México prepara una discusión nacional sobre el uso de redes sociales y dispositivos digitales entre menores mientras legisladores han propuesto restricciones más amplias. Los riesgos que motivan el debate están documentados, pero existe otra parte menos visible del uso juvenil de internet: adolescentes que encuentran pares con sus mismos intereses, estudian contenidos que exceden el currículo escolar, desarrollan software e incluso participan en investigación científica.
Un adolescente interesado obsesivamente en matemáticas puede pasar una tarde intentando resolver un problema que no aparece en ningún libro de su escuela. Cuando no encuentra la respuesta, entra a un foro, publica lo que ha intentado y recibe observaciones de estudiantes y matemáticos situados en otros países. Otro joven puede aprender programación entrando a un proyecto compartido, revisar código escrito por desconocidos y terminar aportando una corrección que utilizarán otras personas. En comunidades de chat existen estudiantes que intercambian libros, explicaciones y problemas; algunos llegan después a programas donde trabajan sobre preguntas matemáticas abiertas bajo supervisión de investigadores.
Es un uso de internet considerablemente diferente del que domina actualmente la discusión sobre niñas, niños y adolescentes. México desarrolla durante 2026 una serie de foros regionales para elaborar una propuesta nacional sobre plataformas digitales y redes sociales dirigida a menores. El gobierno ha planteado que el proceso debe construirse mediante discusión pública y evidencia y que no debería reducirse únicamente a prohibir teléfonos dentro de las escuelas. Los siguientes encuentros están previstos para el 19 de agosto en Nuevo León, el 3 de septiembre en Chiapas y el 17 de septiembre en Guerrero.
La preocupación que origina esos debates tiene fundamentos concretos. Autoridades, investigadores y organizaciones han estudiado el efecto del uso compulsivo de plataformas, el acoso, contenidos sexuales, desinformación, problemas de privacidad y mecanismos algorítmicos destinados a prolongar el tiempo de permanencia. La Secretaría de Educación Pública ha señalado que busca analizar cómo dispositivos y algoritmos modifican hábitos, conductas y rutinas de niñas, niños y adolescentes y sostiene que una futura política debe apoyarse en evidencia científica.
Pero existe otra pregunta considerablemente menos visible: ¿qué hacen en internet los adolescentes cuando precisamente lo utilizan para aprender?
En los materiales públicos revisados por EstadoRed sobre la actual discusión mexicana aparecen referencias al aprovechamiento educativo de la tecnología, alfabetización digital, acompañamiento familiar y desarrollo de capacidades para utilizar dispositivos críticamente. Sin embargo, no encontramos un análisis equivalente sobre otro fenómeno documentado por la investigación educativa: jóvenes que utilizan internet autónomamente para encontrar pares intelectuales, incorporarse a comunidades especializadas, estudiar por encima de su grado escolar o participar en proyectos que difícilmente podrían encontrar en su entorno físico. Esto no significa que las autoridades mexicanas nunca hayan estudiado esos usos, sino que no tienen hasta ahora una presencia comparable en los documentos públicos que sustentan el debate.
La diferencia es importante porque utilizar tecnología dentro de una escuela y construir una trayectoria de aprendizaje mediante internet son fenómenos distintos. Un profesor puede incorporar una tableta, un video o una plataforma interactiva a una clase. En otro escenario, un adolescente descubre por su cuenta un área de matemáticas, encuentra a otros jóvenes interesados, aprende qué libros debe leer, observa cómo resuelven problemas estudiantes más avanzados, pregunta cuando se atasca y eventualmente participa en proyectos que superan ampliamente el currículo correspondiente a su edad.
Internet puede encontrar los pares que la geografía no encuentra
Para jóvenes con alta capacidad académica o intereses intelectuales particularmente intensos, uno de los recursos más importantes de internet no es el acceso a información, sino el acceso a personas que comparten el mismo nivel de curiosidad.
La escuela agrupa principalmente a estudiantes por edad y ubicación. Un adolescente interesado en teoría de números puede compartir salón con 30 personas sin que ninguna quiera dedicar varias horas a discutir números primos; otro puede querer aprender un lenguaje de programación que ningún profesor de su escuela conoce. Internet elimina parcialmente esa restricción geográfica y permite organizar comunidades alrededor de intereses en lugar de hacerlo exclusivamente por edad.
La investigación educativa aporta algunas pistas sobre por qué determinados estudiantes aprovechan especialmente esos entornos. Un estudio con 98 alumnos encontró que estudiantes identificados como de alta capacidad utilizaban con mayor frecuencia estrategias complejas de aprendizaje autorregulado cuando trabajaban en un entorno digital con múltiples fuentes de información. Entre esas estrategias estaba coordinar diferentes fuentes para resolver una tarea, mientras que estudiantes del grupo de comparación recurrían con mayor frecuencia a procedimientos más simples. Los investigadores advirtieron también que los entornos digitales abiertos exigen capacidad de planificación, monitoreo y selección de información y que no todos los estudiantes los aprovechan de la misma manera.
Esto introduce una distinción relevante para cualquier política sobre pantallas: el número de minutos conectado no describe necesariamente lo que un estudiante está haciendo durante esos minutos. Dos adolescentes pueden permanecer una hora frente a una computadora mientras realizan actividades pedagógicamente incompatibles: uno puede desplazarse pasivamente por contenido recomendado y otro coordinar varias fuentes para resolver un problema que eligió investigar.
De preguntar en un foro a producir investigación
Existen casos en los que este aprendizaje deja incluso de consistir en estudiar conocimiento existente. El programa PRIMES del Massachusetts Institute of Technology permite que estudiantes de preparatoria trabajen con investigadores sobre problemas matemáticos no resueltos. Su modalidad PRIMES-USA utiliza mentoría a distancia y CrowdMath, desarrollado junto con Art of Problem Solving, abre proyectos colaborativos de investigación en línea a estudiantes de preparatoria y universidad de cualquier país. MIT explica que los participantes trabajan mediante foros con mentores y pares y que algunos proyectos terminan produciendo artículos de investigación.
No es una posibilidad únicamente teórica. El archivo de PRIMES contiene trabajos producidos por esos proyectos y en julio de 2026 registró un nuevo resultado de CrowdMath sobre estructuras algebraicas. MIT también conserva trabajos anteriores en los que estudiantes de preparatoria publicaban ideas y avances durante un año en foros en línea bajo supervisión de mentores.
La New York Academy of Sciences desarrolla otro modelo. Su Junior Academy reúne a jóvenes de entre 13 y 17 años en una plataforma virtual donde forman equipos internacionales y trabajan con especialistas STEM para proponer soluciones a problemas reales. Los estudiantes investigan, diseñan propuestas, prueban hipótesis, analizan resultados y presentan sus soluciones; pueden participar desde cualquier lugar y durante el ciclo 2025-2026 trabajaron jóvenes distribuidos entre distintos países y zonas horarias.
Son programas institucionales, pero hacen visible un comportamiento que también puede ocurrir informalmente en la red: internet permite que un adolescente deje de limitarse a recibir conocimiento preparado para su grado escolar y encuentre personas con quienes producir algo nuevo.
Comunidades que no parecen escuelas
Parte de ese aprendizaje ocurre además en lugares que difícilmente serían clasificados a primera vista como plataformas educativas. Discord, Reddit, GitHub, blogs, foros especializados y otros servicios albergan grupos organizados alrededor de programación, matemáticas, electrónica, astronomía, idiomas, escritura o ciencias.
En esas comunidades la secuencia de aprendizaje puede invertir el modelo tradicional. El estudiante no recibe primero un programa completo para posteriormente demostrar lo aprendido. Puede comenzar porque quiere construir algo: un programa, un robot, una demostración matemática o un pequeño experimento. Cuando encuentra un problema busca documentación, pregunta a otra persona, observa cómo trabajan participantes más avanzados, corrige su proyecto y después puede utilizar lo aprendido para ayudar a alguien que llega detrás.
Desde la perspectiva pedagógica, este comportamiento se acerca a lo que la literatura sobre connected learning describe como aprendizaje conectado: los intereses personales adquieren mayor potencia educativa cuando se vinculan con pares y mentores y conducen a oportunidades académicas, profesionales, creativas o cívicas. Investigaciones del Connected Learning Lab de la Universidad de California en Irvine han estudiado precisamente espacios juveniles en línea donde la convivencia social, los intereses compartidos y la producción de proyectos terminan entrelazándose con el aprendizaje.
Los pares tienen además un papel especialmente importante durante la adolescencia. Un experimento con jóvenes de alrededor de 13 años encontró que las características de los pares representados dentro de un entorno virtual podían modificar resultados de aprendizaje y motivación, aunque también mostró que ciertos tipos de comparación social podían perjudicarlos. La conclusión es menos sencilla que afirmar que socializar en línea es positivo o negativo: la estructura de la comunidad y las interacciones que promueve importan.
Por razones de protección, EstadoRed no identifica en esta nota pequeños servidores, grupos privados o comunidades espontáneas formadas principalmente por menores, aun cuando algunos son públicamente localizables. Su existencia ayuda a entender el fenómeno, pero aumentar innecesariamente su exposición podría atraer adultos, acoso o participantes que alteren espacios creados originalmente para comunidades reducidas. Sí mencionamos programas institucionales cuyo propósito explícito es recibir estudiantes y que cuentan con mecanismos formales de participación.
El problema de regular una categoría llamada “red social”
La distinción adquiere importancia porque algunas propuestas legislativas mexicanas utilizan categorías considerablemente amplias. Una iniciativa presentada en marzo plantea prohibir a menores de 16 años el acceso y uso de redes sociales y “plataformas digitales de interacción social”, salvo autorización y supervisión directa de madres, padres o tutores. La propuesta también contempla verificación obligatoria de edad y herramientas de supervisión parental. Se trata de una iniciativa legislativa y no de una prohibición nacional actualmente vigente.
Otra iniciativa presentada ese mismo mes propone impedir durante toda la jornada escolar el uso de teléfonos celulares, tabletas y dispositivos electrónicos personales en educación básica, incluidos los recesos, excepto cuando un docente los requiera expresamente como herramienta pedagógica o exista una emergencia. También se trata de una propuesta legislativa.
Ninguna de esas medidas elimina necesariamente las comunidades de aprendizaje descritas en esta nota, particularmente cuando funcionan fuera del horario escolar o cuentan con autorización familiar. Pero muestran una dificultad conceptual: “plataforma de interacción social” no es sinónimo de plataforma de entretenimiento.
La interacción social es también el mecanismo que permite a un joven hacer una pregunta, encontrar un mentor, revisar el trabajo de un compañero o formar un equipo internacional. Una herramienta como un foro puede utilizarse para desinformación o para resolver matemáticas avanzadas; un chat puede servir para mantener una conversación dañina o para que varios adolescentes trabajen juntos en un problema que ninguno podría solucionar por separado.
Regular únicamente por el nombre de la tecnología puede, por tanto, ocultar diferencias sustanciales entre sus usos.
La escuela no siempre puede proporcionar esas comunidades
Este fenómeno tampoco interesa solamente a estudiantes excepcionalmente dotados. Un adolescente no necesita tener un coeficiente intelectual extraordinario para que su interés supere los recursos disponibles en su escuela.
La limitación puede ser geográfica. Una estudiante que vive en una localidad pequeña quizá no conozca personalmente a nadie interesado en astronomía. Puede ser institucional: su escuela puede no ofrecer programación, filosofía, robótica o matemáticas avanzadas. También puede ser simplemente estadística: cuanto más específico sea un interés, menor será la probabilidad de encontrar por casualidad varios compañeros de la misma edad que lo compartan.
Internet cambia esa ecuación. La persona que en su salón parece extrañamente obsesionada con un tema puede descubrir que existen cientos de jóvenes con la misma obsesión.
Y el efecto potencial no es únicamente académico. Encontrar pares permite también construir una identidad alrededor del conocimiento. Un adolescente que lee sobre programación está aprendiendo programación; uno que contribuye reiteradamente a proyectos compartidos empieza a reconocerse como programador. Quien participa en una investigación matemática puede comenzar a imaginarse como investigador. El conocimiento deja de ser exclusivamente algo que debe demostrar en un examen y pasa a convertirse en una actividad social en la que tiene un lugar.
Programas como Junior Academy muestran esta transición de forma explícita: adolescentes separados por países y horarios forman equipos, trabajan con profesionales y presentan soluciones propias. CrowdMath va todavía más lejos al proporcionar una comunidad internacional donde estudiantes pueden participar en investigación matemática real.
Una fotografía incompleta puede producir una regulación incompleta
Nada de esto invalida los riesgos que motivan la actual discusión. Un adolescente que utiliza internet para estudiar también puede ser víctima de acoso, manipulación, fraude o contacto inapropiado con adultos. Los sistemas de recomendación pueden promover consumo compulsivo y las comunidades juveniles necesitan mecanismos de protección. Tampoco cualquier uso que un estudiante denomine educativo necesariamente produce aprendizaje.
El problema es otro: una política pública necesita conocer tanto aquello que pretende reducir como aquello que podría reducir accidentalmente.
Si la investigación sobre menores e internet observa principalmente tiempo de pantalla, exposición a contenido dañino, dependencia, desinformación y problemas psicológicos, obtendrá una descripción real pero incompleta. Puede quedar fuera otra secuencia igualmente posible: un interés lleva a una búsqueda; la búsqueda conduce a una comunidad; la comunidad proporciona pares y mentores; esos vínculos conducen a nuevos recursos y finalmente a un proyecto, una competencia o una investigación.
El propio gobierno mexicano ha reconocido que necesita más evidencia nacional y que la discusión debe ir más allá de prohibir teléfonos. La SEP sostiene que la construcción de una política debe considerar evidencia científica y desarrollar una cultura digital crítica y responsable, no limitarse a eliminar dispositivos de las aulas.
Esa apertura ofrece una oportunidad para ampliar la pregunta. México está estudiando de qué necesita proteger a sus adolescentes cuando utilizan internet. También tendría que estudiar qué pueden perder algunos de ellos si determinadas formas de acceso desaparecen.
Para un estudiante, apagar una pantalla puede significar interrumpir entretenimiento. Para otro puede significar cerrar el libro que estaba leyendo. Y para algunos puede significar algo que durante gran parte de la historia humana habría sido prácticamente imposible: perder el único lugar donde habían logrado encontrar a otras personas de su edad que querían entender exactamente la misma cosa.
