Antes de culpar a la IA, habría que auditar internet

Antes de culpar a la IA, habría que auditar internet

La discusión contemporánea sobre inteligencia artificial suele partir de una premisa incompleta: que la IA habría inaugurado una crisis del pensamiento, de la autoría y del conocimiento. Sin embargo, esa crisis no empezó con los modelos generativos. La IA comenzó a operar sobre un ecosistema cultural que ya había sido transformado profundamente por internet.

Desde finales de los años noventa y durante las primeras décadas del siglo XXI, internet modificó las condiciones de acceso a la información, a la cultura general y a las herramientas digitales. Personas que antes estaban limitadas a repertorios locales pudieron conocer música, cine, diseño, teoría, software, lenguajes visuales y debates internacionales que antes circulaban de manera restringida. En ese sentido, internet tuvo un efecto culturizador masivo: amplió horizontes, abrió archivos, democratizó referencias y permitió que millones de usuarios adquirieran habilidades fuera de las instituciones tradicionales.

Pero esa democratización tuvo costos. La expansión del acceso no ocurrió mediante procesos ordenados, sólidos o necesariamente formativos, sino a través de una circulación caótica de textos copiados, páginas con contenido de baja calidad, tutoriales incompletos, archivos pirata, información desorganizada y no verificada en foros y blogs, diseños improvisados, contenidos de baja calidad y materiales reciclados. Internet no solo distribuyó cultura: transformó la forma de adquirirla. En muchos casos, el aprendizaje dejó de estar asociado con el estudio sostenido y pasó a depender de la búsqueda rápida, la copia, la adaptación y el ensamblaje de fragmentos.

Ese cambio alteró el paradigma cognitivo e intelectual. La memoria perdió valor frente a la capacidad de búsqueda en Google; la investigación se confundió con la recuperación de información; la comprensión fue desplazada por la habilidad de encontrar, copiar o reformular contenidos. En el ámbito escolar, esta transformación fue evidente desde muy temprano: estudiantes que copiaban páginas enteras de enciclopedias digitales, Wikipedia o sitios de tareas y las entregaban como trabajos de investigación. Lo que hoy se denuncia como sustitución del pensamiento mediante IA tuvo antecedentes claros en la cultura del copiar y pegar.

La red también desequilibró el ecosistema simbólico donde ciertas personas eran reconocidas por sus aportes intelectuales, técnicos o profesionales. Antes de la masificación digital, el acceso a ciertos conocimientos, referencias culturales o herramientas especializadas implicaba tiempo, trayectoria, formación, recursos o una búsqueda deliberada. Internet volvió parte de ese capital cultural más accesible, pero también más imitable. Democratizó el conocimiento, pero también democratizó la impostura.

El resultado fue ambivalente. Algunas personas se beneficiaron enormemente: aprendieron diseño, programación, edición, idiomas, escritura, análisis político, cultura visual o pensamiento crítico gracias a una red abierta y abundante. Otras, en cambio, quedaron atrapadas en una dieta de residuos digitales: contenidos pobres, plagios, opiniones prefabricadas, lectura fragmentaria y estímulo permanente. La misma infraestructura que amplió el mundo también debilitó hábitos cognitivos como la atención prolongada, la lectura lenta, la memoria, la elaboración propia y la capacidad de distinguir entre información y conocimiento.

Por eso la crítica actual a la inteligencia artificial no puede hacerse como si la IA hubiera aparecido en una cultura intelectual sana. Los modelos generativos fueron entrenados sobre el sedimento de internet: archivos, libros, foros, blogs, periodismo, ciencia, propaganda, basura SEO, memes, errores, plagios, tutoriales, genialidades marginales y contenidos degradados. La IA heredó esa mezcla, la reorganizó y la devolvió con una apariencia más limpia, más fluida y más convincente.

La inteligencia artificial no inventó la copia, la simulación intelectual, la saturación ni la pérdida de hábitos cognitivos profundos. Las encontró ya normalizadas. Su novedad consiste en haber automatizado y refinado procesos que internet ya había instalado: convertir acceso en mérito, búsqueda en conocimiento, copia en producción y ensamblaje de información en pensamiento aparente.

Antes de culpar a la IA por la degradación cultural contemporánea, habría que auditar internet. Revisar cómo transformó la relación entre saber, buscar, copiar, comprender y producir. Reconocer que culturizó masivamente a la población, pero a un costo alto: saturación, plagio, precarización del criterio y desplazamiento de formas más lentas de elaboración intelectual.

La IA no destruyó una cultura digital intacta. Llegó después de que internet ya había confundido acceso con conocimiento, copia con investigación y producción masiva con inteligencia. Lo que hoy aparece como crisis de la IA es, en parte, el retorno amplificado de una crisis anterior: la de una cultura digital que democratizó el saber sin resolver qué hacer con sus residuos.

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