Cómo la guerra contra la desinformación terminó aislando a los medios pequeños

Cómo la guerra contra la desinformación terminó aislando a los medios pequeños

Después del triunfo electoral de Donald Trump en 2016, gobiernos, plataformas, universidades, consultoras y organizaciones civiles construyeron una nueva industria de combate a la desinformación. Esa industria partió de una premisa razonable, pero incompleta: que las campañas de manipulación podían detectarse rastreando redes coordinadas de bots y perfiles de portales periodísticos falsos. 

El problema es que esa mirada encontró primero lo más visible: redes oportunistas, granjas de contenido, sitios falsos montados en WordPress, páginas de Facebook monetizadas con publicidad y operadores de baja escala que aprovechaban el caos informativo. Casos como los sitios de Veles, Macedonia, se volvieron emblemáticos: Cientos de adolescentes y jóvenes crearon más de 100 sitios web con nombres como USA Daily News 24 o WorldPoliticUs, copiando y fabricando contenido pro-Trump o anti-Clinton sin importarles la veracidad.

Pero al convertir esos casos visibles en el modelo general de “la desinformación”, se produjo un error de escala: se confundió la superficie detectable con la estructura profunda del problema.Lo que vino después afectó a todo el ecosistema mediático, pero golpeó con especial dureza a los medios pequeños, emergentes, locales e independientes.

Lo que sí pasó

Después de 2016, Facebook, Google, Twitter/X y otras plataformas fueron presionadas para mostrar que estaban haciendo algo contra la desinformación. En Europa, por ejemplo, el Código de Buenas Prácticas sobre Desinformación de 2018 reunió a plataformas, empresas tecnológicas y actores publicitarios alrededor de compromisos sobre publicidad política, desmonetización, integridad de servicios, fact-checking y acceso a datos para investigadores.

La propia Comisión Europea reconoció que ese código, nacido en 2018, debía fortalecerse hasta convertirse en un esquema más amplio, vinculado con la Ley de Servicios Digitales, con medidas para desmonetizar desinformación, ampliar el fact-checking y monitorear plataformas.

En paralelo, Facebook hizo un giro decisivo en 2018: anunció que priorizaría publicaciones de amigos, familia y grupos sobre contenido público de páginas, marcas y medios. El cambio fue presentado como una forma de limitar la difusión de información falsa y reducir la circulación de contenido problemático. Pero también transformó por completo el paisaje para los editores que dependían del tráfico social. La solución contra la desinformación no solo golpeó a los falsificadores. También golpeó a quienes intentaban construir comunidad desde abajo.

El diagnóstico errado

El diagnóstico oficial miró la desinformación como si fuera principalmente un problema de redes visibles de distribución: páginas conectadas, dominios falsos, bots, granjas de clics, comportamiento coordinado, tráfico anómalo.

Eso permitió encontrar cosas reales, sí. Pero muchas veces encontró la capa más barata y oportunista del ecosistema: gente que montaba sitios falsos, reciclaba titulares, explotaba el enojo político y monetizaba con anuncios. No necesariamente eran el centro de mando de la manipulación política global. Eran, muchas veces, parásitos del incendio, no los arquitectos del incendio.

Mientras tanto, las operaciones más profundas podían estar en otra parte: financiamiento político opaco, think tanks, consultoras, compra de influencia, pauta segmentada, medios formalmente legales, redes de relaciones públicas, manipulación algorítmica, agencias, campañas de reputación, estructuras partidistas o corporativas.

Es decir: no necesariamente “bots rusos”, sino economías completas de influencia. El problema no es que la desinformación no existiera. Sí hubo campañas coordinadas, operaciones extranjeras, bots, manipulación y granjas de contenido. El problema es que se diseñó una respuesta tecnocrática, policial y algorítmica que favoreció a los grandes actores y precarizó a los pequeños.

El daño colateral

Cuando las plataformas endurecieron sus sistemas, no distinguieron bien entre una red falsa de sitios oportunistas y un medio pequeño tratando de construir audiencia.

No distinguieron bien entre una página comunitaria que publicaba mucho y una operación coordinada.

No distinguieron bien entre un proyecto independiente sin marca institucional fuerte y una estructura de desinformación.

No distinguieron bien entre un sitio nuevo sin historial de autoridad y una red ilegítima.

No distinguieron bien entre una colaboración legítima de periodistas, activistas, académicos o comunidades, y una red sospechosa de amplificación.

El resultado fue una sospecha algorítmica generalizada sobre todo lo que no viniera de marcas consolidadas.

Facebook redujo el peso del contenido público y de medios. Google endureció autoridad, reputación y señales de confianza. Las redes sociales cerraron el alcance orgánico. Los anuncios se volvieron más caros. El crecimiento comunitario se volvió más difícil. Y los proyectos nuevos quedaron atrapados en una paradoja brutal: para ser visibles necesitaban autoridad, pero para construir autoridad necesitaban visibilidad.

Ese círculo es devastador para proyectos como EstadoRed.

La paradoja de EstadoRed

EstadoRed nació en 2020, cuando el viejo camino del medio digital pequeño ya estaba prácticamente clausurado. Todavía creíamos que era posible abrir un sitio, publicar con constancia, construir comunidad en redes sociales, atraer tráfico, monetizar, crecer y profesionalizarse. Todavía creíamos que el trabajo sostenido produciría algún tipo de acumulación: lectores, seguidores, enlaces, reconocimiento, conversación, comunidad.

Pero ocurrió lo contrario. Desde sus primeros meses, la audiencia de EstadoRed comenzó a reducirse. Cada año tuvimos menos audiencia, no más. No hubo curva de crecimiento. No hubo acumulación orgánica. No hubo el crecimiento mínimo que incluso una cuenta anónima puede obtener en redes sociales por accidente.

Probamos perfiles institucionales. Probamos perfiles personales. Probamos diversificación de contenido. Publicamos breaking news. Luego contenido de nicho. Luego investigación propia. Cambiamos formatos. Ajustamos temas. Sostuvimos el proyecto todos los días, sin descanso, sin vacaciones, sin un solo día real de pausa.

Nada abrió la puerta. La visibilidad estaba reducida en redes. Google comenzó a desindexar contenido. Las publicaciones dejaron de circular. La comunidad no pudo formarse. El medio producía, pero no encontraba salida.

EstadoRed no fracasó en construir comunidad. Intentó construirla en una época en la que las plataformas ya habían vuelto sospechosa cualquier comunidad que no naciera dentro de sus propios límites.

El formato contaminado

El problema no era solamente EstadoRed. Era el formato mismo del medio pequeño el que había quedado bajo sospecha.

WordPress, páginas de Facebook, dominios propios, notas compartidas en grupos, titulares fuertes, producción rápida, tráfico social: todo eso antes era el kit básico de supervivencia de un medio independiente. Después de 2016, se volvió parecido, ante los ojos del algoritmo, al patrón técnico de una granja de fake news.

Después de 2016, el periodismo independiente quedó atrapado en una arquitectura diseñada para desconfiar de él. Las plataformas confundieron la forma técnica de los medios emergentes: sitios pequeños, dominios propios, distribución social, comunidades orgánicas,  con la forma técnica de la desinformación.

Esa confusión no eliminó el poder de las campañas oscuras. Eliminó, sobre todo, la posibilidad de que nuevos medios construyeran comunidad. EstadoRed nació, o intentó crecer, en un ecosistema que ya no permitía repetir el viejo camino de los medios digitales pequeños. Ese camino fue clausurado. No porque EstadoRed hiciera desinformación, sino porque el ecosistema entero fue rediseñado contra cierto tipo de circulación: redes de páginas, crecimiento orgánico, viralidad de sitios pequeños, medios no institucionalizados, comunidades editoriales emergentes. El formato mismo del medio pequeño quedó contaminado por la sospecha.

Trabajo sin retorno

La precariedad de EstadoRed no fue consecuencia de producir poco. Fue, precisamente, lo contrario: una acumulación extrema de trabajo sin retorno. Durante años trabajamos sin descanso pese al bloqueo. Publicamos, investigamos, probamos formatos, abrimos perfiles, cambiamos estrategias, buscamos nichos, seguimos coyunturas y sostuvimos el medio sin vacaciones, sin salario y sin certeza alguna de que hubiera una comunidad del otro lado.

Mientras tanto, una parte del periodismo institucional siguió recibiendo sueldos, prestigio y protección sin aportar necesariamente más rigor, más originalidad o más investigación. A nosotros, en cambio, el ecosistema nos mantuvo en pobreza extrema: sin ingresos, sin reconocimiento suficiente, sin comunidad estable y sin posibilidad de convertir el trabajo en estabilidad.

Lo más violento no fue solo la invisibilidad. Fue trabajar todos los días mientras el sistema premiaba a periodistas mediocres con salarios, acceso y legitimidad, y condenaba a proyectos como EstadoRed a producir en condiciones de agotamiento permanente.

La pobreza no llegó por improductividad. Llegó por bloqueo. EstadoRed no fue pobre porque produjo poco. Fue empobrecido porque su producción no tenía acceso a los circuitos donde el periodismo se convierte en valor.

La extracción gremial

A ese bloqueo algorítmico se sumó otra forma de violencia: la extracción gremial. EstadoRed no solo tuvo que enfrentar la invisibilidad de las plataformas. También enfrentó plagios, vigilancia, ataques y campañas de desprestigio dentro del propio campo periodístico. Hubo personas que tomaron investigaciones, ideas o líneas de trabajo sin reconocer su origen. Y cuando denunciamos esas prácticas, la respuesta no fue reparación: fue agresión.

Nos acusaron de afectar a la comunidad. Nos acusaron de pagar para que otros periodistas nos defendieran. Nos trataron como problema por denunciar el plagio, no por haber sido víctimas de él. Esa inversión es una de las formas más crueles de violencia gremial: quien extrae el trabajo aparece como profesional; quien reclama aparece como conflictivo.

El plagio no fue solo robo de contenido. Fue extracción de legitimidad. Cuando un medio pequeño investiga algo y otro actor más visible toma esa investigación, no solo roba texto o ideas. Roba la ventaja de origen. Captura la conversación, el tráfico, los contactos, el reconocimiento, la autoridad temática y la posibilidad de crecer a partir del hallazgo.

Así, el trabajo de EstadoRed podía producir valor, pero ese valor era capturado por otros. El medio investigaba, pero otros capitalizaban. El medio encontraba, pero otros eran reconocidos. El medio abría rutas, pero otros aparecían como propietarios del camino.

Una economía de clausura

Lo que ocurrió con EstadoRed permite ver una transformación más amplia: la guerra contra la desinformación terminó produciendo una nueva concentración mediática. No solo concentración de dinero. También concentración de legitimidad, visibilidad y derecho a circular.

Los grandes medios conservaron autoridad. Las plataformas conservaron control. Los verificadores, consultores y expertos de la nueva industria de la desinformación ganaron contratos, prestigio y acceso. Pero los medios pequeños quedaron atrapados en una zona imposible: demasiado independientes para ser protegidos por las instituciones, demasiado pequeños para ser reconocidos por los algoritmos, demasiado visibles para no ser plagiados, demasiado invisibles para ser defendidos.

En condiciones normales, la constancia produce residuos: un lector, un enlace, una recomendación, una búsqueda, una comunidad mínima.

En EstadoRed, ni siquiera esos residuos aparecieron de forma sostenida.

Por eso el caso no puede leerse únicamente como fracaso de estrategia. Debe leerse como síntoma de una clausura: la del crecimiento orgánico para medios independientes nacidos después del giro algorítmico contra la desinformación.

El internet posterior al cierre

Durante años se nos dijo que internet era abierto. Que cualquiera podía publicar. Que cualquiera podía construir comunidad. Que cualquiera podía encontrar audiencia si trabajaba con suficiente constancia, calidad y estrategia. Pero esa promesa ya no era cierta.

Para cuando EstadoRed intentó crecer, el internet abierto ya había sido sustituido por una infraestructura de permisos invisibles: reputación algorítmica, autoridad de dominio, señales de confianza, pago por distribución, ranking opaco, moderación automatizada, sistemas antispam, políticas contra comportamiento coordinado, reducción del alcance orgánico y sospecha permanente sobre los nuevos actores.

No bastaba con publicar. Había que ser reconocido previamente como alguien que merecía circular. Y ese reconocimiento ya estaba concentrado.