Interjeto: el sujeto que creyó ser sistema

Interjeto: el sujeto que creyó ser sistema

Resumen 
Este ensayo propone el concepto de interjeto para nombrar una figura subjetiva de la sociedad red automatizada: un sujeto que no posee los medios de producción ni constituye un sistema autónomo, pero adquiere agencia al conectar subgrafos dentro de infraestructuras que no controla. A partir de Castells, Luhmann, Marx y la teoría de redes, el texto distingue entre propiedad, autonomía y conectividad. La IA no libera al sujeto mediante la entrega de medios de producción; le ofrece acceso condicionado a una arquitectura técnica compuesta por modelos, nube, servidores, chips, lenguajes, APIs y plataformas. Sin embargo, esa dependencia no elimina toda agencia: el interjeto opera como nodo de intermediación, conecta clusters, activa lazos débiles y ocupa agujeros estructurales. Su potencia no es soberanía, sino articulación.

La inteligencia artificial no aparece en el vacío. No irrumpe sobre una sociedad industrial intacta ni sobre individuos aislados que de pronto reciben una herramienta extraordinaria. Aparece sobre una sociedad ya organizada por redes, flujos, nodos, plataformas, dependencias técnicas y circuitos de información. Antes de que la IA prometiera automatizar tareas, la sociedad red ya había reorganizado la forma de producir, trabajar, comunicar, aprender, vigilar y excluir.

Manuel Castells permitió pensar ese desplazamiento con una precisión que hoy vuelve a ser necesaria. El poder contemporáneo no opera únicamente desde instituciones cerradas, territorios delimitados o fábricas concentradas, sino desde redes capaces de conectar y desconectar nodos, administrar flujos, programar circuitos y decidir qué queda dentro o fuera de la circulación. La IA no sustituye esa arquitectura: se monta sobre ella, la acelera y la vuelve más opaca. La sociedad red automatizada no solo conecta personas; conecta capacidades, datos, modelos, interfaces, archivos, reputaciones, lenguajes, mercados y decisiones.

En ese contexto aparece una figura que no se entiende del todo desde las categorías laborales heredadas. No es exactamente el trabajador asalariado clásico, integrado a una institución mediante contrato, jerarquía y salario. Tampoco es únicamente el expulsado por la automatización, el sujeto que queda fuera porque el sistema decide eliminar fricción humana. Esa figura existe y puede llamarse ectojeto: el sujeto expulsado por una arquitectura que lo considera lento, costoso, conflictivo o sustituible.

Pero hay otra figura. Una figura que no parece simplemente expulsada, sino desplazada hacia una zona de intermediación. Un sujeto que utiliza IA para conectar herramientas, archivos, clientes, comunidades, procesos, saberes y lenguajes técnicos que antes dependían de organizaciones más pesadas. Ese sujeto no solo queda fuera: opera en el entre. No es centro, no es residuo, no es propietario pleno. Es un sujeto-conector. A esa figura podemos llamarla interjeto.

El interjeto aparece primero como una promesa de autonomía. Con IA puede escribir, programar, investigar, diseñar, traducir, automatizar, editar, analizar datos, producir documentos, abrir canales de distribución, crear servicios o articular proyectos que antes habrían requerido una redacción, una agencia, una universidad, un despacho, un departamento técnico o una empresa. Desde esa primera mirada, parece que el sujeto recibió una capacidad productiva nueva. Parece que puede autoemplearse, autoorganizarse y producir sin pedir permiso a las instituciones que antes monopolizaban la intermediación.

Esa primera imagen tiene una fuerza política evidente. Desde una lectura marxista inicial, podría pensarse que la IA entrega al sujeto algo parecido a medios de producción y ese sujeto autoempleado parecería recuperar una relación directa con su capacidad de producir. Si antes necesitaban una institución para acceder a herramientas, circulación, legitimidad y escala, ahora pueden ensamblar parte de ese circuito desde una computadora, una suscripción, un modelo y una red de contactos.

Pero esa hipótesis es insuficiente. El interjeto no posee los medios de producción en sentido fuerte. No posee la nube, los servidores, los centros de datos, los chips, los modelos fundacionales, los lenguajes de programación, las APIs, los sistemas operativos, las tiendas de aplicaciones, las plataformas de distribución ni las reglas de visibilidad. Tampoco controla las condiciones de acceso, precio, actualización, moderación, compatibilidad o cierre de esas infraestructuras. Lo que aparece como posesión es, en realidad, acceso condicionado.

La IA no debe entenderse como una herramienta aislada que el sujeto coloca sobre su escritorio. Es una arquitectura completa: industrial, computacional, energética, lingüística, logística y financiera. Cuando el interjeto produce con IA, no produce desde una máquina propia, sino desde una cadena de dependencias que permanece en manos de otros actores. Puede operar capacidades productivas, pero no gobierna la infraestructura que las hace posibles.

Por eso el interjeto no es el sujeto emancipado que por fin posee sus medios de producción. Su situación es más ambigua. No recibe la fábrica: recibe una interfaz hacia una fábrica distribuida que no controla. No posee los medios de producción: accede a medios de articulación. Puede conectar, recombinar, traducir y operar procesos, pero lo hace sobre una arquitectura ajena que puede modificar sus condiciones en cualquier momento.

El Sistema y el interjeto

Aquí aparece una segunda ilusión: la de sistema propio. El interjeto no solo cree que produce por sí mismo; también puede creer que se ha convertido en su propio sistema. Administra, decide qué conectar, qué descartar, qué automatizar. Desde su experiencia cotidiana, su práctica parece autorregularse. Ya no depende de una sola institución; se mueve entre varias. Ya no responde a una oficina; responde a flujos múltiples. Ya no está atado a un único organigrama; construye su propio circuito operativo.

Desde una lectura luhmanniana, el interjeto no se vuelve un sistema autónomo simplemente porque organice operaciones. Su autonomía es parcial porque sus operaciones dependen de sistemas mayores: economía, tecnología, derecho, plataformas, comunicación pública, mercados laborales, sistemas de reputación, lenguajes técnicos y condiciones de acceso. El interjeto no está fuera de esos sistemas; funciona como zona de acoplamiento entre ellos.

Su aparente autosuficiencia proviene de su posición. Como conecta muchos entornos, percibe su movilidad como soberanía. Como cruza herramientas, interpreta su circulación como independencia. Como puede producir sin una institución fija, cree que la institución dejó de importar. Pero lo que ocurre no es una salida plena del sistema, sino una modificación de su posición dentro de él.

El interjeto es un sujeto del sistema que cree haber devenido sistema. Esa frase no debe entenderse como descalificación. El interjeto no es ingenuo en un sentido simple. Su experiencia de autonomía no es falsa porque sí. Tiene una base material: efectivamente puede hacer más cosas, acceder a más capacidades, cruzar más mundos y ensamblar procesos que antes estaban fragmentados. Pero esa experiencia confunde dos niveles distintos. Una cosa es operar conexiones. Otra es controlar las condiciones generales de conectividad.

En ese punto aparece una segunda hipótesis falsa: si el interjeto no posee medios de producción y tampoco constituye un sistema autónomo, entonces quizá no tiene agencia. Quizá solo es una pieza más de la arquitectura IA. Quizá su autonomía es pura ilusión y su actividad no hace otra cosa que alimentar plataformas, modelos, métricas y flujos de datos que no controla. Esa conclusión también sería incompleta.

El interjeto sí tiene agencia, pero no en la forma clásica de la soberanía. Su agencia no está en poseer la infraestructura ni en programar la red completa. Está en conectar clusters. Su poder no es el del dueño ni necesariamente el del hub. Es el poder de intermediación: la capacidad de situarse entre clusters, traducir entre lenguajes, activar relaciones débiles, ocupar huecos estructurales y crear rutas donde antes había separación.

Aquí la teoría de redes permite ver algo que la teoría de la propiedad no alcanza a describir. En una red, no todos los nodos importantes son hubs. Algunos concentran muchas conexiones y se vuelven visibles por volumen; otros importan porque están entre mundos que no se conectan directamente. Mark Granovetter (1973) mostró que los lazos débiles pueden funcionar como puentes entre círculos sociales distintos; Ronal Burt desarrolló la idea de los “agujeros estructurales” para explicar el valor de quienes conectan grupos separados. Las personas que logran tender un puente sobre estos vacíos se convierten en intermediarios y obtienen un valor estratégico y social invaluable.
La centralidad de intermediación mide precisamente la frecuencia con que un nodo aparece en los caminos entre otros nodos. Su valor no proviene de acumular enlaces, sino de permitir el paso entre zonas de la red.

Un nodo puede no ser el más conectado y aun así resultar estratégico si muchos caminos pasan por él. En redes sociales, los lazos débiles pueden permitir que información, oportunidades y recursos crucen de un grupo a otro. Los agujeros estructurales muestran que hay poder en ocupar el espacio entre comunidades separadas. Las redes no se sostienen únicamente por centros visibles; también se sostienen por intermediaciones discretas. El interjeto pertenece a esa familia de nodos.

No es necesariamente un hub. No concentra la red. No dirige la arquitectura. No posee la infraestructura. Pero conecta. Conecta archivos con públicos, herramientas con problemas, comunidades con lenguajes técnicos, clientes con soluciones, memorias locales con sistemas automatizados, saberes profesionales con modelos generativos, necesidades dispersas con circuitos de producción. Su agencia aparece en el cruce, no en el centro.

Por eso la frase “no posee medios de producción” no agota el problema. El interjeto no posee medios de producción, pero puede administrar medios de articulación. Y en una sociedad red automatizada, articular no es una función menor. Articular significa hacer circular, traducir, ensamblar, recombinar, volver interoperables fragmentos que antes permanecían separados. Significa producir caminos.

Esta distinción modifica también la lectura política. Si el sistema industrial necesitaba integrar sujetos a instituciones relativamente estables, la sociedad red automatizada puede preferir sujetos más livianos, más móviles y menos integrados. El interjeto reduce fricción porque no exige necesariamente una plaza, una carrera institucional, una redacción completa, una oficina, una jerarquía o una pertenencia total. Pero aumenta conectividad porque enlaza procesos, comunidades y saberes que el sistema no siempre puede conectar desde sus centros.

En ese sentido, el interjeto puede ser una figura funcional al nuevo sistema. Conecta sin reclamar centralidad. Traduce sin poseer la infraestructura. Produce continuidad sin exigir integración plena. Puede sostener flujos donde antes hacían falta instituciones completas. Puede compensar la retirada de hubs humanos o institucionales mediante una multiplicidad de conexiones laterales.

Interjeto y agencia

Pero esa funcionalidad no lo vuelve completamente dócil. Si muchos interjetos conectan subgrafos, la red puede volverse más flexible, más redundante y menos dependiente de centros visibles. Puede sostener circulación incluso cuando ciertos hubs se debilitan, desaparecen o son sustituidos por plataformas. También puede producir rutas imprevistas, asociaciones laterales, circuitos pequeños, archivos alternativos, formas de cooperación no diseñadas desde arriba. El interjeto sirve al sistema porque conecta, pero esa misma capacidad de conexión puede volver la red menos centralizable.

Ahí está su ambigüedad. El interjeto no es una figura emancipatoria pura ni una pieza pasiva de captura. Es una posición de agencia conectiva bajo dependencia infraestructural. Su potencia es real, pero condicionada. Su movilidad existe, pero no equivale a soberanía. Su capacidad de recombinación puede abrir circuitos, pero no elimina la arquitectura que los condiciona.

Castells vuelve aquí como marco de cierre. En la sociedad red, el poder no consiste solamente en poseer medios materiales, sino en programar redes, administrar flujos y decidir conexiones. El interjeto no programa la red en sentido fuerte. No determina sus protocolos, sus límites, sus reglas de acceso ni sus infraestructuras profundas. Pero participa en su circulación. Es una figura menor, quizá subordinada, pero decisiva: hace pasar cosas entre subgrafos.

El interjeto no es dueño del sistema; es el sujeto que aprende a moverse entre sus subgrafos. Por eso no debe confundirse con el emprendedor heroico de la ideología tecnológica. Tampoco con el trabajador derrotado de la automatización. El interjeto es otra cosa: un sujeto que gana agencia no porque se libere de la red, sino porque aprende a operar en sus intersticios. No sale del sistema; conecta partes del sistema. No posee la arquitectura; la atraviesa. No controla los flujos; los hace circular localmente.

Su tragedia posible consiste en confundir conectividad con autonomía. Su potencia posible consiste en descubrir que la conectividad también es una forma de agencia.

El ectojeto revela la violencia de un sistema que expulsa sujetos para eliminar fricción. El interjeto revela algo más ambiguo: la capacidad del mismo sistema para producir sujetos conectivos, móviles, parcialmente autónomos y profundamente dependientes. Sujetos que creen haber construido su propio circuito, cuando en realidad operan dentro de una arquitectura mayor. Sujetos que no son propietarios, pero tampoco meros residuos. Sujetos que no gobiernan la red, pero pueden modificar sus caminos.

En la sociedad red automatizada, el sujeto ya no se define únicamente por su lugar en la fábrica, la oficina o la institución. También se define por su capacidad de conectar. Esa capacidad no lo libera por completo, pero tampoco debe despreciarse. El interjeto nombra precisamente esa zona inestable: la del sujeto que no posee el sistema, pero aprende a cruzarlo.

La IA no entregó al interjeto los medios de producción. Le entregó, de forma condicionada, una capacidad aumentada de articulación. Y en un mundo organizado por redes, articular puede ser una forma menor, frágil y ambigua de poder.

El interjeto es, entonces, el sujeto que creyó ser sistema. Pero al equivocarse, descubrió algo verdadero: que incluso dentro de infraestructuras ajenas, conectar sigue siendo una forma de agencia.

Referencias

Castells, Manuel. La era de la información: economía, sociedad y cultura. Vol. I: La sociedad red. Alianza Editorial.

Castells, Manuel. Comunicación y poder. Alianza Editorial, 2009.

Luhmann, Niklas. Social Systems. Stanford University Press, 1995.

Marx, Karl. Capital: A Critique of Political Economy, vol. 1. 1867.

Granovetter, Mark S. “The Strength of Weak Ties.” American Journal of Sociology, vol. 78, no. 6, 1973.

Burt, Ronald S. “Structural Holes and Good Ideas.” American Journal of Sociology, vol. 110, no. 2, 2004.

Freeman, Linton C. “A Set of Measures of Centrality Based on Betweenness.” Sociometry, vol. 40, no. 1, 1977.

Barabási, Albert-László. Linked: The New Science of Networks. Perseus, 2002.

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