días después apareció una evidencia bastante más importante: la periodista Brenda Lugo informó en Opinión51 que había consultado directamente a El País. Ana Lorite, defensora del lector del diario, respondió que algunos de esos recursos literarios no se ajustaban a las normas del Libro de Estilo. Ante la pregunta de si un periodista puede atribuir miedo, desconcierto, pensamientos o determinadas percepciones cuando no tiene constancia de que la víctima las haya expresado, la respuesta, según Lugo, fue inequívoca: no.
La discusión, entonces, ya no podía reducirse cómodamente a una turba de ignorantes, frustrados o envidiosos incapaces de comprender la crónica. Había un problema editorial identificable y el propio periódico había reconocido sus límites. Eso no convierte a Ferri en un mal periodista, no invalida su trayectoria y tampoco obliga a nadie a despreciar el conjunto de su trabajo. Significa algo mucho más sencillo y mucho más normal en cualquier oficio: un periodista puede escribir un texto extraordinario un día y equivocarse al siguiente. Lo verdaderamente inquietante fue observar cuánta resistencia produjo una afirmación tan elemental.
Esta semana, Ernesto Ledesma, director de Rompeviento TV, bloqueó en X la cuenta de EstadoRed después de que compartimos en uno de sus comentarios el análisis que habíamos realizado sobre la crónica. Intentamos localizar posteriormente un canal para ejercer una réplica en el medio que dirige y no encontramos uno accesible para hacerlo, por lo que decidimos responder públicamente.

Un bloqueo en una red social, por sí mismo, sería irrelevante. Cualquier persona tiene derecho a decidir a quién lee. Tampoco sostenemos que un periodista esté obligado a responder cada comentario que recibe en Internet. Nos interesa por otra razón: ocurrió dentro de una discusión en la que distintas críticas a un trabajo periodístico fueron progresivamente resignificadas como “ataques”, mientras a quienes las formulaban se les atribuyeron motivaciones personales que iban de la frustración a la envidia.
Ledesma escribió:
“Desde fotógrafos de ‘moda’ frustrados, hasta “periodistas” que mutaron a influencers sin todavía darse cuenta, de todo hubo en los ataques al trabajo periodístico de @ferritortola. Es lo mismo de siempre, lo hacen los que no se enlodan y andan más ocupados con su dedito en redes sociales, que en su trabajo”.
Después aseguró que a ninguna persona “llena de celo profesional” le había visto un nivel de trabajo semejante al de Ferri. Y cerró con una recomendación:
“La pomada de Caléndula desinflama, cicatriza y regenera la piel, en ocasiones es útil usarla”. No escribió dónde sugería aplicarla. Tampoco hacía falta. Entre mexicanos, y después de llamar frustrados, celosos e incapaces a los interlocutores, resulta difícil confundir semejante remate con una recomendación dermatológica inocente.
El doble sentido funciona precisamente porque permite comunicar una humillación sin formularla de manera literal. Quien recibe el mensaje entiende perfectamente la insinuación; quien lo emite conserva, si algún día la necesita, la posibilidad de refugiarse en la literalidad: yo solamente hablé de una pomada.
Nos resultó ofensivo. Pero la ofensa importa menos que el mecanismo que la precede. Ledesma no comenzó preguntándose si las objeciones hechas a la crónica eran correctas. Antes caracterizó a quienes las formulaban: frustrados, influencers, personas que no se enlodan los zapatos, individuos movidos por el celo profesional. Una vez degradado el interlocutor, su argumento deja de necesitar respuesta. Ya no es una persona que plantea una objeción; es alguien cuya objeción puede explicarse por su propia inferioridad.

Ese desplazamiento, del argumento hacia la identidad o las supuestas motivaciones de quien lo formula, fue una constante durante la controversia. Y es ahí donde este episodio deja de interesarnos como una pelea de redes sociales y empieza a revelar un problema más profundo del periodismo mexicano.
La inmunitas de Ferri
Roberto Esposito desarrolló una oposición particularmente útil para pensarlo: communitas e immunitas. La primera no designa simplemente un conjunto de personas que viven juntas. Proviene del munus: la obligación, la deuda, aquello que nos pone en relación con otros y nos impide existir completamente cerrados sobre nosotros mismos. La immunitas, por el contrario, introduce una exención: protege al individuo sustrayéndolo parcialmente de esa exposición común.
Aplicar esa idea al periodismo exige cuidado. La immunitas no es simplemente un privilegio ni una palabra elegante para designar una élite. Y el munus periodístico tampoco consiste en que un reportero tenga obligación de contestar personalmente cada crítica que recibe. La exposición que interesa aquí es anterior: ejercer periodismo significa aceptar que nuestro trabajo será observado, contrastado, discutido y, en ocasiones, refutado. Significa aceptar la posibilidad del error y la existencia del otro como interlocutor.
Los periodistas, además, necesitan protección. En un país en el que ejercer el oficio puede significar amenazas, espionaje, hostigamiento judicial, desplazamiento e incluso asesinato, sería absurdo romantizar la vulnerabilidad. La inmunidad cumple una función necesaria cuando protege la vida y permite que el periodismo continúe existiendo.
El problema comienza cuando la protección deja de distinguir entre amenaza y crítica. Si cuestionar una decisión narrativa es un ataque; si señalar una transgresión al Libro de Estilo es envidia; si disentir de un periodista reconocido revela frustración; si preguntarse por los límites éticos de una crónica demuestra que el crítico “no se enloda”; entonces la categoría de ataque comienza a expandirse hasta ocupar todo el espacio de la discrepancia.
Y en ese momento aparece el exceso inmunitario. Para proteger al periodismo de los ataques se lo protege también de la crítica. Y al protegerlo de la crítica se debilita precisamente aquello que lo hace periodismo. No necesitamos suponer que Ferri diseñó esa coraza. Durante el fin de semana, sencillamente guardó silencio mientras numerosas personas defendían su texto. Tiene derecho a hacerlo. Pero alrededor de ese silencio ocurrió algo verificable: otros periodistas se encargaron de desacreditar a sus críticos, explicar sus objeciones mediante supuestas patologías personales y convertir una discusión profesional en una defensa de pertenencias, trayectorias y jerarquías.
La immunitas aparece ahí no como una cualidad psicológica de Ferri, sino como un dispositivo colectivo. El periodista reconocido deja momentáneamente de estar sometido al mismo circuito de exposición que debería regir para cualquiera de nosotros porque un entramado de legitimidad profesional amortigua la crítica antes de que ésta pueda alcanzarlo. No se responde necesariamente al cuestionamiento: se cuestiona primero el derecho del otro a cuestionar.
Esa diferencia es importante porque la protección no está distribuida de manera uniforme. Hay periodistas respaldados por grandes redacciones, instituciones, colegas con capacidad de amplificación y redes profesionales capaces de reaccionar cuando consideran que uno de los suyos ha sido atacado. Y hay periodistas que trabajan sin una sola de esas protecciones, cuya credibilidad puede desaparecer después de un error, cuyo trabajo puede ser apropiado sin que nadie levante la voz y cuya única defensa termina siendo, demasiadas veces, callar.
EstadoRed conoce esa segunda posición. Hemos atravesado episodios que consideramos plagios de nuestro trabajo y durante años hemos experimentado el costo de producir periodismo sin pertenecer a los circuitos capaces de convertir una agresión individual en un asunto gremial. No afirmamos que exista una conspiración organizada detrás de ello ni tenemos elementos para atribuir esa dinámica a una institución determinada. Hablamos de algo más ordinario y quizá por eso más difícil de combatir: redes de afinidad, reconocimiento y prestigio que distribuyen de manera desigual quién merece ser escuchado, quién merece ser defendido y quién puede ser ignorado.
Por eso el episodio de Ferri produjo una reacción que excedió ampliamente la discusión de una crónica. Muchos periodistas reconocieron algo familiar: la experiencia de vivir fuera de esa coraza. Son quienes saben que pueden equivocarse y perder credibilidad; quienes han aprendido que las reglas de verificabilidad y rigor no son ornamentos retóricos sino, muchas veces, la única protección que poseen; quienes han trabajado durante años bajo la convicción de que una afirmación no demostrada puede destruir una investigación completa. Y observan después que esas reglas parecen flexibilizarse cuando quien comete el error posee suficiente capital simbólico.
No se trata de desear ese confort. Ésa es otra simplificación que apareció durante la discusión: imaginar que quien cuestiona un privilegio necesariamente desea poseerlo. No todos queremos inmunidad frente a la crítica. Algunos queremos exactamente lo contrario: que exista una comunidad profesional en la que la crítica pueda circular sin ser inmediatamente convertida en una agresión personal; en la que un periodista reconocido pueda equivocarse sin que reconocerlo se interprete como una demolición de su trayectoria; en la que señalar una falla no convierta al interlocutor en resentido, ignorante o enemigo.
«Enlodarse los zapatos»
Ledesma pareció interpretar buena parte de las reacciones contra la crónica como resultado del “celo profesional”. Esa explicación es cómoda porque elimina de un golpe la necesidad de escuchar lo que dijeron personas muy distintas entre sí. Si todos son envidiosos, no hay argumentos que examinar. Si todos están atacando, no existe crítica que responder. Si todos carecen de las “tablas” del periodista defendido, la jerarquía profesional termina funcionando como demostración de que el texto debe ser correcto.
Pero la jerarquía no puede sustituir al argumento. La defensora del lector de El País terminó confirmando precisamente aquello que muchos críticos habían señalado: existían recursos narrativos que no se ajustaban al Libro de Estilo y no era válido atribuir determinadas percepciones sin constancia de que la víctima las hubiera expresado. La discusión podía haber terminado allí con una conclusión bastante poco dramática: un periodista reconocido escribió una crónica con decisiones narrativas cuestionables; otros periodistas las cuestionaron; el propio periódico reconoció el problema. No ocurrió así.
Para entonces la discusión había adquirido otro significado. Ya no se debatía solamente un texto: se discutía quién tiene derecho a criticar a quién. Y quizá ésa fue la parte más reveladora. Durante años el periodismo ha reclamado (correctamente) que el poder acepte el escrutinio, responda preguntas incómodas y no convierta la crítica en persecución. Resulta difícil defender esos principios frente a gobiernos, empresas o instituciones si dentro del propio gremio comenzamos a tratar la crítica como una agresión de la que debemos inmunizarnos.
No puede exigirse apertura al poder mientras se construyen pequeñas zonas de excepción alrededor de nuestros propios prestigios. Tampoco puede reivindicarse la empatía como virtud periodística mientras se niega la condición de interlocutor a quien está fuera del círculo profesional que reconocemos. La empatía no consiste solamente en viajar hacia los lugares donde existe sufrimiento, caminar por ellos durante una cobertura y regresar con una historia. También consiste en admitir que quienes permanecen ahí, quienes trabajan lejos de las grandes redacciones o quienes no poseen los mismos respaldos pueden tener algo que decirnos.
“Enlodarse los zapatos” no puede convertirse en un título nobiliario. El lodo tampoco certifica la verdad. Y la trayectoria, por extraordinaria que sea, no vuelve infalible a nadie.
Quizá ésa sea la enseñanza incómoda de este episodio. La immunitas puede proteger la vida de una comunidad, pero cuando se expande demasiado comienza a protegerla también de aquello que necesita para mantenerse viva. En periodismo, una de esas cosas es la crítica.
No queremos que Pablo Ferri pierda la protección que cualquier periodista necesita. No queremos que Ernesto Ledesma deje de defender a un colega cuando considere que realmente está siendo atacado. Queremos algo mucho más elemental: que quienes ejercen ese poder de protección sean capaces de distinguir un ataque de una objeción.
Porque si toda crítica es violencia, la palabra violencia termina perdiendo significado. Si toda discrepancia es envidia, el mérito se vuelve una muralla. Y si toda observación incómoda puede responderse diagnosticando frustración en quien la formula y recomendándole después una pomada, la discusión profesional deja de ser una discusión para convertirse en una ceremonia de pertenencia.
Nosotros preferimos seguir fuera de esa ceremonia. No porque resulte cómodo. Precisamente porque no lo es. El periodismo no necesita una clase inmune a la crítica. Necesita periodistas suficientemente protegidos para ejercer su trabajo y suficientemente expuestos para que alguien pueda decirles, cuando haga falta: aquí te equivocaste.
Esta vez, incluso el propio periódico lo dijo.
